Video

martes, 22 de marzo de 2016

Un amor frustrado


.                   
Por Luis David Celis, guerrillero del Bloque Cdte. Jorge Briceño de las FARC-EP

Comentario:

A Robert lo conocí una tarde de abril mientras  yo corregía en mi computador uno de mis trabajos. Se me acercó con el fin de saludarme y al ver lo que haceía me comento que tenía una historia, quele gustaría fuese publicada. Yo no tuve reparos en atender su solicitud, y, dejando a un lado la labor que llevaba a cabo, enseguida tome un viejo cuaderno de apuntes y un lápiz y me puse manos a la obra. 

Robert Lombana respiró profundo y pasó un trago de saliva como si fuese a enfrentarse a un desafío que le demandase lo mejor de sí; entonces dio inicio a su relato, no sin antes pedirme que al escribir lo dicho por él, me tomara la libertad de ir corrigiendo sobre todo la terminología y alguno que otro detalle que considerase necesario pero sin desvirtuar la esencia de la historia. 

Cuando le pregunté sobre el título para la historia, simplemente me respondió que quedaba a opinión  mía, así que una vez cumplida la fase de escritura decidí que llevaría el título de Un amor frustrado, tomado de la última parte del relato y así se lo hice saber. Robert estuvo de acuerdo.

Esta historia conserva la fidelidad intrínseca de lo relatado por Robert, primero por solicitud de él mismo y segundo porque hubiese sido casi que un crimen distorsionar un relato que estaba siendo contado con tanto apasionamiento, dado lo que significó para él esa pieza de su vida.  

Antes de despedirnos y en base a lo que Robert había expresado al final, me tome el atrevimiento de aconsejarle que cuando saliera a la ciudad controlara sus deseos de conocer a su supuesto hijo; por razones muy obvias de seguridad, y que mantuviera una distancia prudente tanto de Dallana, como de su familia. Espero que haya seguido mi consejo.  LDC        
                                                         
Es difícil de escribir, o de contar esta historia,  sin embargo, intentare hacerlo de la mejor manera, como de escritor no tengo ni un ápices acudí a un camarada que tiene algo de ideas sobre el tema.

Hace cuatro años, llegue a Bogotá, capital de nuestro hermoso país y me fui a vivir al sur de la ciudad. A Bogotá llegué huyendo de mi tierra natal, después de que unos malandros diesen muerte por causas desconocidas, o por lo menos para mí  y para mi progenitora, a mi hermano menor. 

Yo iba lleno de ira y de desconcierto por tan fatídico suceso y una vez en la ciudad, me sumergí en un mundo de degradación, entregado por completo al vicio del alcohol y las drogas. Quizá, no lo hacía como una forma de huir a la realidad tan nefasta que estaba enfrentando, sino como un conducto para comprender el mundo en el que había vivido mi hermanito en la última etapa de su malograda vida. Conocedor era yo de que a mi hermano lo había asesinado una pandilla de barrio y por esto empecé a ganarme la confianza de cuanta bandola de estas hallase en mi camino, en la idea de dar con el autor de este hecho criminal.

En ese mundo conocí a una hermosísima niña. Esa preciosura se llamaba Dallana, ¡Dallana! Como sufro tan solo al recordar su nombre. Realmente a esa niña, la vida la había bendecido  con la divinidad de la belleza. Sucedió un día cualquiera, un día normal, sin muchos sobresaltos, un día que solo tuvo como encanto este suceso, el cual habría de cambiar radicalmente mi vida. 

Ella, Dallana, estaba hablando con sus amigas de colegio, cuando pase yo por frente de ellas. Yo no me hubiese fijado en ella, lo confieso, si no fuese por lo que alcanzo a llegar a mis oídos; una voz salida de aquella aglomeración femenina decía que ese muchacho que pasaba por frente de ellas, le parecía muy simpático. Imaginasen, sin siquiera saber quién era yo, y  ya estaba diciendo que se sentía atraída por mí. Yo simuladamente observe a mis alrededores, como para confirmar que el tipo referido era yo, pues había posibilidades de que se tratara de otro personaje, pero no, solo yo estaba pasando en ese momento por frente de ellas. Confirmado esto, voltee la mirada hacia el grupo de chicas para ver si identificaba la joven que había sucumbido ante mi masculinidad y la vi a ella, Dallana. Lógicamente no sabía yo como se llamaba ella, pero lo que si quedo claro para mí fue, que sus encantos femeninos me obligaron a sucumbir. ¿Que como identifique entre el grupo de niñas a quien había soltado las expresiones antes dichas?  Sencillo, simplemente ella al notar que yo había escuchado sus palabras, se sonrojo y bajo la cara ante mi escrutadora mirada mientras las demás se reían a carcajadas de ella.

A los pocos días, ya éramos noviecitos. Considero  yo que esa relación era realmente de ensueño. Nos veíamos a diario. Ella empezó a aconsejarme que me resocializara y que dejara ese mundo en el que estaba sumergido y yo, lógicamente, dado el gran amor que sentía por ella, me fui alejando paulatinamente de vicios y malas andanzas. 

Todo prometía aquella relación. Empero cuando pretendimos formalizarla ante sus padres, estos se negaron a aceptarme como su yerno, aduciendo que yo era un muerto de hambre y que por lo tanto, no podría brindarle un futuro digno a su hija. Su madre fue quien más se negó a aceptar este noviazgo y hasta prometió  ese día, ¡delante de mí! Que haría todo lo posible por convencer a su hija de romper conmigo. 

Esta actitud tomada por los padres de Dallana, nos obligó a optar por vernos a escondidas. Todos los días, al salir ella, Dallana, del colegio, corría ansiosa encontrarse con migo. Un pequeño café servía a nuestros propósitos. Al principio el dueño del local se extrañaba de nuestros constantes encuentros, pero al final se convirtió en nuestro cómplice y hasta nos permitió, el día que quisimos pasar de los solos besos y caricias a ya tener sexo, utilizar una de las habitaciones de su casa. Fue maravilloso ese día… no quiero describir lo allí acontecido porque simplemente mis principios no me lo permiten, pero solo puedo decir que fue inolvidable.

La presión que ejerció su madre fue tal que a los pocos meses empezó a surtir efectos. Al principio no, antes por el contrario Dallana se unía más como en una actitud desafiante hacia su progenitora. Pero ya la anciana llego incluso a abofetearla y a restringirle ciertas libertades, y así poco a poco, mi novia se vio avocada a considerar la situación. 

Un nefasto día llego Dallana a donde la esperaba yo, pero esta vez no venía solo a pasar un rato agradable con migo en la cama sino que venía decidida a romper la relación, lo que me hizo saber apenas vistió ella su desnudez. 

¿Que más me quedaba a mí, que vilipendiosamente aceptar la decisión que ella había tomado? No lo podía creer, pero al final la deje partir sin siquiera intentar suplicarle que no me terminara. Perdón me pidió ella con lágrimas en los ojos; Perdón, y se alejó. Yo le respondí con un mutismo desafiante y, la deje partir sin oponer resistencia. 

Yo seguí frecuentando el mismo café, en la idea de que si algún día ella, Dallana, se llegase a arrepentir de su decisión, supiera donde encontrarme. Y en efecto así sucedió. Una tarde llego allí, vestida con su uniforme de colegiala y luciendo una sonrisa que cautivaba a cualquiera; y sin pensarlo dos veces se arrojó a mis brazos implorándome que la perdonase y le diera una nueva oportunidad. Yo no tuve fuerzas para hacerle siquiera un reproche, ni intentar hacerme del rogar. Solo la abrece con fuerza y la bese; La bese…

Así seguimos viéndonos a escondidas, pero ya no con la misma regularidad de antes. Lo hacíamos muy esporádicamente y con el solo fin de tener sexo. A Veces la sentía tan fría, tan diferente, tan ajena. Esto me llevó  a sospechar que ella poco a poco se estaba desprendiendo de mí, y en efecto sucedió.

Un día caminaba yo por una calle cercana al colegio donde ella estudiaba y pude con horror confirmar mis sospechas, pues la vi besándose con un chico que en una ocasión ella me había presentado. Al ver esto, me aleje de inmediato de aquel lugar para que ella no descubriera que había descubierto yo que me era infiel. Entonces, por ella, decidí regresar al mundo que había abandonado por ella y dedicarme nuevamente a intentar dar con el asesino de mi hermano, sin pensar si quiera en llegar a perdonarla. 

Las investigaciones que empecé a hacer parecían dar frutos, pero cuando ya creía estar a punto de esclarecer los hechos y dar con el asesino, un nuevo problema resultaba y nuevos implicados aparecían haciéndome retroceder casi a cero en mis pesquisas.
La desilusión por no hallar pronto al personaje que buscaba y por la pérdida definitiva de la mujer, ¡Dallana! que amaba llevaron a este pobre hombre a hacer del vicio, ahora sí, una forma de desahogarme por mis frustraciones. Frustraciones que se ahondaron cuando mis amigos me contaron que el nuevo novio de Dallana había sido acogido con beneplácito por sus padres y le permitían ir a visitarla todos los días a su casa.  Según me dijeron, el susodicho solía llegar todos los días a la casa de mí, o bueno ya no tan mía, Dallana, como en esos amores de antaño, con detalles de toda índole, y su familia lo recibía con tal deferencia que no dejaba dudas del aprecio que le tenían.

Como no quería yo aceptar tan cruel realidad o más bien no quería darme por vencido, salí un día a esperarla a la salida del colegio para hablar con ella, empero me tropecé con mi exsuegra y casi que en un tono amenazante me ordeno dejar en paz a Dallana pues de lo contrario ella no respondería. Ante esta amenaza no pude más que regresarme cabizbajo y derrotado por completo. Entonces mientras caminaba como un autómata sin rumbo fijo, con una única idea clara: acudir al alcohol para desahogar mí pena; me encontré de súbito con un joven, que a lo sumo lo había visto una o dos veces en las cuales habíamos cruzado algunas palabras. Al verme en ese estado el me llamo y me invito a tomarnos una cerveza, invitación que acepte con gusto. 

Cuando estábamos ya tomándonos la cerveza el tipo me hablo de un curso que se proyectaba en algún lugar del departamento del Meta y que si estaba interesado él estaba dispuesto a darme toda la información que requiriera. Yo, que obviamente lo que más quería en ese momento era huir de todo aquello que me recordase mi amor frustrado, le conteste que estaba dispuesto. Y al poco tiempo estaba viajando hacia las montañas de Colombia, ilusionado con el curso de miliciano que iba a recibir.

Yo al principio creí que el aprender a manejar armas, me serviría para después cumplir mi venganza, pero todo resulto distinto, muy distinto. Resulto que a medida que fue trascurriendo el curso, fui aprendiendo que en las FARC-EP las armas no se usan para saldar deudas de matiz vengativo, ni nada por el estilo. Allí se va es a luchar por los ideales más nobles que uno se puede llegar a imaginar. ¿Acaso no es una actitud loable el entregar uno la vida al servicio de los más pobres? Lo es. Y esto lo aprendí en el curso de miliciano Bolivariano que recibí. Este curso además me sirvió para abandonar definitivamente ese mundo de perdición en el que, les conté ya, me había sumergido.  Ahora soy un hombre nuevo, bueno no aún el hombre nuevo del que hablaba el CHE, pero ya no soy un perdido. Ahora tengo por quien luchar y un motivo muy hermoso para vivir y quizá, porque no, para morir. 

La idea de contar esta historia me vino a la cabeza el mismo día que recibí la no sé si grata o ingrata noticia de que Dallana estaba en embarazo. ¡Si en embarazo! Se imagina, ella, la que fuera mi novia, esperando un bebe.  Y eso no es nada, según cuentas, el padre de la criatura que Dallana lleva en el vientre soy yo. Nadie más que yo. Si eso es así, cosa de la que no tengo la menor duda, espero cuando salga a la capital, ya hecho todo un luchador revolucionario, pero no cualquier revolucionario; no, un revolucionario comunista, conocer a mi retoño. Aunque soy consciente de que otro será quien lo cuide y le de los apellidos; lo vea crecer y escuche de su boquita la primera vez que diga "papá", así la sangre que corra por sus venas no sea la suya sino mi sangre.    
 Esta es mi historia. La historia de un amor frustrado entre la estudiante de noveno grado, Dallana del Rio y Robert Lombana, ahora integrante de las gloriosas milicias bolivarianas de las FARC-EP.   
Abril 20 de 2015     
            

0 comentarios:

Publicar un comentario