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martes, 5 de abril de 2016

La culpa no es del niño, sino del viejo… del viejo capitalismo!




Por: Ramiro Pardo
Militante PCCC 


El 2016 inició con bastante agitación en el debate político y con un elevado ánimo en rumbo a la movilización, la lucha social y popular. Al tiempo que avanza la construcción de la Paz en la Mesa de La Habana, en los barrios, veredas y poblados de la patria, se respira un aire de inconformismo frente al agravamiento de la crisis económica y social que se siente en el bolsillo de cada familia colombiana. 

En Bogotá D.C., el sistema Transmilenio ha demostrado una vez más su ineficiencia para movilizar la mano de obra de que se nutre el capital, generando protestas ciudadanas en diversas partes de la ciudad, al tiempo que el nuevo alcalde demuestra su carácter torpe y represivo con sello de clase. El gomelo tecno-yupi anuncia la venta de la ETB, el recorte al sistema distrital de salud, la privatización de la educación con el regreso de los colegios en concesión, la urbanización sobre la reserva Thomas Van Der Hammen, el alza a las tarifas del agua, el aseo, y la posible privatización de la empresa de acueducto, y para completar, el proyecto de metro se enreda cada vez más.  

Mientras ello ocurre en la metrópoli, los ríos se secan por la minería y el cambio climático, al tiempo que se acusa al niño, a la naturaleza, y al azar de la sequía provocada por la dinámica voraz del capital. La sed que se padece en la Guajira, también se refleja en otros departamentos al punto que, luego de la venta de ISAGEN, existe la amenaza latente de un racionamiento energético. Dicho cuadro apocalíptico se complementa además con los elevados costos de la canasta familiar, el nulo aumento al salario mínimo y el alza desmesurada de impuestos, tasas y gravámenes. 

Sin duda, existe todo un panorama para concluir que nos encontramos en medio de una crisis en donde el margen de maniobra del gobierno de turno es mínimo, en tanto carece de un apoyo real y se sostiene por medio de cuotas burocráticas con escaso apoyo popular. En medio de ese oscuro panorama aparece la esperanza de la Paz, la cual sin si quiera asomarse, es atacada por los medios masivos de comunicación y por los sectores ligados al paramilitarismo. 

Mientras la justicia luego de más de 20 años da pequeños pasos en la búsqueda de la verdad y los responsables de masacres como la de Segovia, el paramilitarismo campante continúa con su orgía de sangre, asesinando indígenas, campesinos, y estudiantes, y amenazando a lo largo y ancho del territorio nacional. Ello muestra que nos encontramos en una coyuntura difícil pero definitiva para la construcción de país en los años venideros. 

Pareciese que cualquier asomo de alegría, música y sonrisas, y quizá de uno que otro abrazo como sucedió en El Conejo - Fonseca – Guajira, entre la insurgencia y el pueblo, son motivos para desatar la más feroz ira de parte de los opresores y asesinos. Lo que más le duele a la oligarquía es ver que pese a tanto engaño mediático, niños, niñas, ancianos, jóvenes, hombres y mujeres, se vuelquen hasta donde está la insurgencia a manifestar su apoyo para construir la paz. Los señores de la guerra saben que la insurgencia por medio de la lucha política franca y abierta, sin armas y con la superioridad moral e histórica que sólo tienen los revolucionarios, les derrotarán tarde o temprano y que a ellos en medio de la podredumbre moral que los caracteriza les será difícil competir. Por ello temen una derrota hegemónica; de ahí que recurran de nuevo a la sangre y el terror en contra de los líderes sociales. 

Colofón de lo dicho, es que deben entender que el proyecto de la Nueva Colombia, es un proceso en el que además de nuestro Ejército del Pueblo, está el pueblo mismo, organizado en nuestro Partido Comunista Clandestino, en el Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia, en las Milicias Populares y Bolivarianas, y en los corazones de miles y miles de colombianos que ven en la causa rebelde la única esperanza para superar los problemas que han configurado esta crisis estructural y sistémica. La posibilidad de la paz es quizá el único camino que le queda, no sólo a los hombres y mujeres del pueblo, sino incluso a la misma oligarquía, para salvarse del apocalipsis que ellos construyeron al expandir el capitalismo salvaje que amenaza con destruirnos a todos. 

La culpa entonces no es del niño, sino de un viejo sistema podrido y asesino que lleva varios años sobre la faz de la tierra, y que en su agonía desata la más fétida represión y violencia en todos los  continentes, al tiempo que se entrelazan las manos de solidaridad y resistencia entre los luchadores populares a lo largo y ancho del planeta. Para construir la patria nueva, y decir que otro mundo es posible, hemos jurado vencer y venceremos!.

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