Video

martes, 15 de septiembre de 2015

Situación difícil



Por Isabela Sanroque, guerrillera del Bloque Comandante Jorge Briceño 

La vida en la guerrilla está llena de  momentos buenos y malos tan intensos como lo es la misma guerra. Mirar  el cielo despejado  puede ser  igualmente, analizar  el tiempo atmosférico, recordar románticamente en una  estrella a la persona amada o vigilar que los satélites y aviones enemigos no acechen. Vivimos cada instante  con la pasión de quien  ama la vida y por  esa misma razón  está dispuesto a perderla.

Aun  en las circunstancias militares más   extenuantes,  es muy común ver  el  rostro guerrillero pasar fácilmente de la angustia a la alegría.  Existe  entre nosotros una capacidad inmensa de asimilar las dificultades, sin negar nuestra propia humanidad y la sensibilidad que nos  embarga.

Es frecuente tener muy de cerca la muerte, perder a un ser querido en manos enemigas y ver las monstruosidades que comete el régimen el pueblo indefenso. Entre tanto, forjamos nuestro temple revolucionario, que difiere mucho de aquella imagen de la guerrilla criminal y frívola que se muestra mediáticamente.

Compartimos una convivencia tan estrecha que llamamos camaradería, que se basa en el respeto reciproco, la solidaridad, la lealtad con la causa, y que por supuesto no está exenta de las diferencias cotidianas y superables. Bajo esta forma construí mi amistad con Alexandra.

Hace varios años conocí a la europea, para esa época anónima. Descubrí a una mujer trabajadora y de carácter fuerte, con quien fácilmente pude entablar conversaciones joviales y apreciar  la sencillez que la caracteriza.

 Entre ires y venires,  nos apoyamos mutuamente en las adversidades y con  complicidad sana nos contamos las confidencias de amoríos y sueños. Aprendí de ella el valor de la franqueza, que  es el sostén de nuestra amistad.

 Tras la muerte del camarada Jorge y en medio de los intensos operativos que enfrentábamos en la Serranía de la Macarena para octubre del año 2010, mi entrañable compañera fue asignada para asumir nuevas tareas, que implicaban adherirse a una Compañía que tomaría un rumbo distinto al nuestro. Nos separamos convencidas de que bajo la incertidumbre de las misiones guerrilleras nunca volveríamos a vernos. La despedida estuvo cargada de lágrimas, con  la promesa de no desfallecer jamás en la lucha y con el convencimiento total de la victoria.

Al pasar los años, sin la posibilidad de saber mayor cosa  del paradero de la ya afamada holandesa Tania Nijmager,  solo me quedaba recordarla con admiración. Al enterarme  de que se encontraba en La Habana haciendo parte de la Delegación de Paz, me enorgullecí mucho de mi estimada camarada. Mi satisfacción se engrandeció con mi inesperado viaje a la Isla de la dignidad.  

Hace unas semanas de nuevo nos despedimos en el aeropuerto Jose Martí, justo antes de arribar el avión en el que yo retornaría a Colombia. El abrazo  final tuvo  lágrimas de emoción y   la misma incertidumbre del reencuentro, pero esta vez con la esperanza absoluta de que quizás, la próxima vez que nos veamos sea en la posteridad de la firma del Acuerdo de Paz.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada