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miércoles, 18 de mayo de 2016

Una nueva experiencia


Por: Luis David Celis, guerrillero del Bloque Cdte. Jorge Briceño de las FARC-EP

Andrés se hallaba descansando en su hamaca luego de una larga jornada, cuando de repente vio desfilar ante sí una docena de camaradas suyos y dedujo de inmediato que se trataba de un nuevo contingente de guerrilleros que llegaban a integrar la unidad, como quiera que a lo largo de aquella semana de arduas marchas, se habían venido uniendo combatientes de distintos frentes a esta. Una vez descargaron sus equipos los doce guerrilleros que acababan de llegar, los 35 combatientes que integraban la guerrilla que ocupaba el campamento, incluido Andrés, salieron a saludarlos con gran entusiasmo y deferencia, pese a que no distinguían a ninguno de ellos.     

Terminado el recibimiento, Andrés retorno a su hamaca a descansar, mientras que un grupo nutrido de muchachos hablaban, a propósito de la llegada de cuatro mujeres más, entorno a la belleza de todas las mujeres que iban a conformar su compañía y llenos de alegría concluyeron que los comandantes de frentes se habían lucido al mandar, sino a las más bonitas de sus unidades, sí entre las más hermosas, y se mofaban de su condición de solteros. Ahora solo le restaba a cada uno de ellos trazar sus respectivos planes de conquista con miras a obtener el amor de algunas de aquellas beldades.

El comando reunido en pleno acordó organizar la unidad de acuerdo a lo estipulado en los estatutos guerrilleros en cuatro escuadras y dos guerrillas; distribuyendo a la vez las distintas responsabilidades. Esa misma tarde en formación, Diego, comandante de la nueva compañía, dio lectura a la estructura tanto orgánica como jerárquica; acto seguido, procedió a leer los nombres de quienes asumirían como enfermeros, intendente, ecónomo y por supuesto al radista. Esta última función le correspondió a Andrés, experto en comunicaciones, y quien fue asignado a la segunda escuadra.
Diego se extendió en toda clase de orientaciones para sus tropas allí formadas y los exhorto a trabajar con ímpetu para poner en alto el nombre de la nueva unidad guerrillera que les había sido conferido formar, la cual iniciaría sus actividades tan pronto llegaran al área que le habían asignado; pues al fin y al cabo en cada uno de los allí presentes, recaía la inmensa responsabilidad de sacar avante el plan de la unidad; aunque en mayor grado al cuerpo de mandos. Por último les informo que marcharían cuatro días más hasta un sitio donde esperarían a unos camaradas que venían de otro frente, con quienes completarían el total de efectivos que integrarían dicha compañía; y allí quedarían a la espera de la orden superior para partir al área. 

Esta nueva unidad significaba para cada uno del medio centenar de combatientes revolucionarios una nueva experiencia en sus vidas, no así para Naila, quien tan solo había pasado una noche en un campamento guerrillero, rodeada de una cantidad de gentes desconocidas para ella, y allí, en medio de otros tantos, igualmente desconocidos, se aprestaba a iniciar su vida en la guerrilla. Empero esto, ella se sentía orgullosa de que siendo tan nueva, el comandante del frente donde había ingresado la hubiese tenido en cuenta para esta misión.

En cuanto hubo amanecido, la unidad inicio su desplazamiento. Andrés, ensimismado en sus cavilaciones, no se había percatado siquiera de quien marchaba detrás suyo hasta que en un paso complicado sobre la ruta escucho una voz femenina que le pedía el favor de que le diera la mano para poder subir el talud que, por su altura, era incapaz de subirlo ella sola; él se devolvió rápidamente y luego de auxiliar a la joven que le había solicitado la ayuda, siguió caminando como hasta ahora lo venía haciendo. Cuando hubo el primer descanso de la jornada, Andrés observo con atención a la joven que había descargado el equipo a su lado y al ver que traía barro casi que hasta en la cara, estuvo a punto de burlársele, no obstante prefirió no hacerlo y por el contrario se condolió  de ella y le paso su poncho para que se limpiara; ella un tanto intimidada se lo recibió y como tratando de explicar el porqué  de su estado le comento que nunca había andado por trochas tan pantanosas y que de hecho, era la primera vez que le había tocado marchar. 

-Cómo es eso camarada de que esta es su primera marcha, acaso en su frente nunca tuvo que marchar?   Pregunto asombrado Andrés. 

-No camarada. Es que solo llevo tres días en filas, y como dicen ustedes los antiguos, yo solo soy un ingreso. Respondió la muchacha. 

-¿Cómo se llama usted? Volvió a preguntar Andrés. 

- Naila, mi seudónimo es Naila. Ingrese anteayer al 15 frente y ayer mismo me mandaron para esta compañía. 

-estoy asombrado, pues aunque es usted nueva, no se ha quedado en la marcha a pesar de lo pesado de su equipo, eso dice mucho de su valor. 

-pero camarada, que más puede hacer una que meterle con verraquera para soportar este sacrificio sino quien me mando a ingresar.    

A Andrés, la respuesta de Naila le cayó en gracia y le hizo prometer que no se le quedaría en el resto de la jornada y así él podría ayudarle en los obstáculos que se presentaran. 

Habían caminado algunos 40 minutos, luego de reanudar la marcha, cuando Andrés escucho un escalofriante grito atrás suyo y queriendo conocer el origen de este, hizo un giro de 180 grados con su cuerpo; entonces, pudo ver a Naila, quien había tomado apariencia de un cadáver producto del susto, totalmente petrificada con su mirada fija sobre un algo distante a no más de un metro de donde se hallaba. De inmediato él apunto su mirada hacia donde apuntaba la de ella y descubrió que junto a un trozo podrido de madera se hallaba una serpiente mapaná enchipada, que amenazaba con envestir a Naila. Seguramente aquel venenoso animal, dormiría tranquilamente allí en su madriguera hasta que los guerrilleros comenzaron a cruzar casi que por encima de ella perturbándole el sueño y ahora dispuesta a vengar tal ofensa se aprestaba a atacar a quien veía más cerca. Afortunadamente para Naila, Andrés reacciono de inmediato descargando con furia su rula de dotación sobre la garnacha del animal, justo en el preciso momento cuando la susodicha intento probar suerte. El machetazo le destrozo la garnacha a la serpiente, que moribunda empezó a desenroscarse, mientras se retorcía agonizando. 

Naila seguía sin reaccionar, impávida ante aquel nefasto acontecimiento, que por poco la convierte en víctima de los filudos y venenosos colmillos de la mapaná, hasta que Andrés le extendió la mano y la aló suavemente hacia él; entonces ella como una autómata se dejó llevar, mientras mantenía la mirada fija sobre la serpiente; luego él le seco con su poncho el sudor de la cara a la vez que le decía con ternura, que el peligro había pasado. 

El guerrillero que marchaba atrás de Naila, cortó una vara y empezó a estirar a la serpiente para mirarla en toda su extensión y calculo que media unos 3 metros. Al abrirle con la vara la garnacha, observo un par de colmillos de más de un centímetro, y adheridos a estos unas bolsas llenas de veneno. Otro combatiente que se acercó  allí, le aconsejo en tono de burla a Naila, que le quitara el cuero al animal y lo llevase de recuerdo, pero Naila no tenia deseos ni alientos para recochas y siguió su marcha en total mutismo, apresurando el paso para intentar alcanzar a Andrés, quien le había tomado distancia. 

Al llegar al sitio donde pernoctarían esa noche, rápidamente Andrés acondicionó el sitio que su comandante de escuadra le había asignado para que guindase la hamaca y ya se disponía a salir hacia el caño para tomar un merecido baño, cuando observo a Naila que permanecía sentada cerca al sitio que a ella le habían asignado, sin haber siquiera intentado iniciar a acondicionarlo para la dormida.

-qué le pasa chiquilla, porque no ha arreglado caleta, acaso va a dormir ahí sentada? Le pregunto Andrés. Naila le voltio a ver con una cara de lastima para responderle que no sabía cómo hacer una caleta. Ante tal respuesta Andrés no tuvo más remedio que acudir en su ayuda.

Naila, esa noche acostada en su caleta bajo las cobijas y totalmente sola, meditaba profundamente sobre algo que de un momento a otro empezaba a perturbar su pensamiento. El responsable de todo aquello era Andrés, quien había sido su héroe y salvador ese día. Se le venía a la mente la imagen de aquel joven venciendo a ese monstruo que intentaba atacarla sin contemplación alguna y no podía por menos que desear que él estuviese allí, a su lado, protegiéndola del peligro que representaba para ella el vivir en las profundidades de la selva, máxime a esas horas de la noche, cuando escuchaba con mayor rigurosidad el bramar de las fieras salvajes muy cerca de donde estaba. Sin embargo el saber que él dormía a solo unos cuantos metros de su caleta le devolvía el valor que en ocasiones la abandonaba por completo. 

Llego un nuevo día y con este una nueva jornada de los guerrilleros por aquellos inhóspitos parajes, cubiertos por una espesa vegetación verde, donde se podían contemplar inmensos árboles de hasta más de 40 metros de altura, como también la más rica y variada biota, difícil de hallar toda junta en otro lugar. Un verdadero paraíso que aquel contingente de luchadores revolucionarios, que irrumpían en su seno para hacer de este su cómplice al andar, no podían detenerse siquiera a contemplarlo, pues el peso de sus equipos, la disciplina que debían observar durante la marcha, y el plazo con que contaban para llegar al punto establecido por sus superiores, les impedía hacer tal cosa. 

Durante toda la jornada, Naila se mostró muy atenta con Andrés, sobre todo en los descansos, no dejándole a él en ninguna de las ocasiones en que prepararon agua para mitigar la sed, ir a reclamar su presupuesto, pues cuando el intentaba ir a reclamarlo, ella se le adelantaba y lo convencía que la dejara ir a reclamar el de los dos. Además, cuando alguno de los muchachos se le acercaba para coquetearla o  dirigirle un piropo, ella, sin disimular siquiera, volteaba a ver a Andrés para ver que reacción tomaba él y sin devolverles una sonrisa al menos, se encaminaba silenciosa hacia donde este se hallaba.  De un momento a otro, empezaron a asaltar a Andrés unos sentimientos extraños, cuyos síntomas se asemejaban mucho a los que suelen acompañar a los celos y se esforzó sobre manera por no exteriorizar dichos sentimientos que lo pudieran poner en evidencia frente a sus camaradas de que no le simpatizaba en absoluto que ellos coqueteasen a Naila. 

Estos celos sorprendieron al mismo Andrés, quien hasta ese momento no veía en Naila más que a una camarada que necesitaba de la solidaridad de sus camaradas puesto que era novata en esas lides y por ende había que prestarle toda la ayuda posible para que franqueara con éxito aquella primera etapa de la vida que iniciaba.     

Aquel día la compañía guerrillera llegó temprano al lugar donde pernoctarían. Así que Andrés después de alistar su sitio y ayudar a Naila con su caleta, se dirigió junto con ella al caño. Este era un caño de aguas profundas y un poco turbias. Al llegar allí, Andrés, que era un estupendo nadador, se lanzó al agua e invito a Naila a que le siguiera, pero ella se disculpó por no poderlo complacer, toda vez que no sabía nadar. Más sin embargo él insistió tanto que ella termino por acceder con la condición de que no la dejaría sola pues temía ahogarse. Cuando estuvo entre el agua, él la tomo por la cintura y empezó a enseñarle a nadar. 

Dichosa se encontraba Naila de poder enfrentarse al agua sin ningún temor, gracias a la ayuda que le prestaba Andrés, cuando llego el comandante de guardia a informarle que en 30 minutos la esperaba para que relevase a uno de los centinelas, por lo que tuvo ella que suspender su improvisado curso de natación para alistarse presurosamente para acudir a su primer turno de guardia en la guerrilla. 

Una hora más tarde, cuando Naila fue relevada ya, se presentó ante Andrés bien peinada y maquillada.  Este comprendió que ella había utilizado su hora de guardia para embellecerse de tal forma que él pudiera maravillarse aún más con su belleza; y, aunque quiso reprocharle por la indisciplina cometida durante el servicio renuncio a su propósito y en su defecto la alago por su hermosura. Naila sintiéndose victoriosa le correspondió con una sonrisa seductora y ya se disponía a seguir su camino hacia su caleta cuando Andrés volvió a arremeter confesándole que él sería el hombre más dichoso si tuviera la fortuna de caer aunque fuese solo un instante prisionero entre sus brazos. 

Empezó a caer la noche y el mando ordenó al personal retirarse a sus caletas a descansar. Al oír la orden, Andrés se refugió en su hamaca en la idea de conciliar el sueño lo más rápido posible, cuando vio entre la penumbra que alguien se le acercaba, y pudo distinguir la silueta de Naila, quien al sentirse descubierta, con voz entrecortada pero decidida le expreso que ella nunca había conocido a alguien que queriendo ser prisionero, se empeñara tanto en dormir tan lejos de la prisión, y, dicho esto se regresó presurosa a su caleta. Diez minutos más tarde, Andrés estaba adentrándose sigilosamente al lecho donde Naila ansiosa le esperaba.  

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