Video

jueves, 25 de agosto de 2016

El fin del conflicto y el foso de los leones

Por Gabriel Ángel. 

El fin del conflicto y el foso de los leones

Hace unos meses estuvimos en un gran zoológico, diseñado para parecerse lo más posible a las sabanas de África, con elefantes, rinocerontes, jirafas, cebras y demás paseándose libremente por el extenso paisaje. Por cortesía de los cubanos fuimos invitados a conocer los leones en el sector de mantenimiento, donde nunca entran turistas. Retengo viva la experiencia.

Se trataba de un pasillo largo, con rejas a izquierda y derecha, e incluso sobre nuestras cabezas en algún sector. El pasillo tendría metro y medio de ancho, y tanto a nuestra izquierda, como a la derecha, incluso encima, los leones furiosos se arrimaban a la reja rugiendo con fuerza asombrosa, mirándonos con ojos salvajes y exhibiendo sus garras y colmillos de modo amenazante.  

El guía nos contó orgulloso que en ningún zoológico del mundo tenían tantos leones juntos. Aún me estremezco al recordar el escalofriante coro de tantas fieras gigantes gruñendo al tiempo a pocos centímetros de nuestros rostros. Por fortuna todas las jaulas estaban cerradas y aseguradas. Los sonrientes cubanos nos contaban la historia de los distintos animales. Si no recuerdo mal, a cada uno había que echarle ocho kilos de carne cruda al día. Saben lidiar bien con ellos.

Me gusta el modo de ser de los cubanos, la tranquilidad y seguridad con la que afrontan los más diversos retos, la sencillez con la que explican todo. Así como la modestia con la que preguntan sobre cualquier asunto que les interese. Como uno de los chefs, que me indagó un día en la casa por las razones de nuestra lucha. Para explicarle, comencé con la presencia de Fidel Castro en Bogotá el 9 de abril de 1948. Con eso aseguré su interés por largo rato.

Tiempo después, tras la firma de los acuerdos del pasado 23 de junio, me lo encontré casualmente y me saludó con franco entusiasmo. Estaba feliz, había seguido por la televisión cubana el acto solemne de ese día y escuchado atentamente todos los discursos, particularmente los del Presidente Santos y el Comandante de las FARC, Timoleón Jiménez. 

Me dijo que se alegraba sinceramente por el fin del conflicto armado en Colombia. Y no sólo por nosotros, también por la contraparte, el gobierno y los soldados. Definitivamente no había cosa más mala que la gente de un mismo país matándose entre sí en una guerra, fueran cuales fueran sus causas. Contar en un país con la tranquilidad de la paz era un bien inapreciable.

Dos meses después del 23 de junio sabemos que la Mesa progresa a ritmo acelerado. Alguno de los voceros me comentó en confianza que en los últimos días habían logrado avanzar lo que no había sido posible en año y medio. En su parecer, un acuerdo final es cuestión de días. La noticia debería ser motivo de una explosión generalizada de alegría en Colombia. Pero parece que no.

Eso, al tiempo, inquieta mucho más a los cubanos. Una matrona habanera con la que he hecho amistad, me convirtió en obligación llevarle cada semana el noticiero de las FARC que se publica cada noche de domingo en la red. Luego de mirarlo detenidamente, me asalta con numerosas preguntas que revelan su honda preocupación por la suerte de las conversaciones y los acuerdos.

Recientemente me decía, por ejemplo, que no le gustaban las declaraciones de Santos en torno a la posibilidad de que fuera a ganar el No en el plebiscito. No podía ser que un Presidente que llevaba seis años buscando una fórmula de paz para su país, resultara al borde del acuerdo final afirmando que si ganaba el No, las conversaciones terminarían de una vez por todas. 

Y menos lo declarado por el ministro del interior, en el sentido de que si ganaba el No, las hostilidades se reanudarían a partir del día siguiente. ¿Qué clase de gobernantes eran esos, que con solo pensar en la primera gran dificultad, lo abandonaban todo? No se parecían en nada a los dirigentes de su país, que nunca cejaban en su empeño.

Esta matrona de casi setenta años se siente orgullosa de la revolución y se lo inculca a su descendencia con ahínco. Yo era negra, hijo, me cuenta. Siendo niña debía llevar el almuerzo a su padre al trabajo y para conseguirlo estaba obligada a dar numerosos rodeos, pues los negros tenían vedado el paso por numerosos lugares. La revolución me elevó a persona, me educó, me enseño a ser solidaria. De once años participó como alfabetizadora en la famosa campaña.

Hoy es una veterana comunista retirada, que sin embargo sigue las noticias y la actualidad con pasión religiosa. Por eso su interés por Colombia, por la paz en nuestro país, por las conversaciones en curso. También piensa que el acuerdo de paz y su aprobación por el plebiscito son lo mejor que puede pasarle a los colombianos. Nos merecemos otra suerte, repite.

Ayer recibí un mensaje privado de una seguidora colombiana, contándome compungida que esa mañana había estado conversando en Bogotá con un taxista y un celador de manera informal. Les había preguntado si iban a votar en el plebiscito y en qué sentido. Su respuesta había sido contundente, votarían por el no. Sus argumentos eran tan pobres como ellos mismos.

Se trataba de las generalidades contra las FARC, difundidas por los líderes y partidarios de la ultraderecha, ensañados a un tiempo con Santos. Me decía que lo había intentado de diversos modos, pero hacerles cambiar de opinión le resultó imposible. No atendían ningún argumento, estaban cegados por el odio, por un fanatismo venenoso carente de razones reales.

Otra compañera, de la delegación, me comentó que había leído por la red una serie de artículos en inglés, en los que se respondía de manera furiosa a lo expuesto por mí en una entrevista difundida por Notimex y que fue traducida y divulgada en inglés también. Gente de izquierda en Europa, que no nos baja de traidores a la revolución y esas cosas.

Como quien dice, los acuerdos en La Habana para poner fin al conflicto en Colombia, son víctimas de las más crueles embestidas por parte de los fundamentalismos de derecha e izquierda. No sorprende que los primeros provengan de Colombia, en donde los enfermizos fanatismos del uribismo y sectores afines hierven permanentemente. Por la otra parte, tirar línea para otros ha sido constante histórica de quienes no logran nunca avanzar en sus propios países.

Lo cierto es que unos y otros procuran hacer el mayor ruido posible en contra de una solución dialogada y pacífica al conflicto colombiano. Me recuerdan aquellas fieras enfurecidas del zoológico de La Habana, lanzando violentas amenazas desde todos los flancos. Como las rejas que los mantienen gruñendo impotentes, la voluntad de paz de la gente noble y buena de Colombia conseguirá mantenerlos a raya a todos. Pero esa voluntad requiere de alimento diario. ¡Pilas!

La Habana, 23 de agosto de 2016

0 comentarios:

Publicar un comentario