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lunes, 23 de mayo de 2016

Nadie sabe lo que nos ha tocado a los cubanos

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Por Gabriel Ángel

El viejo cubano levanta las cejas con nostalgia al recordar tiempos pasados.  El color canela de su rostro sonriente contrasta con su cabello encanecido, al tiempo que el brillo de la montura dorada de sus lentes transparentes confiere un destello especial a su mirada. Me ha tocado el tema de Colombia y su proceso de paz, y ha expresado sus opiniones con abierta franqueza. Después me ha hecho saber lo que piensa en torno a lo que ocurre en Argentina, Brasil y Venezuela.

Calculo que debe andar por algo más de los setenta años, aunque su ascendencia negra, un tanto ya descolorida en él, le proporciona ese aspecto de roble viejo y fuerte al que le falta mucho tiempo aún para caer vencido. Habla con tono enérgico y emocionado. Definitivamente no entiende por qué los gobernantes suramericanos de quienes comenta, se dejan mangonear de ese modo por sus rivales políticos. Cristina y su extinto esposo son verdaderos titanes en la historia contemporánea de América, como Lula y Dilma, como Chávez y Maduro, como Evo y Correa.

Pero sus enemigos insisten en pisotear su obra, en echarlos a la calle y al olvido como si se tratara de sucios elementos. No termina de aceptar por qué no los enfrentan del modo que merecen. Entonces los compara con Fidel, con su decisión para poner cara al imperialismo y a toda la reacción del continente. En su criterio es lo que les falta a estos líderes de ahora.

Sus palabras son duras y cortantes. Entonces intervengo, claro que Fidel es un personaje excepcional, pero también es necesario tener en cuenta las condiciones en que cada pueblo se mueve. En Cuba se produjo una revolución triunfante, la clase dominante salió huyendo inmediatamente del país. En los actuales procesos latinoamericanos se llegó al gobierno por vía electoral, a convivir con los poderes económicos y políticos que aborrecen el cambio. En Cuba se confiscó la propiedad imperialista y oligárquica. En Venezuela o Brasil, pese al enfoque social de los gobiernos, había que gobernar también para esa clase y cuando menos tenerla conforme.

Además no se podía negar el extraordinario papel histórico que significó para la revolución cubana el apoyo de la Unión Soviética. Digan lo que digan de ella, por primera y única vez en el largo peregrinar de los pueblos hacia la justicia, hubo un poder capaz de ponerse de pie frente al imperio e imponerle condiciones. Quedó claro cuando la crisis de los misiles, sí, la URSS se llevaba su armamento nuclear y sus tropas para evitar una guerra, pero Washington supo que no podría evitar esa guerra si se atrevía a invadir a Cuba, la URSS no lo consentiría.

Contar uno con un respaldo así le da derecho a hablar duro, como el niño que se para serio ante el grandulón que intenta agredirlo, porque sabe que tiene un hermano mayor que vendrá a ponerlo en su lugar. Ninguno de los gobiernos o líderes de hoy cuenta con esa ventaja. Tienen que apelar al talento, a la táctica cuidadosa, y eso puede parecer debilidad o incluso fallar. El viejo sonríe con un gesto de malicia. Me dice que la revolución triunfó sin el apoyo de la Unión Soviética, y que las radicales medidas de sus primeros tiempos fueron arriesgadas, pero opciones valientes.

Tampoco debo olvidar que la URSS se vino a tierra estrepitosamente. Y que desde los tiempos de Gorbachov y la Perestroika, la antigua solidaridad comunista de Moscú había comenzado a retroceder de manera sorprendente. Cuba se quedaba sola y Fidel lo sabía. Fue entonces cuando mostró su verdadera categoría. Cuando nos recalcó que Cuba y su revolución jamás se rendirían. Todos nos aprestamos a seguirlo, a morir por la patria si el imperialismo ponía un pie en nuestra isla, a comer sólo malanga y manteca si no había más. Los Estados Unidos saben que si nos invaden será la última acción que puedan hacer de ese tipo. Me percato del modo como vibra la sangre en las venas del viejo. Palpitan en ellas el orgullo y la fe. Decido callar.

Nadie sabe lo que nos ha tocado a los cubanos, continúa. Vivir épocas en las que no se conseguía nada, en las que ni transporte ni luz eléctrica había, en las que ni el boniato era suficiente para que todos comiéramos. Por eso duele que en Venezuela la misma gente a la que Chávez y la revolución dieron tanto, se deje manipular contra ella porque escasean artículos. Los cubanos no, eso nos lo enseñó Fidel, la revolución y la patria están por encima de la propia vida.

Además, agrega, nadie sabe en realidad todo lo que Cuba ha hecho por los demás pueblos, los sacrificios que hemos realizado en aras de la solidaridad. Cuenta que trabajó dieciocho años en la marina mercante luego de salir del Ejército. Recuerda misiones como navegar hasta Corea del Norte para recoger un cargamento de armas con destino al FRELIMO en Mozambique. Debían llegar a puerto y volver a salir de noche, asumiendo toda clase de riesgos.

Una noche en que se aproximaban con una carga de armas a Guinea Bissau, recibieron una llamada de alerta. El gobierno revolucionario acababa de ser derrocado. Debían alejarse cuanto antes de la costa. Ese país del oeste africano había sido rica fuente de esclavos desde el siglo XV y ahora era uno de los más pobres del mundo. La idea había sido aprovisionarse para el regreso tras dejar su carga, pero así fue imposible. Fueron trece los días que pasaron en alta mar con unos cuántos chícharos que comían en un escaso caldo sin sal.

De pronto recuerda que estuvo en Colombia, en Cartagena, en otro tipo de tarea. Rememora su gente amable y alegre, preguntando a los cubanos insistentemente por Beny Moré. Cree recordar que al país lo gobernaba Misael Pastrana. Desde que pusieron pies en tierra anduvo todo el tiempo tras ellos un grupo de policías en actitud vigilante. Por eso volvieron de prisa al barco. Se habían sentido tratados como si fueran gente peligrosa.

También estuvieron en Callao, en el Pacífico peruano. Y en Valparaíso y otro puerto de Chile. Al recordarlo su rostro se ensombrece. Eran los tiempos de las terribles huelgas patronales contra el gobierno de Salvador Allende. Cuba había enviado una solidaridad de trece mil toneladas de azúcar para ayudar a solventar la crisis. Fidel, siempre Fidel, había pedido a cada cubano que durante seis meses donara dos libras de azúcar de su ración personal en apoyo a sus hermanos chilenos. Y todos los cubanos habían respondido con un sí entusiasta.

Allí fueron testigos de una acción desconcertante y repudiable. Los portuarios de Valparaíso asumieron la tarea de descargar con la respectiva maquinaria la carga del barco. Pero lo hacían con una negligencia asombrosa. Cuando la carga se elevaba en el aire con destino a tierra, de pronto la soltaban para que cayera al mar, una tras otra, de manera insensible. Y si alguna porción llegaba por casualidad a tierra, una especie de ganchos que debían alzarla a los camiones que esperaban, se hundían en los sacos de manera tal que el azúcar se regaba toda en tierra.

Aquello era increíble. En Cuba la campaña de solidaridad con Chile y su gobierno se había cumplido con fervor extraordinario. Niñas y niños, jóvenes de ambos sexos, habían trabajado en el puerto como ardientes voluntarios, sin cobrar un solo centavo,  hasta cargar todo el azúcar al barco. Y ellos ahora veían cómo los encargados en Chile del desembarco, la echaban al mar o la regaban por el suelo sin el menor remordimiento. No podían hacer nada para evitar semejante espectáculo. Había que ver el modo cómo dolía presenciarlo.

Al recordarlo, los ojos del viejo se llenan de lágrimas. ¡Qué siniestro poder habría detrás de ese modo tan inhumano de obrar! La voz se le quiebra por unos segundos. Y logra estremecerme en las fibras más sensibles. Debo esforzarme para no llorar. Moqueando disimuladamente, el viejo comenta que apenas unos días después, se enteraron del golpe militar de Pinochet. Las cosas que nos han tocado a los cubanos, me dice sonriendo con benevolencia. Le respondo que sí, y me digo que tengo que escribir de esta conversación para que otros también lo sepan.

La Habana, 22 de mayo de 2016.

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