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jueves, 10 de diciembre de 2015

Alfonso Cano y los sueños de la Nueva Colombia!



Por: Ramiro Pardo 
Militante PCCC  

En los pasillos de la Universidad Nacional se cuentan historias. Viejos y jóvenes leen y rememoran entre sorbos de café y horarios de clases, cuentos sobre estudiantes de ese claustro. Aparecen vivas las sonrisas de Jaime Garzón, los discursos de Gaitán, los sueños de Camilo. Y entre cuento y cuento, aparece un joven de barba, líder de la Juventud Comunista, estudiante de Antropología. Son los años 70' y el debate es intenso. Mientras Carlos Pizarro organiza tropeles y agita al estudiantado, Guillermo Sáenz organiza Asambleas. Todas estas son las formas válidas como se encausó la rebeldía juvenil y los ideales de transformación de un mundo injusto, en unos años en que soñar y atreverse a lo imposible hacían parte del ser joven. 

Guillermo tenía un aire de intelectual orgánico, comprometido, preocupado cual más por encontrar soluciones y caminos ante la tristeza y pobreza del pueblo Colombiano. Hijo de un Agrónomo Conservador Laureanista y una maestra, según relatan algunas biografías, encarnaba el espíritu de la clase media. Esa que puede ver los problemas porque los vive a diario, pero que también puede vislumbrar las soluciones porque pertenece a ese escaso y reducido sector que tiene la posibilidad de estudiar en una Universidad Pública. En esos momentos en que se define el ser y la existencia, los caminos posibles eran dos; graduarse, ser profesional y "escalar" para convertirse en un asalariado o explotador más abandonando los sueños, o darlo todo a cambio de una idea, de una posibilidad, de ese "algo" que se templa en el alma de los hombres que se convierten en Revolucionarios, en "extraños" adelantados a su tiempo. 

Mientras tanto, los delimitadores de las primaveras estaban al acecho, y el camino, que pudiese haber emprendido como poeta, como escritor, como profesor, como Antropólogo y Político, se cerró para siempre. Mientras Guillermo tuvo que empezar a esconderse, dejando a su familia, su compañera y su hijo, otros jóvenes soñadores y comprometidos con la emancipación de la humanidad eran torturados y encarcelados, y otros aciagos luchadores campesinos y obreros eran atropellados por los opresores de la vida. Se vivían los tiempos del estatuto de seguridad. Decidido bajo la convicción de quien está seguro de lo correcto y no duda en dar su vida por la causa de los desfavorecidos, se internó en las montañas de Colombia para aprender el arte de la guerra de guerrillas de la mano del gran Manuel Marulanda, y al lado del Comandante Jacobo Arenas, se convirtió en el continuador de los sueños y la lucha de ese puñado de campesinos que en 1964 habían sobrevivido al despojo. 

En adelante, Alfonso Cano, el comandante, el visionario, no guardó esfuerzos para encontrar fórmulas y soluciones para los problemas del pueblo colombiano. La paz, su gran proyecto; pero sabía que por las características del régimen, de ese régimen que había bañado en sangre cualquier alternativa desde los tiempos de José Antonio Galán, hasta los tiempos de Jaime Pardo Leal, sería imposible sin una organización política y militar fortalecida y sobre todo nutrida con la lucha de las masas populares. Por ello, mientras que en el Caguan se intentaba una nueva apuesta por la Paz, el camarada Alfonso construyó las bases para conformar el Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia, e ideó la estructura y forma del Partido Comunista Clandestino. Organizaciones y herramientas para fortalecer la lucha revolucionaria, en tiempos de Paz y en tiempos de Guerra. 

Su capacidad de estratega tuvo que ponerla a disposición en los momentos más difíciles de la última etapa de la guerra. Mientras nuestro querido viejo dejaba para siempre sus andares y su ejemplo por las trochas de este mundo, Alfonso Cano debió asumir la dirección y conducción del Ejército del Pueblo. Su apuesta y visión de país, lo llevó a abrir una nueva posibilidad de diálogos de paz, pero la inclemencia y arrogancia de la oligarquía, dieron con su cadáver como ofrenda para iniciar ese nuevo camino que apenas estaba trazándose. Aún así, tanto como ocurrió con Antonio Gramsci o Antonio Nariño, y tanto como ocurre con los hombres que no mueren, su presencia sigue viva en las ideas, en la agenda que fue capaz de trazarle al gobierno de turno al abrir el camino de la paz y la agenda que también dejó trazada para el movimiento revolucionario. Sin estar físicamente, fue capaz de convertirse en el arquitecto de la paz. Su ausencia no amilana al pueblo, sino que se convierte en invitación para ver el futuro por medio de esos lentes gruesos con que fue capaz de soñar la nueva patria de colores. Su ejemplo, es semilla entre los jóvenes, mujeres y niños que hoy tratan de emular sus pasos, y entre los viejos que nos cuentan sus historias en medio de sorbos de café y horarios de clases. Camarada Alfonso Cano, Morir por la Patria es Vivir Para Siempre!!!

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