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jueves, 11 de agosto de 2016

Los silencios de los verdaderos enemigos de la paz

"Sucede que con los acuerdos de La Habana se avizora por primera vez en décadas la oportunidad de poner fin a esa putrefacta lacra."

Por Gabriel Ángel.


Los silencios de los verdaderos enemigos de la paz


De la más oscura de las cavernas emergen ataques despiadados contra la posibilidad de que Colombia alcance el fin de conflicto armado, es decir de la violencia en campos y ciudades, de la pila de cadáveres, de los heridos y mutilados, de los asesinados por el paramilitarismo, de los despojados de sus tierras, de los desplazados forzosamente, de los encarcelados, desaparecidos, exiliados y amenazados. Es increíble, pero ensordecen los aullidos de los que se oponen a la paz.

Y lo hacen apelando a los argumentos más inverosímiles, recubiertos de un aura de presunta dignidad y falso patriotismo, a fin de captar incautos para sus posiciones delirantes. Ninguna calumnia les parece suficiente, de lo que se trata es de enlodar, de difamar, de vestir de ignominia y repugnancia a quienes sueñan con una Colombia sin persecuciones políticas, y a los que de uno u otro modo han apostado a construir unos acuerdos que pongan fin a semejante locura.

Claro, se cuidan con higiene vergonzante de que sus ataques furibundos no parezcan dirigidos a la paz, al contrario. Dicen enarbolar y actuar en nombre de esa bandera, de la paz de Colombia, la que en su dicho no puede confundirse en ningún momento con la paz que quieren las FARC o ese nuevo demonio que encontraron a última hora y que se llama Juan Manuel Santos. Por eso eligieron un blanco que en su parecer los deja limpios, disparan contra el sí en el plebiscito.

Al promover el voto por el no, sacan del debate los horrores de la guerra, aparentan que el asunto es cuestión de advertir de una trampa en el procedimiento de implementación de los acuerdos. Ya ni siquiera se refieren a estos, porque es que no tiene presentación política oponerse a que los campesinos, indígenas, comunidades negras y mujeres tengan tierra, crédito, asesoría técnica, infraestructura vial, de energía, de aguas, de comunicaciones, de educación, salud y vivienda.

Eso ni lo mencionan, porque saben que es un viejo anhelo de millones de colombianos desposeídos. Prefieren atacar el sí en el plebiscito, sin mencionar para nada que en los acuerdos se habla de la expedición de un estatuto para la oposición política, de los derechos de protesta, de organización y movilización del pueblo inconforme, de una profunda reforma en el podrido régimen electoral colombiano, de garantías plenas para el movimiento social inconforme.

¿Cómo decirle a la gente que no vaya a votar por eso? ¿Cómo enfrentar un debate acerca del derecho de las comunidades a expresar su opinión en torno a los planes de desarrollo territorial para sus regiones? ¿Es que se atreverían a explicarle a la hasta ahora invisible población colombiana, por qué es malo reunirse para discutir los proyectos económicos, sociales y de todo orden que necesitan para salir de su condición de abandono y miseria?

No, se trata de un riesgo al que no quieren exponerse. Les resulta mejor desvanecer con un pase mágico el potencial democrático y progresista contenido en los acuerdos pactados, ponerse a hablar de las más absurdas pesadillas que representa votar por el sí en el plebiscito. Que con ello las FARC obtendrán la posibilidad de salir a hablar del socialismo del siglo XXI, de la dictadura del proletariado, de las bondades del castro chavismo, y eso debe ser evitado a toda costa.

No le cuentan a los campesinos condenados por la miseria y el abandono estatal, que por fin ha sido pactado un acuerdo general para la erradicación concertada de los cultivos de uso ilícito, que además de los beneficios expresados en el punto sobre la titulación de tierras y demás, les garantizan planes de sustitución y desarrollo que contribuirán a la elevación de su nivel de vida y a poner fin al tratamiento militar otorgado durante décadas a tan grave problema social.

¿Cómo le van a decir a la gente que no vote por eso? ¿Que vote contra la libertad de tanta mujer y tanto incauto que por obra de la necesidad se vio envuelto en el papel de mulas ciegas del narcotráfico? ¿Cómo convencer al elevado número de dirigentes sociales y políticos encarcelados por la criminalización de la protesta, que es absolutamente inconveniente que recuperen su libertad? ¿Votarían por el no, si ellos o sus familias supieran que eso dicen los acuerdos?

Mejor es apelar a la más sucia distracción, envenenar la gente con el cuento de que votar por el sí es instaurar en Colombia el comunismo, dejarla sin seguridad policial y militar, dar carta blanca a las milicias guerrilleras en las ciudades, invadir el país con tropas cubanas, entregar al terrorismo reservas indígenas y recursos estratégicos. ¿Cómo decirles que si se implementan los acuerdos habrá comisiones de la verdad investigando los peores crímenes cometidos en la guerra?

¿Cómo contarle a la gente que si se aplica lo acordado habrá tribunales con poderes excepcionales  investigando y sancionando los delitos atroces y de guerra cometidos por cualquiera de las partes en el desarrollo del conflicto? ¿Que es muy probable que ahora sí sean llamados a responder por sus actos todos los patrocinadores de la violencia y el terror que asolaron a Colombia por décadas? ¿Están dispuestos a contarle eso a la gente? ¿O más bien les da miedo?

No lo hacen. Porque lo que les interesa en realidad es su tranquilidad personal, seguir disfrutando de las riquezas mal habidas, continuar comprando elecciones y devorándose el presupuesto público con sus redes clientelistas de corrupción. Lo que quieren es que nunca entren a regir los acuerdos de paz, porque la oposición y las minorías tendrían acceso a los medios de comunicación, hay riesgo de que salgan a relucir demasiadas verdades. Por eso mejor no.

Manipulan que con los acuerdos Timoshenko y los suyos resolverán sus líos jurídicos, saltarían a la política y asegurarían sus fortunas. Por eso piden votar no, porque la guerrilla miente, porque no ha firmado ya los acuerdos, porque aplaza la dejación de las armas hasta que estos no entren en vigencia, porque no ha entregado la lista de sus integrantes, porque no han echado el candado a las celdas donde permanecerán presos durante años. Ahí viene el lobo, gritan con astucia.

El problema de Colombia no es el plebiscito, del que ni siquiera se sabe a ciencia cierta el contenido de la sentencia de la Corte Constitucional. El problema de Colombia es que hay una casta enquistada en el poder, ligada a los más sucios negocios y la más descarada corrupción, con redes nefastas en todas las instituciones, acostumbrada a solucionar todos los problemas por medio de la violencia, la guerra y el crimen. Y que se enriquece día a día con ello.

Una casta que al atreverse a tachar de comunista y sirviente de las FARC a Juan Manuel Santos y a su gobierno, demuestra no tener el menor reparo en hacer lo que quiera con los millones de colombianos inconformes. Sucede que con los acuerdos de La Habana se avizora por primera vez en décadas la oportunidad de poner fin a esa putrefacta lacra y entonces, los que viven y se alimentan de ella, se horrorizan. Y salen a mentir y escandalizar. A ellos es que hay que decir no.

La Habana, 10 de agosto de 2016. 

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