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domingo, 18 de octubre de 2015

La irreversibilidad de la paz

Hablando claro. Por FARC-EP


La paz en Colombia requiere que ese país anhelante de cambios, que sabe bien que en definitiva ya no podemos seguir lo mismo, se ponga en pie para exigirlos.

Tal y como se expresa cada vez con mayor fuerza y convicción, todo indica que el proceso de paz que cursa en La Habana, por la expansión de sus raíces y las expectativas generadas en la nación y el continente, ha adquirido a estas alturas la dinámica de lo irreversible.

Tanto para el gobierno de Juan Manuel Santos, como para el Secretariado Nacional de las FARC, el panorama de la ruptura de los diálogos se torna indeseable. Las dos partes sentadas a la Mesa saben que resulta insoslayable alcanzar un Acuerdo Final y hacia allá marchan.

Ello no significa que hayan desaparecido los puntos de vista opuestos y contradictorios. Lo avanzado hasta hoy equivale a un despegue, como cuando se dispara un proyectil y nos resulta imposible evitar que haga blanco, sea en el lugar deseado u otro distinto.

Desde luego que cada una de las partes tiene como propósito hacer diana. Ninguna de ellas puede hacer abstracción de sus intereses de clase y por tanto apunta a consolidar su propio punto de vista. Imagina escenarios impensables como consecuencia de algún yerro.

Sin duda que allí radica la razón de las reservas expresadas públicamente por algunos miembros de la delegación gubernamental con respecto a lo divulgado públicamente por el Presidente y el Comandante de las FARC el pasado 23 de septiembre. Se teme incluso a lo firmado.

Y están firmados acuerdos parciales en cuestión de desarrollo rural integral, participación política y solución al problema de las drogas ilícitas. Puede afirmarse que casi está completamente cerrado el acuerdo sobre justicia y es un hecho que hay avances considerables sobre víctimas.

Con independencia de las salvedades señaladas en los tres primeros temas de la Agenda, que resultaron de la disparidad total de criterios entre las partes, y de los pendientes, asuntos que se trasladaron a la discusión de otros puntos de la Agenda, quedan temas muy gruesos por pactar.

El punto tercero de la Agenda, fin del conflicto, se previó como un proceso integral y simultáneo que arropa siete numerales distintos, cada uno en capacidad de disputar su complejidad a los otros. De tiempo atrás, en varias subcomisiones, se avanza al respecto. Pero no es fácil.

Y el punto sexto, implementación, verificación y refrendación, del que al parecer quiere hablar muy poco el gobierno nacional, empecinado en institucionalizar su propia idea al respecto sin esperar algún acuerdo en la Mesa, también contiene seis numerales, muy serios y duros.

Puede existir impaciencia en sectores de la población colombiana, incluso inconformidad con el proceso en sí o la forma como se cumple, pero también es cierto que la inmensa mayoría de las mujeres y hombres de este país le están apostando a la feliz culminación de las conversaciones.

Porque entienden con claridad que las FARC-EP estamos comprometidas a acordar temas tan trascendentes como la dejación de armas y nuestra reincorporación a la vida civil en lo económico, lo social y lo político, que si se miran bien no son de poca monta para una guerrilla de medio siglo.

Y porque se dan cuenta del histórico significado que tiene el compromiso del gobierno nacional a revisar y hacer las reformas y los ajustes institucionales necesarios para hacer frente a los retos de la construcción de la paz. Más o menos que Colombia no será la misma tras el Acuerdo Final.

En las FARC-EP, desde un principio, existe el pleno convencimiento de que lo pactado en el Acuerdo General para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera puede ser materializado efectivamente. Hemos creído en eso y trabajado por conseguirlo.

Nadie puede decir que ha escuchado de nuestros labios o leído en nuestros documentos la menor expresión de incredulidad o escepticismo en el proceso en curso. Incontables gestos unilaterales de voluntad de paz y centenares de propuestas llevadas a la Mesa lo acreditan.

Tenemos por tanto derecho a creer en que han sido nuestros esfuerzos los que han logrado que la mayor parte de la nación le esté apostando hoy al fin exitoso de las conversaciones. Del mismo modo creemos que será imprescindible al protagonismo activo de esas mayorías para lograrlo.

El dilema es sencillo y está develado ante el mundo entero. El fin definitivo del conflicto armado envuelve transformaciones de fondo en la vida política colombiana. Las FARC-EP tenemos la disposición plena a cumplir con lo que nos compete. Cabe al Estado cumplir lo suyo.

Entendimos de ese modo la solicitud del Presidente Santos de comprometernos a la firma de un acuerdo final en seis meses, que se convierten prácticamente en cinco. El gobierno de Colombia daba su palabra de remover todos los obstáculos y trabas. Por eso accedimos.

Si el proceso es irreversible como todo indica, ello quiere decir que se ha vuelto irreversible el final del conflicto. Que los compromisos adquiridos por las FARC y el gobierno nacional el 26 de agosto de 2012 en La Habana, deben cumplirse de manera irremediable. Los más recientes también.

La paz en Colombia requiere que ese país anhelante de cambios, que sabe bien que en definitiva ya no podemos seguir lo mismo, se ponga en pie para exigirlos. Vale la pena, en serio, leer muy bien lo que falta de la Agenda. Y reclamar con energía que se cumpla. No le tememos a eso.

Montañas de Colombia, 16 de octubre de 2015.

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