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lunes, 25 de enero de 2016

Aventura



 Por: Luis David Celis, guerrillero del Bloque Cdte. Jorge Briceño de las FARC-EP

Finalizando el mes de julio de 2015 hice paradero yo en una comisión del frente 40 que estaba operando por esos días cerca a la serranía de la Macarena; mi llegada a dicha comisión obedeció a que la unidad en la que había estado los últimos cuatro meses en cumplimiento de una misión, debió salir intempestivamente hacia el área del 27 frente y como yo no era orgánico de esa, y ya había sido asignado a otra misión en área del frente Felipe Rincón, tuve que esperar en la comisión mientras coordinaban mi desplazamiento hasta la unidad que me recibiría.

Recuerdo que serían como las once de la mañana cuando me despedí de los camaradas que partían hacia el otro lado de la serranía; lo hice invadido por una profunda tristeza, dado que los estimaba a todos ellos por el trato afectuoso y de respeto que tuvieron para conmigo; esa tristeza también se reflejaba en el rostro de cada uno de ellos al despedirse de mí, pues aparte del trato camaraderil que les brinde también dedique gran parte de mi tiempo en enseñarles una que otra especialidad en las que medianamente tengo idea y esto les agrado sobremanera, como quiera que, dicho esfuerzo personal iba en correspondencia con las ganas de aprender que tenían. 
En cuanto los camaradas de la comisión me recibieron, alistaron sus equipajes y arrancamos de marcha con miras a cruzarnos hacia la margen derecha del rio guayabero, donde permaneceríamos a la espera de la coordinación para salir hacia mi próximo destino. Los camaradas de esta comisión se mostraron muy atentos y respetuosos conmigo y aunque solo distinguía yo a dos de ellos, con todos me relacione y entable conversación en aras de ganarme la confianza de ellos. Ya cuando cruzamos el rio, el comandante de la misión ordeno esperar en un punto determinado, mientras el salía con otro combatiente a buscar un sitio adecuado para instalar el campamento. Estando a la espera, una ligera llovizna nos obligó a guindar una carpa para protegernos de la lluvia y allí nos metimos casi todos; quienes no se metieron allí se abrigaron con unos plásticos y uno o dos permanecieron a la intemperie. 

Allí conglomerados y a la vez diseminados en pequeños grupos de dos o tres guerrilleros, discutíamos diferentes temas bajo el abrigo de la tela impermeable. Yo trabe conversación con una camarada de unos 23 años de edad, de una belleza impresionante y una humildad digna de admirar. Sonia era su nombre. Sonia Sánchez, me dijo en tono enfático. Yo un poco sorprendido le repuse que ese nombre me traía gratos recuerdos, puesto que así se llamaba la mujer que más había llegado yo a querer, y la cual no había vuelto a ver tras nuestra separación involuntaria. La conversación giró en torno a dos acontecimientos de su vida que le habían dejado una huella en su ser; uno por tratarse de un evento que lacero su corazón y el otro porque la había llevado hasta los límites más extremos del peligro.  

Recuerdo que la conversación inicio a partir de una pregunta que me hizo Sonia sobre cómo me estaba sintiendo por el hecho de haber tenido que salir de la unidad donde estaba lo que había implicado a la vez alejarme de la mujer con que estaba sosteniendo una relación sentimental, a lo cual le respondí que aunque sentía la ruptura de dicha relación, sabia darle un manejo adecuado para que no me afectara en demasía. Usted será entonces mi psicólogo, dijo ella sorpresivamente antes de darme a conocer la situación por la que estaba atravesando. Yo solo la inste a que me relatara lo que le había sucedido aunque no le prometía más que escucharla. Con eso me basta dijo ella.
Hace 20 días, inicio diciendo Sonia, llegue de una misión y venia hasta ansiosa de encontrarme con mi novio, o mejor aún mi exnovio; pero apenas entre al campamento mire algo raro. El camarada no salió a saludarme y solo hasta cuando yo fui a buscarlo fue que me saludo y eso como algo esquivo; entonces dije; aquí hay algo raro. Casi que puedo apostar que el tipo tiene otra. Y preciso. Esa noche él durmió conmigo pero ya no era el mismo así que le dije con mucho carácter: "Usted como que tiene otra porque yo sé cómo dejo mis cosas y usted está bien raro". Pues bien ni corto ni perezoso me confeso que efectivamente él la había embarrado conmigo. Yo sentí como un corrientazo por todo el cuerpo y me provoco agarrarlo a golpes pero mejor me contuve y solo le pedí el favor que se fuera de mi caleta porque yo no estaba dispuesta a perdonarle su desliz. Cuando ya abandono él mi cama no pude evitar llorar. Llore de ira, de desilusión, porque fui muy buena con él. Yo me esmeraba por ese muchacho; le ayudaba a hacer caleta, le cargaba la economía… mejor dicho, casi que no le dejaba hacer nada porque sentía que lo quería, y mire como me fue a pagar. 

Sonia, con la mirada pérdida y sus ojos ligeramente humedecidos por las lágrimas que le arrancaba el evocar aquel suceso, dejo escapar un profundo suspiro en este punto de su relato y volvió a tomar impulso al comprobar que yo le estaba prestando atención a su conmovedora historia.  Yo por mi parte no hacía más que escuchar atento lo que le había sucedido a esa hermosa mujer, a la vez que miraba fijamente el movimiento de su boca al hablar, sus gestos, sus labios carnosos adornados con un labial color rosado y, sabor a fresa quizá; pues me conmovía la pasión con que hacia su relato. Era como si creyera que al terminar de contar aquello, estaría más aliviada o curada parcialmente del dolor que afectaba su espíritu producto de ese desamor de que había sido objeto y por tanto hablaba como si estuviese viviendo en el momento lo que había vivido recientemente.  

A la otra noche, continuo Sonia, a eso de las diez llego el relevante a mi caleta buscando al camarada para la guardia, creyendo que él todavía dormía conmigo. Yo simplemente le dije que lo buscara en la caleta de la camarada Mirian, que allí era donde debía estar. El camarada relevante salió para allá y yo me quede ahí pendiente. En el fondo rogaba que él no estuviera durmiendo con ella, pero cuando lo llamaron y el contesto comprendí que lo había perdido para siempre. Ese resto de noche la pase despierta tratando de entender porque me estaba pasando todo aquello; buscando comprender las razones que tubo él para cambiarme por ella, para reemplazar mi amor por el que ella le estaba brindando ahora y despierta me sorprendieron varios amaneceres, pues fueron varias noches sin dormir y varios días en que  o comía; hasta que un día al pasar frente a la caleta de ella, los vi jugando felices y entonces me prometí no seguir sufriendo por ese fracaso amoroso mientras él era feliz con su nueva relación. Así que me llene de coraje y le negué a mi mente la posibilidad de estar pensando en él. A partir de aquel dia, y aunque no he sido feliz si deje de estarme mortificando por ese suceso; y, ahora ya hace parte de mi pasado y lo he tomado como cualquier otro evento que de cierta forma haya marcado mi vida.     

Cuando Sonia hizo una pequeña pausa como dando un punto final a su historia, con el ánimo de permitirle a ella mantener el monopolio de la palabra, y, llevarla a abordar otro tema que no la lastimase tanto, decidí pedirle que me relatase otro suceso que le hubiese impactado sobremanera y del que guardara recuerdos. ¿No esta aburrido de escucharme? Pregunto ella sorprendida de que quisiera yo seguirla escuchando. En absoluto, le respondí, por el contrario me deleito con la exquisita melodía de tu voz.
Sonia se sonrojo ante mis palabras y agacho la cara, dado que llego a creer que me le burlaba de su voz, no obstante se animó a relatarme lo que viviera en una ocasión en que tuvo que salir en cumplimiento de una misión de combate y así comenzó su historia: 

Bueno, fue una vez en que la escuadra de la cual era yo orgánica recibió la orden de pelearle a un ejército que iba avanzando hacia donde estábamos nosotros. Así que nos alistamos y salimos a combatir. El comandante de la escuadra, que era mi novio en ese tiempo, nos dijo que no existía una información concreta sobre la ubicación de los soldados por lo que teníamos que ir muy atentos de trillos, bullas o cualquier señal que nos pudiera indicar su presencia y llegar a ellos sin caer en emboscadas o chocar intempestivamente. Ya llevábamos como hora y media caminando cuando ordenaron descansar unos minutos mientras preparábamos agua para beber. Recuerdo que era una loma no muy alta y el agua hubo que buscarla abajo en un zanjón. Yo me senté en el puro suelo y estire las piernas; el fusil lo puse al lado mío y no quise quitarme las fornituras. Los demás se sentaron cerca de allí. En eso yo escuché un ruido atrás mío y creyendo que se trataba de uno  los camaradas que había bajado a buscar agua en tono de recocha le grite que si era que estaba buscando que le echara bala; como no me respondió yo volteé a ver de quien se trataba y solo vi a un tipo uniformado que avanzaba sigilosamente por entre los matorrales; entonces volví la mirada hacia donde estaban los camaradas y les hice señas para que miraran atrás mío, pero ellos no me pusieron cuidado y cuando volteé a mirar otra vez hacia donde había visto al uniformado desconocido ya mire a tres tipos que corrían hacia la izquierda de nuestra posición; en ese momento comprendí que eran los chulos y les grite a los camaradas: ¡muchachos los chulos!. De inmediato los soldados dispararon contra nosotros y se forma la balacera. Como nos sorprendieron no pudimos responder adecuadamente y después de unos disparos todos salimos corriendo. Yo no me di de cuenta en que momento metí el pie derecho en un vacío y me lesione la rodilla y ya no pude seguir corriendo.

El dolor que me produjo la lesión era tremendo pero más tremendo era el susto de que me cogieran viva. Imaginase usted, como unos 100 tipos que eran y yo solita en esa selva, esos tipos me hubiesen hecho de todo un poco, mejor dicho no me matan a balazos.  Yo no volví a ver a ninguno de los muchachos y no podía gritarles ni llamarlos porque los chulos nos venían siguiendo los pasos. Cuando ya yo sentí que me estaban alcanzando, me escondí entre un matorral y me estuve quietecita allí; casi no respiraba y temblaba toda. Al rato empecé a escuchar los chulos pasar corriendo por lado y lado mío persiguiendo todavía a los muchachos. Cuando paso la primera patrulla respire más aliviada pero al rato venían otros, empero estos venían caminando ya y ahí si fue que me asuste más pues estos venían registrando el sector. Imaginase yo solita ahí escondida y esos soldados por todos lados. Así estuve hasta que cayó la noche y ellos se recogieron a su campamento, que seguro estaría ubicado cerca de donde habíamos chocado inicialmente. Y en medio de la oscuridad empecé a abandonar mi escondite a pesar del dolor de mi rodilla que ya la tenía totalmente inflamada y al miedo que tenía, el cual me llevaba a hacer el menor ruido posible para que  no me detectaran. Como a media noche ya no tenía más fuerzas para seguir caminando y me refugie en medio de dos bambas de un gigantesco árbol que encontré. Como iba tan cansada, tan agotada, me quede dormida muy rápido y cuando me desperté ya eran más de las 7 de la mañana. Me levante muy asustada al ver todo tan clarito, así que salí de mi dormitorio con cuidado y observe alrededor; como no vi nada, reanude mi caminata hacia donde sabia podía encontrar guerrilla.  Afortunadamente yo ya había andado por aquella mata y tenía algo de idea de para dónde debía coger. Recuerdo que al mirarme los brazos descubrí manchas rojas por las picaduras de los zancudos y las palomillas. Como dormí a la intemperie los bichos se aprovecharon de mí, además como dormí tanto no me di de cuenta. Bueno, lo cierto fue que me fui caminando o cojeando mejor, porque no podía afianzar bien la pierna por el dolor de la rodilla. A veces me esperanzaba pensando en que los camaradas podían regresar a buscarme, pero luego pensaba que ellos habían podido creer que a mí me habían matado o me habían capturado y por lo tanto no vendrían a buscarme y me desalentaba nuevamente. 

Como no había dejado yo mi fusil lo llevaba listico para responder en caso de que encontrara enemigo, pues como no podía correr me tocaba hacerme rastrear. Cuando llegaba a algún caño tomaba algo de agua y me mojaba la cara para refrescarme un poco porque el día estaba bastante caluroso. Al fin como a las catorce llegue a un potrero y me fui bordeando la mata, imaginase usted la alegría que sentí al salir ya de la selva y pensé: ya no me morí en esa selva. Camine como media hora cuando vi un tipo armado que estaba de espaldas a mí mirando hacia una fileta en el centro del potrero. Yo lo distinguí de inmediato, era Robín, de una unidad que estaba por ahí esos días, y lo llame, Robín, Robín; el escucho que lo llamaba y se volteó con el fusil listo a disparar. Cuando me vio me reconoció también y me grito que avanzara rápido hacia ellos pues el enemigo estaba justo al frente y se iba a iniciar el combate. En eso yo me desmayé y no supe más de mundo hasta que me desperté en una hamaca cuando era trasportada por dos camaradas. A lo lejos escuche tremenda balacera y recordé lo que me había dicho Robín. Los muchachos que me llevaban me comentaron que Harold, mi novio, había estado muy triste porque creía que me habían matado y que solo pensaba en vengarse ese día, pero que le habían alcanzado a notificar que yo ya había aparecido y respire más tranquila pues sabía que él no iba ya a cometer ninguna locura.  

En ese punto de la historia íbamos cuando llego el comandante de la misión y se dirigió a mí para notificarme que había hallado un sitio bueno para el campamento y preguntarme a la vez si salíamos hacia ese de una vez o esperábamos hasta que cesara la lluvia, ante lo cual le respondí que era preferible salir de una vez, dado que todo indicaba que no escamparía pronto; así que recogimos todo y salimos hacia el sitio previsto. Antes de salir le comente a Sonia que lo que más me preocupaba de que no escampara rápido era que tenía la cama mojada, toda vez que, el día antes la había lavado y no se me había secado aun. Este comentario llevaba implícito el mensaje de que quería yo dormir en su lecho; mensaje subliminar que comprendió ella enseguida pues me dijo que no tenía ningún problema en brindarme posada esa noche, así podría terminarme de contar la historia. 

Cuando ya estuvimos acostados, ella quiso retomar el hilo de la historia; empero, el ruido de la lluvia no permitía escuchar bien y tuvo que acercarse considerablemente a mí a tal punto que, cuando pretendí moverme un poco para poder oírla mis labios inesperadamente se estrellaron con los de ella y ya no pronuncio palabra alguna.                            

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