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viernes, 22 de julio de 2016

La crítica de la crítica y la transformación del mundo


Por Gabriel Angel 


image-23893-26536_full.jpgRepasando la historia de las lucha de los dominicanos en los años sesenta, vuelvo a estremecerme con el histórico episodio de abril de 1965 y la actitud asumida por el Coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, cuando ante la conminación del embajador norteamericano a la rendición, y la subsiguiente renuncia del gobierno constitucionalista del doctor Molina Ureña, se paró frente al gringo y le expresó, Permítame decirle que continuaremos la lucha, suceda lo que suceda.

Entonces el Presidente Johnson ordenó el desembarco de 42.000 marines en Santo Domingo con el propósito expreso, según él, de impedir que un gobierno comunista semejante al cubano se instalara en la República Dominicana. Resultó gloriosa la resistencia de los dominicanos con Caamaño al frente, quien declaraba firme, Estamos decididos a luchar hasta el último hombre. También diría, No daremos un paso atrás, pese a la fuerza militar que nos amenaza.

Ofensivas de los constitucionalistas, como la del 19 de mayo, terminaron en un fiasco y costaron la vida a valiosísimos cuadros de la lucha patriótica y democrática. Intentos salvajes de los norteamericanos por hacerse al control de la zona constitucionalista de la ciudad, terminaron con la muerte y las heridas de numerosa población civil. El Coronel Caamaño expresaba dolido ante el genocidio, Defenderemos nuestros derechos y lucharemos hasta el fin, si es necesario.

caamano_6.jpgFinalmente no fue necesario. La situación se definió a fines de agosto con un acta institucional, por cuenta de una misión mediadora de la OEA, que había dado su respaldo previo a la invasión norteamericana e incluso autorizado una misión militar integrada por personal de varios países. Se reconoció un gobierno provisional que convocó a elecciones al año siguiente, el Coronel Caamaño renunció a la Presidencia y unos meses después partió como agregado militar a Londres.

El 16 de febrero de 1973 murió fusilado por tropas oficiales en las montañas de la Cordillera Central, cuando libraba la lucha guerrillera por la verdadera democracia en su país. En rebeldía contra el golpe militar que derrocó a Juan Bosch en 1962, el Movimiento 14 de junio se alzó en las montañas dominicanas en noviembre de 1963. Menos de un mes después, su líder Manolo Tavarez Justo y 32 dirigentes y militantes más perecieron por manos enemigas.

La rebelión armada fue sin duda más que justa en todos los casos mencionados. No se puede negar que ella constituye un sagrado derecho de los pueblos. Lo cual no significa que sea un asunto fácil, que pueda decidirse al calor de emociones encendidas. Manolo Tavarez Justo advertía de su posible alzamiento en las escarpadas montañas de Quisqueya, A ellas iremos, y en ellas mantendremos encendida la antorcha de la libertad, de la justicia, el espíritu de la revolución. 

Pero pese al vigor de su discurso acalorado, murió con los suyos demasiado pronto. Son bastantes los ejemplos en solo Nuestra América, incluido desde luego el más simbólico y doloroso, el del gran Ernesto Che Guevara en Bolivia, que enseñan que eso del alzamiento en armas para derrocar a un gobierno requiere, si se anhela de veras terminar victorioso, de mucho más que el deseo de vencer o perecer en la lucha. Hay que estar acorde con las realidades. 

Sea como sea, el recuerdo de los emotivos sucesos reseñados apunta a la reflexión sobre ciertos aspectos. El Coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, después de haberse puesto a la cabeza de la insurrección que abogaba por el regreso del Presidente legítimo Juan Bosch y la Constitución defenestrada, y luego de asumir la resistencia contra la invasión norteamericana, terminó por llegar a un acuerdo con la comisión mediadora de la OEA que estaba del lado de los invasores. 

Salta a la vista que con dicho acuerdo no se consiguió la salida inmediata de los invasores norteamericanos.  Y que tampoco constituyó propiamente una victoria de los constitucionalistas, que incluso perdieron las elecciones del año siguiente. Su invalorable mérito estriba en haber impedido la consumación por los marines del atroz genocidio del pueblo dominicano, que apoyaba dignamente la causa constitucionalista. Por sí solo, eso enaltece la grandeza de Caamaño.

Por otra parte, la posterior inmolación del propio Coronel en las montañas, en un alzamiento guerrillero fallido, así como el doloroso final de los combatientes del movimiento 14 de Junio a fines de 1963, también debe llamar la atención acerca de la pertinencia de insistir en una forma de lucha concreta, cuando las condiciones objetivas no son las más propicias al éxito. La rebeldía armada no constituye por sí sola la fórmula mágica de una revolución triunfante.

Eso podemos asegurarlo desde las FARC sin ninguna vacilación. Claro que la apelación a la lucha armada resulta correcta cuando los pueblos no tienen otra alternativa frente a los atropellos de un poder abusivo e injusto. Pero si resulta posible, incluso gracias a ella, abrir caminos distintos para la lucha popular, mucho menos dolorosos, bien vale la pena considerar su oportunidad. Sobre todo cuando la guerra se ha prolongado por décadas y décadas sin el resultado esperado.

Fue lo que expresó con toda sinceridad nuestro comandante Timoleón Jiménez en su discurso del pasado 23 de junio en La Habana. El Estado colombiano, pese a todo el apoyo internacional, resultó incapaz de vencernos tras cincuenta y dos años. Pero a su vez las FARC tampoco pudimos derrotarlo y hacernos al poder. Nada en la realidad objetiva indica que esa ecuación pueda cambiar en muchos años. ¿Es entonces un pecado mortal construir una alternativa distinta?

Las FARC no estamos combatiendo en la geografía rusa de 1917, ni en la alemana de 1918, ni en la China de 1949, ni en la vietnamita de 1954 o 1975. Ni nos hallamos inmiscuidos en los eternos debates teóricos en torno a las contradicciones al interior de cualquiera de las internacionales comunistas del siglo XX. Estamos en la Colombia de hoy. Y recordamos de Marx aquello de que la cuestión revolucionaria no consiste en la crítica de la crítica, sino en la transformación del mundo.

Hay quienes desde altísimas galerías nos incitan a persistir en la guerra, en consonancia desafortunada con los peores enemigos del pueblo de Colombia, de su democratización y su lucha de masas por un futuro mejor. Algunos a nombre del más puro marxismo, el que nos invitan a estudiar con profundidad para corregir nuestros errores. Desconocemos cuántas revoluciones victoriosas han dirigido o en cuántas guerras revolucionarias han combatido.

Preferimos atender el clamor de todo un pueblo por la paz. Es él quien la reclama, alistándose para una batalla política de grandes proporciones e invitándonos a ponernos al frente de ella. Me decía en estos días un curtido comandante guerrillero, vale preguntarle a nuestros críticos cuándo se vienen para las montañas, y si pueden traer con ellos su fusil y un puñado de combatientes armados y dispuestos, o con cuántos misiles antiaéreos pueden colaborarnos. 

Quizás entonces apelarían a todo tipo de disquisiciones filosóficas, económicas, sociales, culturales y antropológicas a fin de probarnos que ese no es su papel. Recuerdo ahora a aquel político de la antigüedad que desbarató una insurrección de los desposeídos, comparando la sociedad con el cuerpo. La cabeza estaba hecha para dirigirlo todo, mientras los brazos y piernas debían trabajar. No, señores, las luchas pertenecen a los pueblos, ningún sabio puede dirigirlas a distancia. 

La Habana, 20 de julio de 2016.

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