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sábado, 8 de agosto de 2015

Jacobo

Jacobo ArenasArchivo FARC-EPJacobo Arenas

Por Carlos Antonio Lozada, integrante del Secretariado de las FARC-EP.

Hace 25 años, en el mes de agosto, medio centenar de muchachos llegados de las principales ciudades del país, nos encontrábamos reunidos en las estribaciones de la cordillera oriental, en el departamento del Meta, con la misión de realizar un curso de guerrilla urbana.

En mi caso, a la expectativa por el curso, se agregaba la oportunidad de reencontrarme con camaradas y amigos entrañables, después de haber pasado dos años en la cárcel; además de que por realizarse el curso en el área donde se concentraba en ese entonces el Secretariado, seguramente tendríamos la oportunidad de vernos con varios de sus integrantes, entre ellos los camaradas Manuel y Jacobo.

El encuentro con el camarada Jacobo, sucedió el primer día a la entrada de su campamento, en el momento de nuestra llegada, Él iba de salida montado en su caballo Pasa Nubes. De inmediato se apeó y nos recibió con el más cálido de sus abrazos y su amplia sonrisa.

"¡Bienvenidos!", fueron sus palabras y dirigiendo su mirada a quien esto escribe agregó: "me alegra tenerlo de regreso después de dos años de ausencia; ¡no le dije que eso era una aventura!", dijo refiriéndose a la causa de mi detención, y soltó una de sus sonoras carcajadas. "Ya hablaremos del asunto para que me cuente esa experiencia. Voy a una reunión y en la tarde nos vemos". Ágilmente puso un pie en el estribo para impulsarse y partió montado sobre el lomo del caballo, que con paso fino comenzó a descender por el camino pedregoso.

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Dos días después partimos del campamento del camarada Jacobo a ubicarnos en el lugar escogido para el curso, a dos kilómetros de distancia, quedando en que el día viernes 10 de agosto nos encontraríamos allí de nuevo, ya que ese día se daría un almuerzo y una pequeña fiesta de despedida para Andrés París y su compañera que partían a integrarse a las tareas del Bloque Oriental.

Un fuerte y cálido abrazo, su amplia y franca sonrisa y las palabras: "Hagamos un brindis con aguardiente porque ahora no tengo brandy a mano; y más bien, como regresan el viernes, volvemos a brindar. ¡Salud, camaradas!". Esa fue su despedida, que en el momento no sabíamos sería para siempre.

El viernes 10 de agosto, estaba a punto de comenzar la instrucción cuando llegó la triste noticia al campamento.

¿Cómo creer, cómo aceptar que ese dirigente de dimensiones históricas ya no estaría más con nosotros?

Me correspondió la misión de representar el curso urbano como delegado en el velorio y escribir una nota de despedida para ser leída en el entierro.

Hace tres años, coincidiendo con los preparativos para un evento en homenaje al Comandante Jacobo, casualmente la víspera del acto, recibí una memoria USB enviada por el camarada Romaña, con informes de trabajo y las grabaciones digitalizadas del acto realizado el día del entierro; allí encontré los audios de la lectura que hice del escrito elaborado por encargo de mis camaradas para el acto luctuoso.

Hoy, 25 años después, lo trascribo emocionado porque en el corazón los sentimientos siguen siendo los mismos ante el recuerdo imperecedero del dirigente revolucionario, que algún día nuestro pueblo sabrá reivindicar en su justa dimensión histórica.

Dice así:

"La triste noticia nos sorprendió estudiando. Sabemos del dolor y la pena que alberga el corazón de todos los revolucionarios porque también lo sentimos en el nuestro.

"Jacobo Arenas fue un nombre que todos aprendimos a escuchar como sinónimo de lucha, abnegación y sacrificio.

"Jacobo Arenas nos enseñó la alegría que solo pueden irradiar aquellos hombres de espíritu forjado en las más duras batallas.  

"El legado de su vida perdurará para siempre en la memoria, animando en el campo y la ciudad millares de colombianos que hemos comprometido nuestras vidas por surgimiento de la aurora.

"Jacobo Arenas, hoy los combatientes urbanos de las FARC-EP, juramos no desmayar hasta ver cumplido tu sueño de justicia y verdad en esta Colombia que tanto amaste".

El día del fallecimiento, ya entrada la noche, después de supervisar hasta el último detalle de los preparativos del entierro, el Comandante Manuel Marulanda; pensativo, las manos atrás, se aproxima lentamente al aula donde el cuerpo de su camarada y amigo descansa para siempre, dentro de un improvisado féretro de madera aserrada, custodiado por cuatro guardias de honor.

Cesan los murmullos, los guerrilleros y guerrilleras abren campo a su paso y agachan la cabeza, incapaces de sostener la mirada al Comandante, que alberga en la suya toda la tristeza, toda la pena que le significa perder al hombre que lo acompaño por selvas y montañas; por ríos y valles; por caminos y trochas, los últimos 26 años, tiempo en el cual forjaron la más entrañable amistad y camaradería.

Por unos segundos permanece en silencio mirando fijamente el cadáver, como para terminar de convencerse de la triste realidad; luego gira sobre sus pies; carraspea para desatar el nudo que aprisiona su garganta y con voz que denota un profundo dolor se dirige a los presentes: "Bueno camaradas, ahí quedan con el camarada Jacobo para que lo miren y se despidan de él, yo me retiro a descansar un poco, nos vemos en la mañana".

Mientras se va adentrando en la oscuridad, las lágrimas contenidas por horas, comienzan a descender por sus mejillas.

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