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lunes, 31 de octubre de 2016

Retratos de Alfonso Cano (I)

Por Gabriel Ángel


Retratos de Alfonso Cano (I)
De Victoria Sandino: Hablar del Camarada es hablar de amor

Tras disfrutar de su sonriente, amable y cariñosa bienvenida, procedo a explicar a Victoria Sandino el motivo de mi visita. Acaban de salir de su habitación Manuela y Laura, con aire de despedida hasta el día siguiente, y pienso que es una suerte haber escogido esa hora para asaltarla. Suele estar muy ocupada y temía que no contara con tiempo para atenderme.

Estamos en La Habana, al comienzo de una noche calurosa de luna llena en octubre, y se acerca el aniversario de la muerte del Camarada Alfonso. Mi intención es conversar con aquellos de la Delegación de Paz que fueron muy cercanos a él, a fin de escuchar de cada uno su versión acerca del inolvidable jefe. No podía faltar Victoria, y es con ella con quien resuelvo empezar.

Comenzó a trabajar con él desde el año 94 y hasta su muerte hizo parte de su equipo más cercano. Debemos remontarnos muchos años atrás. Sí, es la misma Victoria que conocí yo a comienzos del año 95, cuando fue enviada al Magdalena Medio a dictar un curso de Propaganda. Salvo unos kilos de más, que le confieren el aspecto de respetable matrona, es poco lo que ha cambiado.

Nunca dejará de sorprenderme su rostro risueño de eterna juventud y mirada profunda, adornado sin falta por un par de antiparras de color vistoso. En los postreros años de vida del Camarada Alfonso ella estuvo al frente de su propia unidad de organización, dependiente directamente de él y con comunicación diaria, en medio de aquel infierno de operaciones militares.

Recuerda haberle preguntado en la última de las contadas entrevistas que sostuvieron por entonces, por qué no se trasladaba de la zona en que se hallaba. Las incursiones del Ejército en el sur del Tolima eran crecientes, acompañadas de los frecuentes bombardeos de la fuerza aérea. Se combatía casi a diario. ¿Y a dónde puedo irme que no haya confrontación?, le respondió él.

Para Victoria es claro que cuando se llega a admirar de tal modo a alguien, en realidad lo que se siente por él es un profundo amor. No ese amor egoísta de pareja, sino ese sentimiento entrañable de afecto que nace del reconocimiento al genio, del asombro por lo que es capaz de realizar y por el modo en que lo hace, del deslumbramiento que desprende su personalidad.

Así que no tiene dificultad en expresar cuánto amor sentía por el Camarada Alfonso, cuánto lo quería. En más de una ocasión se sorprendió ella y a la vez lo sorprendió a él, cuando de manera inconsciente se oyó responderle a su llamado con la palabra papá, como si la fuerza secreta del enorme cariño que le inspiraba, lo transmutara en su padre en alguna parte de su alma.

En las FARC los jefes más importantes conforman sus unidades de guardia con el personal que les inspira más confianza, y suelen dejarlo durante muchos años a su lado. Eso termina por generar una relación casi familiar, que de algún modo se dibuja como definitiva para el subordinado. Pero el superior tiene claro que no conforma una familia sino que está formando a un personal.

Así que a los seis, ocho, diez o doce años, cualquier día los llama a su oficina para confiarles una misión de responsabilidad en otro lugar, con la posibilidad de que no vuelvan a verse o sólo muy eventualmente. Entonces vienen los desgarramientos. A Victoria, después de una década a su lado, el Camarada la despachó un día, pero para alegría de ella no muy lejos, donde podían verse.

De aquellos años de convivencia diaria en la unidad del jefe es que ella habla con propiedad acerca de él. Aún no alcanza a explicarse cómo hacía para sacarle tanto provecho al tiempo. Leía muchísimo, conversaba casi a diario durante horas con los mandos de diversas unidades que convocaba a su unidad y hacía permanecer allí hasta uno y dos meses.

Recibía y despachaba infinidad de correos, de los cuales solía hacer minuciosos relatos al personal en sus charlas diarias. Le gustaba que la gente supiera lo que sucedía en las otras unidades, particularmente las fallas y errores de los mandos, y siempre extraía las conclusiones precisas para educar. Gustaba de describir con detalles los combates de los que recibía partes.

Pero también dedicaba tiempo a explicar los avances en el trabajo de organización y las peripecias de la población civil. Victoria y los demás quedaban siempre anonadados por el perfecto conocimiento que el Camarada demostraba acerca de los mínimos detalles de la vida cotidiana en el campamento. Quizás se debía a la posición en que ubicaba su caleta.

Prefería para ello el sitio más elevado, desde el que pudiera tener visión de todo el lugar, pero cuidando a la vez que no estuviera tan retirado de las caletas del personal y las demás instalaciones. Parecía estar atento, pese a sus ocupaciones, de cuanto hablaran el oficial de servicio y las tropas en el patio de formación, así como de lo que cada uno hiciera.

No resultaba extraño que cuando el oficial se le presentaba en la mañana a dar el parte diario, el jefe estuviera incluso más enterado que él de las diferentes novedades. Así, una vez, por la alegría demostrada por una muchacha que encontró en su desayuno una doble ración de huevos, el camarada descubrió que la ranchera le servía doble porción a su compañero.

Todas las vajillas eran del mismo tipo, casi iguales, por lo que la muchacha había recogido una equivocada en lugar de la suya, y resultó precisamente que el dueño de esa vajilla era el compañero de la ranchera. Aparte de usar el caso para la correspondiente charla educativa, el camarada asumió en adelante el hábito de acudir al vajillero a la hora que servían las comidas.

Victoria no olvida la vez que uno de los más importantes mandos del Comando de Occidente, hizo acudir al camarada Miguel Pascuas ante él para recibirle parte. Al ir luego donde el Camarada Alfonso a dar el parte general, recibió una andanada. Aunque su rango fuera superior, él no era nadie para hacer comparecer ante sí a un hombre tan antiguo y de tanto respeto como Miguel.

El Camarada Alfonso era muy exigente con el personal en lo relacionado con la mentalidad revolucionaria y la disciplina que debía mantener, pero lo era más con el cuerpo de mandos y todavía mucho más con los de mayor jerarquía. No levantaba la voz ni gruñía, pero con su lógica aplastante y sus incisivas preguntas lograba arrinconar y avergonzar al destinatario de su crítica.

Si había algo en lo que fuera delicado, era en lo relacionado con el gasto de los recursos de la organización. Quienes salían al pueblo o a la ciudad a hacer diligencias, tarea en la que siempre consideró eran más responsables las mujeres, debían llevar la cuenta de sus gastos minuciosamente relacionada y respaldada con las respectivas facturas.

No toleraba lo que a su juicio era derroche impropio de la mentalidad proletaria que debía caracterizar al revolucionario. Una vez una muchacha convidó a dos personas a desayunar en un restaurante del norte de Bogotá y fueron casi tres los años en los que él la estuvo reprochando por semejante conducta. Un guerrillero de las FARC no tenía derecho a gastar el dinero así.

Por eso mismo sacaba el tiempo que fuera necesario para revisar personalmente las cuentas de gastos que enviaban de las distintas unidades de los Comandos de Occidente y Adán Izquierdo. Por las facturas conocía el precio exacto de los artículos y por su olfato detectaba rápidamente los sobrecostos y malos manejos. Se mostraba implacable con los autores de las fechorías.

Sin embargo nadie podía sindicarlo de tacaño. Con las tropas bajo su mando solía desarrollar una excelente relación humana y nunca se mostraba reacio a atender sus peticiones por extrañas que pudieran parecer. Encargar por ejemplo un tratamiento costoso para la caída del cabello, por petición expresa de un combatiente que temía quedarse calvo.

O para tratar la piel de las mujeres afectada por el clima, o incluso, como pasó una vez, viagra para un combatiente de cierta edad que tenía problemas porque las mujeres lo dejaban al poco tiempo de vivir con él. Y eso a riesgo de que las encargadas de comprar la medicina, pensaran que era para él mismo, confusiones que generaban al final las más jocosas situaciones.

Nadie como él para abrirle el alma y contarle las ilusiones o las penas que anidaban en el corazón. El Camarada se ponía del lado de quién lo hacía y procuraba ayudarle en cuanto estuviera a su alcance para que fuera feliz. Así como con afectuoso espíritu solidario servía de paño de lágrimas a alguna muchacha despechada que llegaba a contarle su dolor por causa de un mal amor.

Victoria recuerda hasta sus peleas con él. Ella, enardecida y furiosa argumentando en voz alta sus razones, y él cortante y  sentencioso llamándola a la cordura y negándose a aceptar cualquier argumento expresado en malos términos. Quizás fue de una situación de esas, de donde surgió la mejor charla acerca del problema de género que haya escuchado en toda su vida.

Ella, insumisa, prácticamente se había insubordinado en la relación de la tarde, como consecuencia de lo que juzgó un manejo machista del oficial de servicio, a la hora de resolver un problema en que se hallaba involucrada una muchacha. La insubordinación es un grave delito en las FARC, el Camarada Alfonso se puso de parte del oficial y ella fue sancionada.

Durante una semana duró cavando la tierra con una pala en sus manos, ayudada de vez en cuando por muchachos solidarios cuyos brazos sacaban en unos cuantos minutos mucho más tierra de la que ella lograba sacar en una hora, rabiando solitaria contra lo que juzgó una actitud inesperada de parte de su idolatrado jefe. Éste además duró un mes entero sin dirigirle la palabra.

Para entonces ella estaba vencida. Haber perdido la cercanía y la confianza con el Camarada Alfonso resultaba el peor suceso que podía haberle pasado en la vida. Era una guerrillera, un cuadro, y por tanto consciente de que había manejado muy mal la situación aquella tarde. Podía haber esperado la reunión de partido y expresar la crítica abierta al mando.

O incluso haberse quejado personalmente por su decisión ante el propio jefe. Había en efecto otra manera de hacer las cosas. Pero la insubordinación carecía por completo de cualquier defensa en las FARC. Nadie que lo hiciera podía alegar nada a favor suyo en ningún ejército.  Además se sentía avergonzada, pues le  había alegado incluso al propio Camarada cuando intervino aquella tarde.

Entonces un día él la hizo llamar a su oficina. Y con el habitual trato cariñoso que siempre guardaba para todos, le preguntó por las razones de su desbocado comportamiento. No les fue difícil entenderse esta vez. Pero entonces escuchó de él la más sabia exposición acerca de la situación real de la mujer en la guerrilla de las FARC y todo lo que se requería para mejorar.

Para ello se remontó a los orígenes de la fuerza, al debate que se dio al poco tiempo de fundadas en torno a la posibilidad que se contempló de ingresar mujeres a filas. De cómo las primeras mujeres llegaron no como combatientes sino como compañeras de los que las traían y de cómo éstos se oponían a que fueran guerrilleras. De cuánto hubo que luchar para que eso cambiara.

De todo el proceso vivido en la organización hasta llegar a las Conferencias 6ª, 7ª y 8ª en las que la mujer obtuvo por fin el reconocimiento pleno de sus derechos y deberes como combatiente en igualdad a cualquier varón, y de cómo había que trabajar para que lo que estaba escrito se hiciera realidad en los hechos mediante un proceso educativo de formación de la gente.

No sólo de los mandos, o los varones, sino incluso de las propias mujeres, que llegaban de la vida civil con una mentalidad preparada para el sometimiento al hombre. Se trataba de una pelea que había que librar al interior de la organización, una pelea justa, pero que tenía que saber darse. No era contra un mando en particular, ni por parte de una mujer en particular, debía ser de todos.

Victoria lo escuchaba abismada por la claridad de su jefe en torno a los problemas de la mujer y las dificultades que entrañaba vincularlas primero a ellas a la lucha y luego a los hombres, en un cuidadoso proceso de generación de consciencia. Lo comprendió bien, y muchos años después, en La Habana, convertida en una referente nacional de la lucha de género, aún se lo agradece.

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