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lunes, 9 de mayo de 2016

A 71 años de la derrota nazi

El modelo económico no está en discusión. Existe por tanto la decisión de defenderlo por encima de todo y contra todos si es necesario.

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#HablandoClaro por FARC-EP.CO

La rendición incondicional de la Alemania nazi, el 9 de mayo de 1945, atribuida por la historia oficial occidental al esfuerzo conjunto de las tropas aliadas, pero sobre todo al resultado final de la llamada ofensiva del día D, iniciada 11 meses atrás en Normandía, constituyó en realidad el producto del empuje arrollador el Ejército Rojo, que se encargó solitario de vencer Alemania en el denominado Frente Oriental, hasta aplastarla definitivamente en Berlín.

Con independencia de las visiones de unos y otros, podemos afirmar que la derrota final de los ejércitos fascistas del Eje Roma Berlín Tokio, representó la más grande  victoria de la historia de la humanidad contra las fuerzas del mal. El fascismo, en su versión alemana, italiana o japonesa, constituyó la mayor agresión concebida jamás contra la dignidad humana, la más tenebrosa amenaza que haya flotado nunca sobre todos los pueblos del planeta.

El fascismo, históricamente, marcha unido al desarrollo imperialista, al dominio en la sociedad de las fuerzas del monopolio en expansión universal. Éstas, antes que desaparecer, se han hecho mucho más poderosas en las últimas siete décadas. Antes de la segunda guerra mundial maduró una fiera disputa entre los grandes capitales alemanes, japoneses e italianos con los de Inglaterra, Francia y USA, y la propia guerra consagró la hegemonía de estos últimos.

En particular la norteamericana, que con los años terminó consolidándose como la indiscutible potencia mundial. No parece muy a la vista un conflicto que pudiera hacer chocar militarmente a las grandes potencias, más bien las guerras tienden a materializarse en la periferia, como especies de conflictos locales con calculada intervención extranjera. Obama se ufanó recientemente de que nadie en el mundo sería capaz de retar a una guerra a los Estados Unidos.

La hegemonía norteamericana, traducida en términos económicos, tecnológicos, militares y culturales, se nos presenta a la vez como mundial. El imperialismo ya no conserva esa forma de los años treinta, cuando existían los intereses abiertamente enfrentados de grandes potencias, sino como un casi único poder trasnacional al que de una u otra manera se integran los de otros países, incluidos los dominantes en los países de menor desarrollo.

Las burguesías nacionales de antaño parecen extinguidas, todas se articulan al mecanismo económico trasnacional al cual ya no se muestran como subordinadas sino más bien como funcionales. Más que la vieja aspiración de desarrollar modelos económicos propios, de carácter nacional, predomina la tendencia a vincularse a un modelo económico único, de carácter universal, del tipo neoliberal, en el marco de una normativa internacional superior.

Existe un centro de poder mundial, que impone sus criterios de diversas maneras, haciendo del control de la ciencia, la academia, los medios de comunicación y la gran prensa su principal instrumento de dominación. Ya no se trata de la superioridad racial pregonada por los nazis, sino del destino triunfal de los grandes hombres de negocios, los emprendedores,  frente a la pobre condición de los perdedores que no supieron jugar en la lógica natural de la sociedad.

El desastre ambiental provocado por la desaforada avaricia del gran capital es una realidad cada vez más preocupante, como lo evidencia el actual fenómeno del Niño. Pese a la conciencia cada vez mayor al respecto, resulta prácticamente imposible conseguir que la competencia entre los grandes monopolios mundiales lo detenga. Centros de estudio o prestigiosas universidades aún descalifican la existencia del cambio climático, en perjuicio de toda la humanidad.

Dondequiera que hayan puesto sus pies los ejércitos de la gran potencia y sus aliadas, el caos se ha apoderado de la vida nacional y social. Del mismo modo que donde existe interés de las mismas potencias por recursos naturales, ductos, mercados o inversiones emergen repentinamente fuerzas extremistas que apuntan a derrocar gobiernos y a sumir a la población en el desespero. No se trata de invadir países como antaño, sino de minarlos por completo desde dentro.

Aunque haya países como Rusia y China que resisten y apuntan en su propia dirección. A esos hay que hacerles cuanto se pueda por arrinconarlos. Volverlos perversos, desestabilizarlos como sea, sin llegar a una guerra frontal poco recomendable por ahora. Ya caerán, como le pasó a la mucho más peligrosa Unión Soviética y sus satélites de Europa oriental. ¿Qué importa que continentes como África se hundan cada vez más en el sida, el hambre y la sequía?

Igual que con Libia, Irak o Siria, ¿quién puede frenar la brutalidad contra Palestina? Al fin y al cabo lo que se juega allí son los intereses mayores de la gran potencia y su aliado sionista. Lo cual hace recordar la famosa sentencia del Presidente Santos y sus voceros en la Mesa de conversaciones de La Habana. El modelo económico no está en discusión. Existe por tanto la decisión de defenderlo por encima de todo y contra todos si es necesario. O ¿qué demostró la venta de Isagen?

Pese a ello la resistencia de los pueblos se sostiene en todas partes. Logra impedir al PP seguir dirigiendo a su antojo a España, se convierte en miles y miles de inmigrantes que llegan a las costas europeas como plagas, en millones que se oponen en las calles de Brasilia y Río al golpe contra Dilma, marchan multitudinariamente en Caracas apoyando a Maduro, se transforman en un poderoso eco por la paz en Colombia, marchan entusiastas en Cuba el 1 de mayo.

Es cuando conviene tener más presente que nunca, que el origen último del fascismo fue el miedo imperialista a los cambios que impulsaban las luchas de los pueblos, todo era admisible con tal de impedirlos. La historia y el presente certifican que el gran capital aún continúa dispuesto a ese todo. Sus propagandistas de hoy, paradójicamente, tildan de fascistas a quienes lo enfrentan, a fin de legitimar la barbarie contra ellos. La lucha nunca puede detenerse ni confiarse, cuidado.

La Habana, 9 de mayo de 2016.

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