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lunes, 26 de octubre de 2015

El respeto por la vida campesina como principio de reconciliación con nuestra propia historia.


Por Ramiro Pardo. Militante PCCC

Mi abuelo era un hombre rudo, de manos callosas y lomo fuerte, construido a sí mismo bajo el fatigoso sol y la lluvia inclemente que a diario caía por su espalda mientras realizaba sus labores de campesino. Cultivaba papa, alverja, habas, chuguas, cubios, hibias, maíz, cebolla, calabaza, ahuyama, zanahoria, remolacha, uchuvas, moras, entre otras. Casi nunca cultivó sonrisas, pero tenía una fuerte convicción liberal y defendía la vida de campesino. Tenía una incipiente conciencia gremial, que le hacía defender lo suyo, su pedazo de tierra y su vida agraria, al punto que no le gustaba salir de su rancho. Allí tenía lo suficiente y necesario para tener una vida digna. 

En tiempos de elecciones se encrudecían los ánimos, y él y sus hermanos eran de los pocos liberales del municipio. Los godos dominaban casi todas las veredas excepto la suya, y aunque las relaciones cotidianas eran fraternas, de compadres y amigos, en época electorera afloraban las disputas. Alguna vez, me contó que cuando era joven, por allá en los años cincuenta, los dirigentes godos del pueblo, amenazaron con ir hasta su vereda a matarlos a todos. El con sus hermanos y vecinos definieron armarse con lo que tuvieran. Dos escopetas de fisto, machetes, zurriagos y azadones eran sus armas. Por fortuna nunca se cumplieron las amenazas. 

Esa era la historia no sólo de mi abuelo, sino quizá de muchos hombres de campo de la época, así como la del mismo Pedro Antonio Marín.  Por eso es claro que el hombre no escoge su camino sino que son las circunstancias las que le escogen su rumbo en la vida. De no haber primado la concordia, quizá la vida de mi abuelo se hubiese confundido con la de cualquiera de los campesinos que se vieron obligados a armarse. Por eso aunque no sucediera, es importante conocer la propia historia. 

Esa historia familiar, es la misma de miles y miles de familias campesinas que se vieron desplazadas durante años y años de violencia. Una estrategia económica trazada desde las altas esferas del poder los obligó a trasladarse a las ciudades a fundar barrios y a convertirse en obreros. La proletarización de las ciudades era apenas uno de los presupuestos para la expansión del capitalismo en Colombia. Pero a diferencia de las burguesías de otros países, nuestras clases dirigentes ni siquiera fueron capaces de encausar correctamente ese proceso. El resultado fue evidente: cinturones de miseria, mano de obra barata y poco calificada, desempleo, incremento del costo de vida, gran explosión demográfica, incremento de la criminalidad, ausencia de servicios públicos, escasa tasa de alfabetización y un desarraigo profundo. 

Todas y todos quienes vivimos en las grandes ciudades tenemos nuestro ancestro campesino, y más de cincuenta años después de la historia de nuestros viejos, seguimos padeciendo esos mismos problemas en las grandes ciudades. Al mirar a lo largo y ancho del país, con tristeza debemos aceptar que aparte de cuatro o cinco ciudades, el resto, ninguna ofrece nada para sus habitantes. De ahí que el incremento de la economía informal, mal llamada emprendimiento, y el rebusque, sean el común denominador. La gran potencialidad que tenemos como colombianos está totalmente desperdiciada. No tenemos verdaderos emporios industriales y ni siquiera un gran mercado de servicios. El capital no fue capaz de articular a Colombia a la altura del mercado mundial. Ni siquiera supo construir un proyecto de Nación. Su propio proyecto de país ha fracasado estruendosamente. Colombia sólo existe plenamente cuando juega la selección de fútbol.

Es cierto, ya no producimos ni habas, ni chuguas, ni siquiera papa. El campo ha sido definitivamente marginado. La única apuesta que tienen las clases de turno en el poder es la explotación minera y el desangre ambiental. En términos concretos Colombia ya no produce nada, ni café, ni algodón, ni maíz. Los ingresos de la Nación dependen en demasía del petróleo y ni siquiera tenemos una sólida industria petrolera. Pese a todo, hemos pretendido competir con países que transportan mercancías en trenes eléctricos, mientras a escasas horas de la capital de la República nuestros campesinos se siguen transportando en mulas. 

Bajo ese panorama, urge cuestionarse cuál es el proyecto de país y el proyecto de ciudad que ofrecen los actuales politiqueros y candidatos a diferentes corporaciones. Es imperioso rescatar las potencialidades del trabajo campesino como alternativa de desarrollo para un país que le quedó grande el anclaje con el mundo industrializado. Desde los movimientos sociales la apuesta por las Zonas de Reserva Campesina es una realidad vigente que no ha querido ser plasmada por el gobierno de turno.

Es hora de repensarse el papel del campo y la ciudad, y son las ZRC el primer paso para empezar a pagar la deuda histórica que tenemos con el campo colombiano. 

Si hablamos en términos de reparación debemos entender que la vida campesina, la soberanía alimentaria, el recate de la cultura y las tradiciones de nuestros abuelos, y el respeto por el territorio y la madre tierra, son el primer paso para reconocernos en nuestra propia historia. Por todo ello, para volver a saborear las habas, las chuguas y la mazamorra de la abuela, y para comer las arepas hechas con el maíz germinado en nuestro suelo, decimos no a la minería, si a las ZRC, si a la vida. Hemos Jurado Vencer y Venceremos!!!

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