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martes, 29 de septiembre de 2015

La muerte de El Mono Jojoy

El siguiente texto hace parte de un proyecto literario, del cual publicamos este fragmento con ocasión del quinto aniversario de la muerte del Comandante Jorge Briceño.

Por Gabriel Ángel

Cuando Marcelo penetró al recinto donde se encontraba El Mono, y lo vio sentado en medio de un grupo de mandos con los que conversaba, una señal de alarma se le encendió en la mente. Su aspecto le resultó en extremo preocupante. Había perdido varios kilos más, como si hubiera emprendido una desaforada carrera hacia la delgadez enfermiza, al tiempo que la palidez de su rostro ponía de presente la enorme debilidad que acosaba su hasta no hacía mucho tiempo magnífica humanidad. Sólo sus ojos claros despedían la misma chispa de energía, aunque Marcelo alcanzó a leer en ellos una breve vislumbre de pudor. El Camarada sabía que lo que le ocurría era evidente, pero sonreía, intentando desprender la misma seguridad de siempre. Sin duda su penetrante agudeza le permitía leer con claridad el sentido de la sombra de desconsuelo que aparecía en la mirada de quienes lo veían. Más que sentado, se hallaba casi tendido sobre los cojines colocados entre su cuerpo y la silla, descansando sus dos piernas en una butaca acojinada situada a la medida de sus pies. Su pierna izquierda tenía recogida la manga del pantalón, dejando al aire una herida de mal aspecto, en la mitad de la espinilla, en realidad una llaga producto de algún golpe o rasguño, que se resistía a sanar por obra de la diabetes que lo afectaba. Pero había algo más que le resultó hasta cierto punto familiar a Marcelo. El Mono parecía tullido, como si estuviera pasando por lo más agudo de un ataque del nervio ciático. Vestía ropas civiles, un pantalón color cremoso y una camisa a cuadros claros, bajo la cual era posible observar su impecable camiseta blanca. Las limpias prendas lucían como de más talla que la suya, seguro que como producto de su baja de peso. Marcelo recordó el aspecto de un hombre tullido que había contemplado con sorpresa una tarde de muchísimos años atrás, cuando ejercía como abogado en alguna ciudad de la costa. Una señora de baja estatura, rellena de carnes, de unos cincuenta años de edad, se había presentado a su despacho, relatando que había arrendado su casa a un grupo familiar. Se trataba de una mujer, su marido parapléjico, varios hijos y algunos parientes entre tíos y sobrinos. Al cabo de un tiempo comenzaron a irse uno tras otro, hasta que la propia esposa decidió marcharse con sus hijos, dejando al hombre completamente solo. Distintos acreedores fueron cobrándose sus deudas con los muebles de la casa. Ahora el hombre vivía íngrimo, sobreviviendo de la caridad de algunos vecinos del popular sector en que estaba ubicada la humilde vivienda. No hubo quien volviera a cubrir el canon del arrendamiento y la mora crecía escandalosamente de mes en mes. La mujer alegaba que esa era su única fuente de recursos, que por eso había alquilado un cuarto en el vecindario, para poder sustentar su existencia con la renta producida por la casa. Había tocado todas las puertas y nadie la había querido ayudar en la solución del problema. Marcelo le explicó que conforme al código civil, era procedente un juicio de lanzamiento del inquilino por incumplimiento en el pago. Si al notificársele la demanda, este no presentaba los recibos de pago de la renta, el juez ordenaría de inmediato el lanzamiento, la expulsión forzada con ayuda de la policía. La mujer, entre lágrimas y ruegos, logró convencerlo de que se acercara con ella a la vivienda, para que fuera testigo de su drama y se decidiera a ayudarla. Estaba a pocas cuadras de su oficina, así que Marcelo aceptó. Encontraron la puerta a medio abrir, y en cuanto la mujer la empujó hacia dentro, brotó de su interior un fuerte hedor a suciedad de origen humano, una mezcla insoportable de olores a excremento, orín, sudor, basura y descomposición que saltó a la calle e hizo retroceder a los visitantes. El inquilino se hallaba tendido en medio de la sala, con una delgadez intimidante y completamente tullido. Debía padecer alguna dolencia en la columna vertebral, pues apenas movía sus brazos y cabeza. Al verlos, sonrió y saludó con una voz que parecía el eco lejano de la más cruel tragedia. La mujer se echó a llorar, adolorida y derrotada por las circunstancias, Mire usted, doctor, mire, no hay manera de que se vaya para que me desocupe la casa. Los ladrones se han llevado todo. El hombre suplicaba comprensión, que miraran su estado, su familia lo había abandonado, no tenía cómo trabajar, ni siquiera cómo ponerse de pie. No era que no quisiera pagar la renta, sino que no podía. Y tampoco tenía adonde irse.  Marcelo se sintió desbordado por aquel espectáculo, se despidió de la mujer y se marchó de allí con una intensa amargura en la boca. Al ver ahora a El Mono tendido allí, no pudo evitar el recuerdo de aquella escena. El gran comandante guerrillero, quizás el hombre más temido por las clases más pudientes del país, el poderoso e invencible Mono Jojoy, se hallaba recostado frente a él, semejante a aquel hombre, sonriendo, con la mirada brillante y procurando explicar su suerte. Marcelo se le acercó y él, igual que siempre, le extendió la mano y lo saludó con su característica cortesía. En seguida hizo un comentario sobre su situación, Yo aquí, luchando contra estas piernas afectadas por la diabetes, y con un dolor terrible en una de ellas. Explicó que tenía pastillas para el dolor, pero que prefería aguantar al máximo antes de tomárselas, uno no podía dejarse dominar por las dolencias. Tras las frases habituales, le preguntó por la edad de la hija de Leonora. Marcelo le respondió que tenía dieciocho años. El Mono rió con una carcajada de sorpresa, Ah, no, pero si ya es toda una mujer, yo calculaba que debía tratarse de una niña, una muchacha de catorce o quince años. Es seguro que no ingresará, a esa edad y en la ciudad, una muchacha tiene ya demasiados intereses personales. Con un elegante movimiento de su mano derecha se quitó la gorra de la cabeza y comenzó a rascársela pacientemente con la mano izquierda, de todas maneras yo la mandé traer, resultó metida en un lío por allá donde vive y la señora que la tiene a su cargo asegura que su vida peligra. Darío está haciendo la vuelta y en estos días llega a su campamento. Le ordené que la mande aquí de inmediato. Marcelo asintió. El Mono le dijo que él y Leonora debían presentarse ahí, con su equipo de dotación, el día siguiente, a primera hora. Para esperar la muchacha y resolver qué hacer. Luego le explicó que el principal motivo de su llamado era una reunión que pensaba hacer con una veintena de mandos, ya en ella se enteraría bien del asunto. En efecto, media hora después, sentado cada uno en su respectiva silla, un grupo de mujeres y hombres formaba un semicírculo alrededor de la mesa en la que El Mono había ordenado acomodar su computador portátil y algunos otros objetos que podía necesitar. Varios guerrilleros de su guardia lo habían ayudado, sosteniendo su cuerpo y acomodándole las sillas, a ubicarse frente al computador y al personal que lo escuchaba. Su intervención fue puntual y concisa. Contaba con la autorización del resto de los miembros del Secretariado Nacional para realizar la reunión del Estado Mayor del Bloque Oriental. Algunos miembros de este se encontraban muy lejos, en Arauca, Vichada y otros departamentos fronterizos, razón por la cual no podrían asistir. En su lugar participarían otros mandos y cuadros que trabajaban con él y que tenían suficientes capacidades para el desempeño de misiones importantes. Procedió a dar lectura a la lista de los escogidos, dos mujeres entre ellos. Leyó y explicó el orden del día de la reunión, que comenzaría el lunes siguiente. Se hallaban en sábado. El objetivo era hacer un balance total de la estructura, planes y personal del Bloque, a fin de formular un nuevo plan de trabajo a largo plazo. Serían examinadas una a una todas las carteras, comunicaciones, actividad militar, finanzas, personal, organización, etc. Para la preparación de esa reunión era necesario conformar comisiones de trabajo, las cuales explicó en detalle cómo quedaban integradas. Sus miembros debían ponerse de acuerdo para desarrollar su labor, que debía darse paralela a la reunión de Estado Mayor. Esta comenzaría a las 7 de la mañana y, con los recesos necesarios, se extendería hasta las 2 y media de la tarde. Dedicarían la media hora siguiente a información acerca de varias materias relacionadas con la cotidianeidad. Después cada uno partiría para su campamento, con el compromiso de presentarse al día siguiente a la misma hora. Los sábados trabajarían hasta el mediodía. Los domingos habría descanso. El Mono pasó a explicar las medidas de seguridad adoptadas, desde las trincheras y retiradas en caso bombardeo o ataque por sorpresa, hasta la ubicación de las distintas compañías móviles y frentes que formaban un impenetrable cordón de seguridad a su alrededor. La reunión tenía lugar en el aula, un espacio cubierto por grandes plásticos negros, salvo la parte delantera, sobre la que se extendía un plástico grueso y transparente, a efectos de que penetrara la luz suficiente. Bajo ella había una especie de plataforma, a la que se ascendía por un mediano escalón que la separaba del espacio asignado a los asistentes. La mesa que servía de escritorio a El Mono se encontraba en el lado izquierdo de la plataforma, y varios de los mandos, los de mayor rango, se encontraban sentados en sillas plásticas a su lado. El resto permanecía frente a él, en la parte de abajo del escalón, que era la más amplia. Todo aquel suelo en tierra había sido cuidadosamente limpiado y pisado por los guerrilleros que construyeron el campamento bajo la selva y en él el aula en dos niveles. A la espalda de El Mono y los mandos que lo acompañaban, se encontraba una rústica escalera que conducía al piso de un hueco cuadrado hecho en tierra, de unos tres metros de lado y dos y medio de profundidad. Se trataba de la habitación o caleta del Camarada. Allí se encontraban su cama, construida en madera, una mesa, unas sillas y algunas repisas para sus cosas. Una buena parte de aquel gran orificio se hallaba cubierta con tablas cruzadas de un lado a otro, y estas eran en realidad su única defensa. Alrededor del aula existían trincheras, y de ellas partían largas zanjas de comunicación que conducían a decenas de metros. El campamento en general estaba cercado por largas trincheras, aparte de que cada guerrillero tenía a un lado de su caleta la suya, un hueco en tierra de dos metros de largo por sesenta centímetros de ancho y un metro veinte o treinta de profundidad. Era la práctica habitual de unas guerrillas acostumbradas a los continuos bombardeos por parte de la aviación. Por prevención, desde el campamento no se realizaba ninguna clase de comunicación radial. Había una compañía de comunicaciones, encargada del desempeño de esa misión, ubicada en un filo cercano, que permitía la agilidad en el conocimiento de los mensajes y su respuesta. La serranía estaba conformada por filos de todos los tamaños, el mayor de los cuales pasaba de los mil metros. La recubría una espesa selva, árboles gigantes cuyas ramas formaban una especie de paraguas agujereado que impedía el paso libre a los rayos del sol, e imprimía una bella tonalidad verde a la luz del rudo paisaje. Era fácil encontrar en ella pequeñas corrientes de agua que caían hacia los caños más grandes y ríos circundantes, el Santodomingo, el Duda y el Guayabero. Se extendía más de un centenar de kilómetros de norte a sur y podía tener en promedio, salvo en sus extremos más delgados, unos treinta kilómetros de anchura. En su ladera oriental se hallaba una inmensa planicie cruzada por varias quebradas torrentosas y cubierta por un verdadero mar de espesura. Un área ideal para la permanencia de guerrillas, sobre todo si conformaban una fuerza tan grande como la que secundaba a El Mono, que podía dislocarse en numerosas unidades móviles, para hacer la vida muy difícil el Ejército que ingresaba a la selva en busca de ellas. Entre los distintos campamentos de esas guerrillas se tejía una cuidadosa red de senderos y caminos, que facilitaban la circulación del personal de un lado a otro, e incluso conectaban con algunos puertos y fincas aledañas que servían para ingresar, a la espalda de los guerrilleros, las provisiones suficientes para su sostenimiento. El Mono cuidaba que estas se mantuvieran en cantidad suficiente para dar abasto durante un par de meses. Incluso solían ingresar lotes de hasta treinta cabezas de ganado, que suministraban la carne necesaria para la buena alimentación del personal acantonado en medio de la jungla. Todo estaba previsto para efectuar la reunión sin carencia alguna, así como para enfrentar las incursiones enemigas por aire y tierra. Había varios nichos de ametralladoras, repartidos en diferentes elevaciones, rigurosamente escogidas, para responder a las apariciones de los helicópteros artillados. La experiencia del último año enseñaba que con un intervalo aproximado de tres meses, se presentaban operaciones de asalto mediante agresivos desembarcos aéreos de numerosas patrullas de soldados profesionales. Las más recientes habían tenido lugar entre marzo y abril, y entre junio y julio, así que por hallarse en el mes de septiembre todas las unidades se encontraban a la espera de una nueva y feroz embestida. Durante todo el tiempo sobrevolaban aviones espías y avionetas exploradoras, que desde lo alto monitoreaban por cuadrantes inmensas superficies, seguramente con el propósito de reunir la mayor inteligencia técnica posible para la siguiente incursión. Marcelo y Leonora se presentaron a la hora indicada y recibieron la orientación de ubicarse en la primera de las escuadras de la compañía. Quino, el jefe de ella y habitual oficial de servicio en el campamento, un hombre de unos treinta años y un poco más de un metro setenta de estatura, caballeroso, delgado y ágil, los llevó hasta el lugar señalado y nombró un equipo de muchachas y muchachos para que les ayudaran a construir su caleta y su trinchera. Al medio día estuvo terminado el trabajo y Marcelo pudo darse una vuelta por los alrededores. Su escuadra estaba ubicada del lado derecho del aula, y se comunicaba con ella por un pequeño sendero, que cruzaba un puente improvisado sobre una ligera hondonada. La segunda de las escuadras se encontraba del lado izquierdo, a unos treinta metros del aula, más o menos a la misma altura de la primera. La tercera y cuarta escuadras se hallaban repartidas de la misma manera, en la pendiente de la ladera que subía hacia el filo siguiente. Una fuente de aguas cristalinas corría por el centro del campamento, y a un lado y otro de ella funcionaban el casino general y el de comandantes. Había un patio de formación y más abajo otras construcciones que servían de depósitos de intendencia y economía. Arriba del casino general se encontraban las oficinas de informática y propaganda, en las que algunas muchachas laboraban diariamente en distintas misiones. Una presa construida con madera redonda y plásticos servía a los rancheros para recoger el agua, y un poco más abajo, donde el piso era más hondo y el ancho del caño más propicio, estaban ubicados los lavaderos de ropa y los bañaderos para el personal. Por lo que pudo averiguar Marcelo, haciendo una y otra pregunta desprevenida aquí y allá, el campamento tenía unas seis semanas de construido. Inicialmente, al llegar a esa zona tras la última operación enemiga, en julio, habían levantado un primer campamento, unos trescientos metros aguas abajo, en el que habían permanecido un mes y medio, hasta que El Mono había dispuesto desmantelarlo por completo y edificar el actual. Eso significaba que en aquel pequeño espacio la unidad estaba pronta a cumplir tres meses de estadía. Aquello era en realidad peligroso, demasiado tiempo en una sola área, bajo el permanente monitoreo de la aviación enemiga. Era cierto que bajo la espesura, la vista equivalía a cero para un observador montado en una aeronave. Pero los aviones iban repletos de la más avanzada tecnología y sus aparatos podían eventualmente detectar concentraciones humanas, calor, señales de radio y quizás cuantas cosas más. Por confidencias nacidas de la confianza que le conferían las tropas, Marcelo pudo conocer que El Mono había llegado allí prácticamente discapacitado, cargado en hamaca en los hombros de su gente. Durante su permanencia había estado muy enfermo y todavía no acababa de reponerse. Su instinto victorioso y probado en centenares de operaciones sufridas a lo largo de sus más de cuarenta años en las filas de las FARC, le indicaba que había condiciones para permanecer allí. Según se decía, había jurado delante de todos que no volvería a permitir que lo transportaran del modo como lo habían hecho hasta ese lugar. En alguna de sus charlas matutinas al personal había asegurado que el resto del Secretariado le planteaba la necesidad de trasladarse, por los medios más ágiles posibles, a un área diferente, en la que pudiera recibir el mejor tratamiento sanitario. Pero él se oponía, en ese caso el voto de uno prevalecía sobre el de seis. Su decisión inamovible era que de allí saldría caminando por sus propios medios o lo sacarían muerto. Para él era humillante que sus subordinados tuvieran que hacerse cargo de sus movimientos. Aquellos eran comentarios que no podían confirmarse, pero que a criterio de Marcelo, se ajustaban de modo  preciso a la férrea personalidad del gran jefe. En el recorrido por su escuadra, Marcelo estuvo conversando con Alejandra, una morena muy bella de un poco más de treinta años, llanera de pura cepa, que se distinguía especialmente por su extraordinaria voz y el alegre estilo con el que interpretaba las canciones de su tierra. Hablaron de todo un poco y, finalmente, él le observó que la trinchera que tenía cavada al pie de su caleta era demasiado pequeña, apenas de unos sesenta centímetros de profundidad. Ella le explicó que tenía un par de semanas de haber llegado, y que inicialmente le había correspondido otra caleta. Ahora la habían ubicado ahí. Sonrió ante la sugerencia de él, acerca de que era mejor gastarle un par de horas en cavarla más, No camarada, sea como sea a esta unidad nunca la bombardean, respondió. Marcelo le advirtió que no debía confiarse. La muchacha se rió de sus recomendaciones, total no sabía a qué había sido convocada y era probable que en cualquier momento volvieran a despacharla a otro lugar. Al día siguiente, a la hora señalada, tuvo lugar el comienzo de la reunión. El Camarada Jorge, Mauricio y Carlos Antonio eran en verdad los únicos miembros del Estado Mayor del Bloque presentes. Los demás pertenecían a los invitados. Efrén, Romaña, Aldinever, Rolando, Salvador, Gonzalo, Fidel, Bairon, Pedro, Gabriel, Sandra, Shirley, el propio Marcelo y unos cuantos más respondieron al llamado a lista. Para satisfacción de este último, El Mono, aún limitado en su movilidad, lucía una mejor apariencia, se veía  recuperado en buen grado. No había  querido todavía estar presente en los partes matinales, que los recibía su oficial de servicio, Quino. Le resultaba imposible mantenerse de pie, firmes, emitiendo voces de mando y dirigiéndose con energía al personal formado ante él. Pero ya desplegaba una mayor desenvoltura, incluso aventuraba a ponerse de pie, con algo de ayuda, y lo conseguía. Era seguro que cada mañana estaría un poco mejor. Él mismo leyó para todos el saludo a la reunión enviado por el Comandante Alfonso Cano, comandante en jefe de las FARC-EP, para quien el solo hecho de realizar esa reunión, en medio del asedio enemigo, representaba una victoria. De acuerdo con lo previsto, la primera parte de la reunión consistiría en un repaso a la línea general de las FARC, esto es a las conclusiones de Conferencias Nacionales y Plenos de Estado Mayor Central efectuados a partir de la Séptima Conferencia de 1982. Eso incluía Estatutos, Reglamentos y Normas Internas de Comando, lo mismo que la Cartilla Militar. El estudio y comentario pertinente sobre todos esos materiales llevaría un buen número de días, así que había que ponerse de una vez a ello, sin pérdida de tiempo. Una noche de las siguientes se presentaron los aviones bombarderos, que sobrevolaron a toda velocidad el área y descargaron un buen número de bombas sobre un lugar ubicado al noroccidente del campamento. Marcelo y Leonora pasaron el rato que duró la alarma, igual que los demás, en la trinchera de su caleta. El Camarada Jorge avanzaba notablemente en su recuperación. Ya podía ponerse de pie por sí mismo e incluso caminar cortas distancias. Se sintió en condiciones y en efecto pudo recibir en persona el parte general de las seis de la mañana, después del cual acostumbraba dar lectura al personal sentado en el aula, de algún documento expedido por el Secretariado Nacional. Aquello representaba una inyección de moral para toda la tropa, que no ocultaba su satisfacción al observar el ascenso acelerado de la salud de su jefe, quien ya empezaba a bromear con ellos y a lanzar sus acostumbradas pullas en medio de sus breves intervenciones. Era en definitiva un hombre con una fuerza de voluntad excepcional, capaz de alcanzar todo lo que se proponía, por encima de los difíciles obstáculos que se le interpusieran. Él mismo le expresó a su gente que no fueran a creer que se trataba de un hombre acabado, no, en ese cuerpo que todos veían ahí, se conjugaban las energías de todos los guerrilleros jóvenes que tenía enfrente. De hecho madrugaba de un modo único. A las dos y media de la mañana comenzaba su hora de estudio individual, dedicada a la lectura de temas políticos o militares. Para ello se apoyaba en uno de sus subordinados, Luis, un ingeniero que había militado en el Partido Comunista y a quien hacía llamar a su presencia. Con él leía y comentaba los artículos. Terminada la sesión, al despacharlo, le recomendaba observar la disciplina, No vaya a pensar que por esto es mi amigo personal y puede hacer lo quiera, resbálese un poco y verá la dureza con que le aplico los reglamentos. Luis lo sabía, todos lo sabían, El Mono era un hombre insobornable, a todos les exigía por igual. Tomaba su baño matinal, se arreglaba y pasaba a despachar algún asunto pendiente, citando ante él al mando o tropas que requiriera. Antes de las cinco ya estaba reunido con el cuerpo de mandos de todas las unidades cercanas, recibiendo novedades, asignando tareas, examinando los mensajes de radio, corrigiendo las desviaciones. En ese escenario sabía mostrarse implacable. Un día de esos refunfuñó frente a la autorización que le pedía Diomedes, desde el Frente Yarí, para disponer de un dinero con destino a la adquisición de unas armas. De inmediato dictó a la operadora de radio la respuesta: Hace más de dos meses le ordené entregar todos los contactos y dineros para eso a Víctor, cumpla con la orientación. A Marcelo le causó curiosidad el asunto. Conocía a Diomedes desde diez años atrás y sabía que había sido, hasta su envío al Yarí, la mano derecha de El Mono. Aquello parecía indicar que las cosas no iban bien con él. A las seis en punto de la mañana, luciendo su uniforme y con inobjetable presentación militar, El Mono estaba listo para recibir el parte general y dirigirse al personal. Luego desayunaba una comida ligera, de acuerdo con la estricta dieta dictaminada por su médico. A las siete se aprestaba a dar comienzo a la reunión de su Estado Mayor. Por entonces Alejandra, la guerrillera del llano, supo por fin a qué había sido llamada. El Camarada Jorge tenía la resolución de trabajar un proyecto cultural de cantos y bailes folclóricos, para lo cual había ido convocando a quienes sabía poseían las dotes necesarias. Completo el equipo, determinó que todos los días, de las quince a las diecisiete horas, se realizaran los respectivos ensayos. Así que apenas se desocupaba de la reunión de su Estado Mayor, llegaban al aula los músicos, bailarines y cantantes, que iniciaban en su presencia, y bajo su rigurosa crítica, el ensayo de sus números artísticos. Para la práctica de las danzas, ordenaba instalar la música a todo volumen, tal y como tendría lugar el día de la presentación. Su idea era preparar también materiales audiovisuales para distribuirlos entre las unidades guerrilleras y las organizaciones sociales y políticas de masas. Finalizada esta actividad, El Mono pasaba a otra, sin tomar descanso alguno, en un incesante despliegue de energía. Desde luego que la celebración de la reunión de Estado Mayor le implicaba organizar sus asuntos de un modo distinto, puesto que dedicaba a ella la mayor parte de las horas hábiles del día. Delegaba la atención de muchos de ellos en otros mandos, pero se las arreglaba para sacar el tiempo necesario para recibir el informe de estos y reafirmar o revocar sus decisiones. Un día llegó al campamento una comisión, siempre estaban llegando y saliendo comisiones con uno y otro propósito. En esta venía Camilo, el cuarto al mando del Frente 17, que recién había sufrido un golpe contundente. Varios de su Estado Mayor, entre ellos Rigo, su comandante, y Jorge, el jefe de organización, habían perecido en una ofensiva a gran escala adelantada por el Ejército en las montañas del oriente del Huila. Este era uno de los tantos problemas que debía enfrentar y solucionar el Camarada Jorge a la par con la celebración de la reunión. Y lo hacía pese a sus limitaciones físicas, que para nada disminuían la clarividencia de su mente creadora. El viernes 17, en la reunión de mandos de primera hora del día, El Mono preguntó a uno de los presentes qué había pasado con la hija de Leonora. Este le explicó que ya en camino, por una desafortunada equivocación, el mando de una unidad ubicada en las vegas del río Duda, la había enviado con una comisión con destino al alto Guayabero. Ya le habían notificado el error y se había orientado hacerla devolver, pero eso atrasaba su llegada más de una semana. A la hora del parte, El Mono le comunicó a Leonora lo sucedido, y le dijo que una vez terminada la reunión, Marcelo y ella debían partir hacia la unidad de Mauricio, ubicada caño abajo, a unos trescientos metros, justo enfrente del primer campamento que él había ordenado construir tras su llegada a esa zona. La muchacha tardaría varios días en llegar y él necesitaba disminuir el personal concentrado con él. Así que tras la reunión, Marcelo y Leonora partieron con Mauricio hacia su campamento, y una vez allí tuvieron que ponerse manos a la obra en la hechura de su caleta. Para la apertura de su trinchera tuvieron que dedicar las horas de la tarde del sábado. Para su sorpresa, el Camarada Jorge se presentó en aquel lugar, escoltado por algunas de sus tropas. Había recorrido a pie la distancia, uniformado y con su fusil al hombro, con el ánimo de probar su mejoría y demostrar a todos que cada mañana se encontraba más fuerte. Todos se pusieron felices. Para presentarse a la reunión, Mauricio y Marcelo debían partir unos minutos antes de las seis, a fin de estar presentes en el parte general, y así lo hicieron el lunes y el martes siguientes. El lunes, una comisión de abastecedores se había hecho presente con  un lote de ganado, con la mala fortuna de que faltando apenas unos cuantos metros para llegar el campamento central, los animales se habían espantado y su estampida había concluido en una dispersión general por entre la selva. El martes temprano, sobre el sendero que conducía al campamento de El Mono, uno de los toros que había sido recapturado, había amanecido amarrado a un árbol. Cuando Mauricio y sus acompañantes pasaban por su lado, el animal volvió a espantarse y rompió el lazo con el que lo tenían atado. De inmediato se lanzó furioso sobre los que acababan de pasar, obligándolos a correr, tan espantados como él, en busca de protección tras los grandes troncos de los árboles. El incidente produjo que Marcelo se golpeara con alguna roca o raíz en el talón de su pie izquierdo, causándole una cojera que le impedía desplazarse con libertad. Así se presentó donde El Mono, quien se encontraba molesto por el retraso de algunos minutos en su llegada. Explicada la cuestión, su desagrado se dirigió hacia los responsables de la localización del animal. Era increíble que resolvieran atarlo sobre el camino, no podía entender cómo gente bajo su mando, acostumbrada a organizar las cosas del modo más adecuado, diera muestras de una irresponsabilidad tan grande. Ya se arreglaría con ellos. Tras el parte matinal, pidió a Gabriel que diera lectura a su artículo más reciente, que hacía alusión al nuevo Presidente de la República. El nuevo Presidente no es ningún santo inocente, titulaba, y una vez efectuada esta, abrió la posibilidad de que los presentes opinaran al respecto. Los comentarios fueron varios, pero la aprobación general. El Mono se sintió satisfecho, le encantaba que los textos escogidos para la lectura recibieran la mejor acogida y la comprensión por parte del personal. Lo cual no significaba que no fuera receptivo a las críticas. También le fascinaba que sus tropas tuvieran el talento suficiente para manifestar su desacuerdo, bien sustentado, con la cuestión que se les pusiera en conocimiento. La revolución necesitaba gente pensante, que no tragara entero, que poseyera la más hábil capacidad de reflexión. Aunque a veces lo enfurecieran conceptos u opiniones expresadas por sus subordinados, nunca dejaba de apreciar el carácter y la honestidad de quienes se atrevían a formularlos. Su método para preparar cuadros en esa dirección era curioso. La gente debía formarse en el espíritu de subordinación a las orientaciones y determinaciones de sus superiores, sólo las tropas obedientes podían llegar a ser buenos mandos. Nadie nacía aprendido, todos requerían formación revolucionaria, política y militar, pero esta se adquiría por medio de un largo proceso. El mando debía estar muy atento a los errores de sus tropas, corregirlas, pero dar siempre otra oportunidad. Ninguno podía ser objeto de una descalificación definitiva, lo que el mando estaba obligado a desentrañar era el perfil de cada uno, en qué tipo de tarea podía desplegar mejor sus capacidades e ir estimulándolo mediante la confianza. Esperaba mucho de los cuadros, aunque su larga experiencia revolucionaria le había enseñado que la consecuencia política y la lealtad, la firmeza en los principios, podían quebrarse en alguno en el momento más inesperado. Por eso era tan crítico con ellos, a menudo cáustico y directo. Sus realizaciones eran tantas que difícilmente alguno llegaba a sentirse con autoridad para discutir frontalmente con él. El domingo, en el curso de la conversación entre El Mono y el mando encargado de la Escuela de Comandantes, este le había sugerido la posibilidad de cambiarse de sitio. El Mono le inquirió por sus razones. Ha habido demasiado sobrevuelo de aviones, tanto de día como de noche, le explicó el mando. Él mismo había sido testigo de cómo un avión de fuselaje brillante, a considerable altura, había estado dando vueltas encima de ese campamento el día anterior, conté exactamente cinco giros, terminó. Es demasiado peligroso permanecer aquí. El Camarada Jorge le preguntó a dónde proponía moverse. Bastaría con unas centenas de metros, quinientos o mil, respondió él, hasta podría emplearse la madera de este sitio. El Mono le repostó con acento fuerte, Llevamos casi dos años en esta zona. Aquí hemos sido bombardeados, nos han desembarcado brigadas móviles enteras casi encima. Hemos combatido siempre con éxito, resistiéndolos y golpeándolos. Después nos hemos movido. Esta vez no será diferente. No necesito de mandos que se dejan intimidar, necesito de mandos que me apoyen.  El lunes, a media mañana, hizo su aparición, a muy baja altura, un avión Hércules que comenzó a dar grandes giros alrededor del campamento. La reunión tuvo que interrumpirse y los mandos tuvieron que refugiarse en las trincheras. Podía producirse un ametrallamiento, el anuncio primero de un desembarco de tropas enemigas. El aparato se marchó luego de permanecer unos quince minutos en su labor. El Mono quiso conocer luego la opinión de los mandos al respecto. Muchos de ellos eran gente de guerra, acostumbrada a vivir y sobrevivir en las más difíciles circunstancias, nada podía asustarlos. El Camarada Jorge expresó que a veces le daban deseos de moverse unos metros, pero que eso le implicaría suspender la reunión durante varios días, siendo ella lo más importante. Era mejor hacerle de corrido y después sí mudarse. Al comenzar la reunión del martes 21, El Mono informó sobre la muerte de Lucero Palmera, Domingo Biojó y un buen grupo de guerrilleros, como consecuencia de un bombardeo realizado unos cuantos días atrás por la fuerza aérea, contra un campamento del Frente 48, en el Putumayo. Fiel a su estilo, no quiso referirse con largueza al golpe ni adoptar tonos dramáticos. Marcelo sabía cuánto lo afectaba aquello, conocía bien del aprecio que El Mono le había dispensado siempre al negro Biojó, y de la relación tan cercana que había tenido con Simón Trinidad y su compañera Lucero. La cuestión era todavía más triste. Alix, la linda hija de aquel matrimonio, también había perecido en el ataque. Estaba visitando a su madre y todo indicaba que un seguimiento de la inteligencia colombiana era la causa de la tragedia. Al parecer, un policía la había enamorado con ese exclusivo propósito. En el receso del almuerzo, varios de los asistentes a la reunión comentaron con mucho pesar el fatal desenlace. Aquel día, estudiando los Estatutos, El Mono se había explayado acerca de la composición del Estado Mayor Central de las FARC, y todos pudieron conocer su pensamiento acerca de las limitaciones de varios de sus integrantes. Expresó con claridad por cuáles no volvería a dar su voto en caso de una próxima elección. A la hora habitual, luego de despachar a los presentes para sus campamentos cercanos, pidió al camarada Mauricio que esperara. Quería comentarle algo. Marcelo, Leonora y los demás partieron de inmediato. Esa tarde, en la formación de la relación, Mauricio informó que había la certeza de que esa noche estaba programado un bombardeo enemigo. No se tenía el dato de cuál sería exactamente el objetivo, pero había que estar muy alerta. Todos conocían bien las recomendaciones para un evento de esa naturaleza. Marcelo y Leonora se acostaron a las siete. A ella le correspondió pagar el quinto turno de la guardia. Faltando unos cuantos minutos para las dos de la madrugada, el relevante se acercó a su caleta para llamarla al servicio. Marcelo despertó de un sueño profundo y permaneció atento mientras ella se arreglaba y partía para el puesto. Oyó cruzar una jet a considerable altura, pero permaneció tranquilo. Su oído estaba acostumbrado a distinguir el ruido producido por los distintos aviones, y aquella aeronave despedía el característico sonido de un vuelo comercial. Varios minutos después sintió la opresión de una orinada represada en la vejiga. Decidió ponerse de pie, así que se sentó en la cama, se calzó las botas y se introdujo varios metros en la espesura que se desparramaba unos metros arriba de su caleta. La noche de luna llena poseía una luminosidad blanca y apacible. De regreso, a unos cinco metros de su cama, se sintió atraído por la bulla de otro avión que se acercaba a gran altura. No tuvo reparos para reconocer que se trataba del mismo jet o uno semejante, porque el sonido de sus turbinas era exacto al escuchado unos minutos antes. Su curiosidad, sin embargo, fue despertada por la coincidencia. Aquella concurrencia de vuelos, identificados por lo regular como de carácter internacional, resultaba extraña. Se detuvo para escuchar con más atención. El aparato se aproximaba. De repente despidió un rugido distinto, aceleró al máximo su velocidad y se clavó en picada. Marcelo adivinó de qué se trataba, el bombardeo se les venía encima. Aceleró su paso hasta la caleta y de un salto se introdujo en la trinchera que habían abierto el sábado anterior. Segundos después escuchó el estruendo producido por una ráfaga de poderosas bombas, y sintió que la tierra se removía levemente bajo sus pies. A poco se oyó la lluvia de palos y ramas despedidos en todas direcciones por la fuerza de las explosiones. Marcelo no tuvo la menor duda, estaban bombardeando el campamento de la reunión, a trescientos metros de donde él se hallaba. Hubo un largo silencio, seguido del ruido de otro  avión que se acercaba a gran velocidad. Pensó en Leonora y en que en ese momento debía estar refugiada en la trinchera del puesto de guardia. Una nueva sucesión de bombas volvió a retumbar en la misma dirección. El silencio y el sonido de otro avión que se acercaba volvieron a sucederse de nuevo. Otra vez retumbaron las detonaciones. Marcelo calculó que entre una explosión y la siguiente transcurrían dos o tres minutos, así que decidió que una vez estallaran las bombas saldría de su trinchera por sus armas, y comenzaría a recoger por partes su toldillo, las sábanas y la carpa de casa, para empacarlas en su equipo con miras a la retirada. Brincó de nuevo a su trinchera en cuanto escuchó acercarse otra aeronave. No supo si las explosiones habían ocurrido sobre el mismo lugar, pero tuvo dudas. El resplandor pareció brotar de otra dirección. Optó por no salir de su refugio de piedra y tierra, no fuera que cayeran bombas en su campamento. La serie de aviones y bombardeos se repitió innumerables veces, pero ahora era posible saber que sus blancos eran distintos. Un par de ellos cayó demasiado cerca a él, unos metros arriba de la ladera en que se encontraban, produciendo un resplandor semejante a un relámpago. Era claro que toda la zona estaba siendo molida a bombas. Cuando por fin cesó aquel infierno de rayos y truenos, Marcelo escuchó las aspas de numerosos helicópteros. El escaneado de las comunicaciones de la aviación así se lo indicó también al operador, quien gritó en voz alta que se sobrevenía el ametrallamiento y no convenía salirse de las trincheras. Aquella voz, en medio de tales circunstancias, le resultó reconfortante. Estaban vivos, los demás también, preparados para lo que se les viniera. También se escucharon los motores de la marrana, el avión Hércules cuya misión era girar en torno a un sitio y descargar sobre él la mayor cantidad de metralla con sus armas punto 50. La fiesta de ráfagas y proyectiles se desató en unos cuantos minutos. Aviones y helicópteros Arpía vaciaban sus ametralladoras, casi sin pausa, sobre la porción de selva escogida. Varias veces sintió Marcelo que las balas escarbaban tierra y rocas en el suelo que rodeaba su trinchera. Volaban ramas, chamizos, troncos y hojas por el aire. Se preguntó cuál sería la suerte de El Mono, estaba seguro de que el bombardeo se había iniciado sobre su campamento. La única señal humana que llegaba hasta él eran las voces que ordenaban no salirse de las trincheras, lo demás era el rugido de motores y ametralladoras, el destello de los miles de proyectiles en la noche. Era como si la muerte estuviera celebrando un carnaval sobre sus cabezas, brutal, despiadado, inclemente. Marcelo se dijo que era increíble que ese tipo de acciones fueran concebidas por hombres con el objetivo de matar y aniquilar a otros hombres. Sin embargo, aquello era una realidad ineludible. De allí saldrían vivos o muertos, no cabía alternativa distinta. En un momento escuchó el ruido de pasos que llegaban a toda prisa al campamento y voces que preguntaban por el camarada Mauricio. Marcelo se dijo que tenían que ser correos enviados por El Mono. Por sus voces calculó un número de cuatro o cinco. Los oyó preguntar por trincheras para refugiarse. En ese momento un helicóptero comenzó a barrer  con sus ráfagas de ametralladora el campamento y Marcelo escuchó los quejidos de dos hombres que se lamentaban de haber sido alcanzados. Los gritos y la confusión intimidaban quizás más que las ráfagas que caían. Por fin el helicóptero se retiró a otro lado y los heridos pudieron ser asistidos. Minutos después, sintió que una nube de helicópteros sobrevolaba el área. Comenzaba el desembarco. Entonces escuchó las órdenes de recoger cuanto pudieran y concentrarse en el patio de formación. La luna había caído ya bastante y por consiguiente su luminosidad había disminuido casi por completo. Marcelo salió de su trinchera y recogió sus cosas. Los guindos de la casa le produjeron alguna resistencia, así que optó por cortarlos con su macheta. La estaba doblando sobre la cama cuando llegó Leonora a buscarlo. Entre los dos empacaron las cosas y luego se dirigieron en busca de los demás. Bajo las ráfagas que ocasionalmente caían muy cerca, marcharon en orden hasta una cañada. Allí, protegidos por sus barrancos que semejaban una larga trinchera, permanecieron hasta cuando el día comenzó a clarear. Con el máximo de precauciones salieron al camino y emprendieron el desplazamiento. Por las ráfagas y disparos solitarios de fusiles en tierra, que se oían en distintas direcciones, era fácil concluir que se estaban produciendo combates con la tropa. Con los minutos fueron encontrando grupos de guerrilleros que brotaban de la selva. Todos querían saber qué había sido de El Mono. Por fin se toparon con varias unidades de su guardia. El bombardeo se había iniciado precisamente en su campamento, explicaban. Haber salido vivos de allí había sido una suerte. Maybé relató que ella estaba de centinela al pie de la caleta de El Mono cuando cayeron las primeras bombas. La fuerza de las explosiones la habían arrojado dentro del refugio en que se encontraba este. Él la había ayudado a ponerse de pie y le había preguntado cómo se encontraba. Luego le había ordenado correr en busca de su equipo y buscar su escuadra. Ella le había obedecido de inmediato. El Mono quedó dando órdenes a Quino acerca de lo que había qué hacer. Maibé alcanzó a oír que le decía a sus asistentes, Diana y Xiomara, que escogieran sólo lo más indispensable para sacar. La muchacha corrió hacia su escuadra y allí le ordenaron meterse de prisa en la trinchera. Entonces se habían sobrevenido otras andanadas de bombas. Nadie podía dar razón de la suerte del camarada Jorge. Ni Quino ni sus asistentes aparecían por ningún lado. Las noticias empezaron a divulgarlo desde la tarde del día siguiente, Jorge Briceño, el comandante del Bloque Oriental de las FARC e integrante de su Secretariado Nacional, había sido dado de baja en desarrollo de una operación militar denominada Sodoma. Su cadáver, para probarlo, había sido extraído por vía aérea del sitio de los hechos.

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