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martes, 5 de enero de 2016

El pensarnos un nuevo país, requiere nuevas formas de hacer país...

Desde los barrios de Colombia. 
Martin Chalita, militante PCCC 

En los últimos años se ha presenciado en Colombia la reaparición y el posicionamiento de un amplio y colorido abanico de luchas y movilizaciones sociales, logrando romper con un letargo social que caracterizaría al país al menos durante la década de los noventa y los primeros años del siglo XXI. Sin desconocer la importancia y validez de cada uno de ellas, se debe también admitir que ninguna ha logrado poner hasta ahora si quiera en jaque el modelo de producción capitalista, un hecho que es central para avanzar de manera acertada en la construcción de una Nueva Colombia. 

Aunque en términos generales se puede decir que los actuales movimientos sociales tienen varios elementos en común y la mayoría de ellos se han desprendido de tajo del bipartidismo tradicional. También es cierto que son numerosos los retos y desafíos que quedan, si estos buscan constituirse en un nuevo bloque de poder que jalone un cambio social de orden estructural en el país, desde una perspectiva emancipadora.

Y es que el crecimiento exponencial de la lucha social y popular en Colombia no es un acontecimiento a menospreciar o pasar por alto. Como lo registra el  CINEP en su informe: "Luchas sociales, Derechos Humanos y representación política del campesinado 1988-2012", las acciones de protesta pasaron de 300 en 1995 a 1.027 en el 2013, fenómeno que no se puede comprender como un elemento de mero contexto, sino por el contrario, debe asumir el peso estratégico que ello significaría ante un eventual punto de inflexión en el que el país se podría adentrar prontamente. 

¿Pero a causa de qué se registra tan importante despertar de los movimientos sociales? 

En primera instancia cabe decir que el despertar de los movimientos sociales no es un proceso único y exclusivo en Colombia, es un fenómeno que se expande a lo largo y ancho del mundo entero, con diferencias temporales y organizativas, pero ahí están las nuevas formas de agrupación y comprensión de la política, ampliado las perspectivas emancipadoras y poniendo eventualmente en jaque los sistema de gobierno imperantes, muestra de ello es lo ocurrido en países como Chile, Bolíva, Brasil, España, Grecia, Francia y hasta en el mismo foco embrionario del capitalismo, Estados Unidos. 
Por otro lado, en el caso colombiano, sin entrar a hacer mayores desarrollos históricos, pues no es ello el objetivo del presente escrito, es claro que el germen central de las luchas sociales en el país han sido las enormes contradicciones que en el seno del sistema capitalista se presentan y que progresivamente se han agudizado; la desigual concentración de la riqueza y la no solución a problemas de orden estructural, entre otros fenómenos, han llevado a un irreversible desgaste al modelo partidista tradicional, en donde la exclusión, la represión, el clientelismo y la cooptación han sido algunas de las principales tácticas a usar. 

¿Y si la lucha que damos se da en el marco del sistema capitalista, las prácticas a utilizar deben estar en su misma lógica?

En absoluto, la construcción de un nuevo orden social, político y económico, de una Nueva Colombia, pasa por construir unas nuevas formas de comprender y hacer Política. Es importante asumir la cotidianidad como un espacio político en pugna, en donde construimos y compartimos nuestro ideario, reconocemos las nuevas formas de organización popular, las mayores pujas o contradicciones sociales y económicas, pero a su vez, trabajamos junto al pueblo para ser poder.  

En consonancia a ello, las nuevas formas de hacer política van más allá de eventuales practicas discursivas que  descansan en nuestros documentos, pasa por cortar de tajo con aquellas prácticas dañinas y clientelares construidas por el bipartidismo nacional, en donde el pueblo sólo aparece bajo las coyunturas electorales. 

Desde las FARC-EP comprendemos las nuevas formas de hacer política bajo máximas como la exaltación de la solidaridad hacia nuestro pueblo, porque nosotros también somos pueblo, con él compartimos y vivimos a diario las más indignantes penurias de este sistema. Comprendemos la necesaria unidad política, ideológica y organizativa en consonancia a nuestro ideario político; la hermandad internacionalista en la superación del imperialismo; la reconstrucción del tejido social y comunitario, tanto en campos como ciudades, y la defensa de la Unidad popular en la constitución de un nuevo bloque de poder.

Asumir nuevas formas de hacer política significa comprender lo que está pasando en nuestras barriadas populares, saludar y potenciar las nuevas formas de organización social y popular, que bajo diferentes particularidades comprenden que el actual sistema está mal y que en nuestras manos reside la posibilidad de transformarle. Es por ello, que saludamos y exhortamos a la consolidación del poder real, aquel que se construye desde las comunidades y en los territorios, un poder del pueblo, con el pueblo y para el pueblo, en donde todas las generaciones, tendencias sexuales, minorías étnicas, apuestas culturales, así como pueblos ancestrales tengan cabida.

Es cierto que el grueso de los espacios de organización y movilización en lo local no confluyen en la construcción de procesos organizativos de largo aliento o con vocación de poder de carácter nacional, manteniéndose como espacios aislados, sin una plataforma de lucha clara, con unos objetivos difusos, con cortos  tiempos de vida, fundando en algunos casos procesos de articulación y redes de trabajo, que en lo práctico tienen limitado accionar político. Pero ello no significa en estricto sentido que el movimiento social y popular colombiano ha dejado de lado la comprensión de las relaciones de dominación desde el sistema económico y de producción, ni mucho menos que no tenga vocación de poder. Y para ratificar todo ello, allí estaremos nosotros, los que desde el trabajo organizativo barrial contribuimos al debate, adelantando constantemente procesos de formación y educación, manteniendo siempre extendida la invitación a abrir camino y caminar junto a nosotros. 

Por último, quizá la acción más valerosa a rescatar en la constitución de unas nuevas formas de hacer política, es el amor, el amor al pueblo y  a la construcción de una Nueva Colombia. Un amor que debe tener la manifestación más sublime en cada individuo, en cada sujeto colectivo que es agente de cambio. Una apuesta que se debe manifestar en el sacrificio, la solidaridad, la confianza, la amistad, la camaradería, la entrega total, la honestidad, la lealtad y los sueños que diarios tratamos de materializar; contribuyendo a romper viejas y lesivas formas sociales como el machismo, el patriarcado, la estigmatización, la calumnia, la hipocresía, la envidia y la rivalidad. 

Si bien, para algunos clásicos teóricos de la política como los alemanes Max Weber o Carl Schmitt la lucha política es descarnada, frontal y significa moverse en un terreno hostil, bajo la lógica de amigo-enemigo, y por ende, no puede asumirse con parsimonia. Tal consideración debe ser enfocada y puesta en práctica hacia nuestros verdaderos enemigos de clase, hacia aquellos que han bañado de sangre nuestra patria, que han criminalizando la opción de construir organización popular para el poder, hacia aquellos que se atiborran los bolsillos a costa del sufrimiento de millares de colombianos. 

Para todos aquellos que comparten nuestras mismas condiciones de clase, aquellos que caminan las calles desempleados; que ven a sus familiares morir en las puertas de los hospitales a falta de atención médica; para aquellas madres que le son arrancados sus hijos de los brazos para ser llevados a la guerra; para aquel joven de la periferia que le huye al desempleo o a la muerte; para aquel niño que se cría en la calle como consecuencia de unas indignas condiciones laborales que viven sus padres o aquellas mujeres que viven los azotes del machismo, para todos ellos, nosotros debemos estar allí, salir a las calles, luchas sus luchas y decirle que ahí estamos, que estamos construyendo la Nueva Colombia y que por supuesto, en ella ellos serán hacedores, serán poder. 


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