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sábado, 14 de mayo de 2016

La gala del teatro La Candelaria en La Habana

Por Gabriel Ángel

Como siempre en verano, las noches en La Habana nos asaltan sin remedio. Los horarios del crepúsculo en Colombia varían a lo sumo media hora entre los meses, mientras que aquí de repente descubrimos que son las ocho cuando creíamos que eran apenas un poco más de las seis. Esas casi dos horas de descuadre nos hacen equivocar con frecuencia. Los días se alargan mientras las noches se acortan, más cuando quisiéramos que algunas de estas no terminaran nunca.

Como la noche de anoche, que para nuestro infortunio se vio truncada por el compromiso que debían cumplir nuestros anfitriones obligados a partir. Unos cuantos minutos rondaban las diez y con enorme pesar ya estábamos obligados a cruzar abrazos de despedida. La emoción era evidente, varios de los miembros de la delegación de paz de las FARC, con Timo a la cabeza, intercambiaban frases de admiración con los integrantes del grupo de teatro de La Candelaria.

Ocurría en el vestíbulo de la sala Tito Junca del Centro Cultural Bertolt Brecht, después de la primera presentación en Cuba de la obra Camilo, el estremecedor homenaje que el grupo de La Candelaria ofrenda al sacerdote revolucionario colombiano muerto cincuenta años atrás, cuando intentaba hacerse a un fusil en medio de un combate entre Ejército y guerrilla en Santander.  Camilo vive, en los sueños de paz y de justicia de su pueblo, se sentía flotar en el ambiente.

En una noche que además tenía especial significación para las FARC. Era 13 de mayo, el 86 aniversario del nacimiento de Manuel Marulanda Vélez. En las tablas de la sala de teatro los de su delegación habían visto desfilar sucesivas décadas del doloroso drama nacional. Escuchando tangos, profundas interpretaciones campesinas de Flor Silvestre y Jaime Caicedo, vibrando con el combativo rap interpretado en la plaza de Bolívar por dos jóvenes y bellas mujeres rebeldes.

Querían los de las FARC que Patricia Ariza y los suyos supieran lo pequeños que se habían sentido ante la magnificencia de su talento artístico, lo conmovidos que estaban por haber visto en el escenario retratadas sus propias vivencias y su inagotable sueño de transformar el mundo. Allí estaba Alexandra Escobar, una actriz bogotana fuera de serie que interpreta a la muerte, una enigmática mujer de sentimientos encontrados que no quiere llevarse a Camilo.

Porque también ella ha aprendido a amarlo. En la montaña, bajo el fuego, la muerte ronda a toda hora los cuerpos de las y los combatientes, allí como en ningún otro lugar existe la conciencia de que en cualquier momento puede cargar con ellos. Aunque ninguno la quiera. En la representación teatral de Camilo resulta constante su presencia, y aprendemos a quererla. Porque llora, se indigna con la fatalidad, en cierto modo y a su manera es hermosa.

Los de La Candelaria estaban felices porque habían confluido en la sala de teatro los poderosos torrentes de la cultura y la paz. El día anterior Patricia Ariza se vio muy atareada con lo del viaje, y además la rotura en la noche de un tubo en su morada originó un pequeño caos que la mantuvo ocupada. No supo del pacto firmado en la Mesa sobre el rango constitucional del Acuerdo Final. Estalló en alegría cuando antes de la gala se enteró del asunto por los labios de los de las FARC.

Es que La Candelaria también celebra este año el cincuentenario de su creación, otra epopeya coronada en Colombia, en donde desafortunadamente la vida, y sobre todo si pertenece al pensamiento crítico y la alternativa al sistema, es víctima de un enorme desprecio. Persecuciones oficiales, paramilitarismo, terror, estigma, nada pudo nunca afectar su espíritu irreverente, su llamado a la reflexión, al sentimiento, a la acción comprometida con los desposeídos.

Por eso reclaman y trabajan ardientemente por la paz. A ella en realidad es que dedican su obra de teatro. Por eso trabajan en una serie de pequeños videos que circulan en las redes para ayudar a soñar una nueva Colombia. Por eso no vacilaron en invitar a la delegación de paz a su función inaugural. Patricia Ariza quería que también estuviera allí la delegación del gobierno, pero no logró localizar al embajador de Colombia, el procedimiento que creyó más eficaz para conseguirlo.

Para ella fue una sorpresa saber por Pastor Alape, que los de las FARC hubiesen podido facilitarle  el contacto. Se ven diariamente en la Mesa y además son vecinos en El Laguito. Algo se habló al respecto para la función de hoy o mañana. La Candelaria no quiere irse de La Habana sin presentar su obra también ante el doctor De La Calle y los suyos. En ellos palpita con intensidad el ánimo por la reconciliación, por el fin de la guerra y los rencores. Arden en deseos por contribuir a ello.

Timo no cesó de reiterarles que aquella presentación teatral había sido un éxito y además una hazaña. La función debía haber comenzado a las siete de la noche, pero hubo un sorpresivo corte de luz que obligó a retardarla media hora. Pues bien, a mitad de la obra la luz volvió a irse y todo peligró. Ya no podía haber la música de fondo y la coreografía se perdía entre las sombras. Pero ellos siguieron adelante, iluminados con una lamparilla, hasta cuando regresó la energía.

Tres veces se acercaron a preguntarle a Patricia Ariza si se suspendía la presentación. Ella, sentada impertérrita en primera fila al lado de su gran amiga, la vicepresidenta de la Casa de las Américas, respondió cada vez que esperaran, llena de fe en que se normalizarían las cosas. Y así fue. Justo cuando comenzaba la parte más colorida e impresionante de la obra. Las dos iglesias, la solemne e indolente de las jerarquías, y la de los pobres  que insistía Camilo en convocar.

Tras finalizar la presentación hubo un pequeño encuentro en los camerinos, para felicitar a todo el equipo que hace posible semejante explosión de arte. Los de las FARC ofrecieron una cerveza Presidente como brindis y se vivió una deliciosa integración. Alexandra, la holandesa, tuvo que cortarse las uñas para tocar la guitarra, pues le pidieron cantar para ellos. Y ellos también cantaron con su extraordinario calor humano. Gracias a la vida, coreamos todos finalmente, gracias.

La Habana, 14 de mayo de 2016.

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