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martes, 8 de noviembre de 2016

Carta de una guerrillera a Brigitte LG Baptiste.


Por: Isabela Sanroque. Guerrillera del Bloque Cdte. Jorge Briceño de las FARC-EP



Apreciada Brigitte LG Baptiste.

 

Un grupo de venados con curiosa mirada asoma sigiloso al escuchar el paso veloz de una moto en las sabanas de El Yarí. Entre tanto por la maraña del Parque Tinigua una Danta descansa campante con su cría.


No siempre fue así. El conflicto colombiano afectó para bien y para mal la fauna de aquellas zonas centro de operaciones militares. El tránsito del ejército y guerrilla por las inhóspitas montañas y selvas colombianas, no dejó solo lamentables muertes humanas, azotó especies endémicas también testigas de la guerra.


Mientras la violencia arreciaba, un sinnúmero de familias adentraba a colonizar terrenos vírgenes, transformándolos con su trabajo y a fuerza de la necesidad en lo que hoy son: veredas, caseríos y Municipios. Vale aclarar que las razones de estos desplazamientos e intervención se originan principalmente en un régimen represivo y un sistema económico desigual.


En este contexto, el orden social en estos territorios se funda día a día. Los parques y reservas naturales, se transforman paulatinamente mientras avanza la incursión y demarca silenciosamente la frontera agrícola. En esa Colombia olvidada por la institucionalidad estatal, la organización comunitaria regula asentamientos y pone límites.


Las organizaciones campesinas con el paso del tiempo comprenden el valor, ya no económico sino complementario de los recursos naturales; se genera así una conciencia de protección con estos, sino absoluta, sí garante de sostenimiento y armonía.

La cacería de varias especies como chigüiros, lapas y paujiles, era una constante antes y durante la guerra. Para los habitantes esta práctica era un recurso inicial de consumo proporcional y a veces una pésima distracción. La evidente disminución de estos animales, fue demarcando unas normas de convivencia ambientales que se convirtieron en leyes en estas zonas.


Entre tanto la guerrillerada hace de la profundidad selvática su casa. La necesidad política de alzarse en armas lleva consigo la condición inevitable de vivir allí. Durante estos años de confrontación y de lucha, se generó también en las FARC-EP un sentido de preservación ambiental, que se expresa en nuestro proyecto político, pero sobre todo en la práctica cotidiana. Nuestra estadía por mas de 52 años, nos ha dado la posibilidad de recorrer diversos ecosistemas, no de paseo, ni en tónica depredadora, más bien  en marcha guerrillera. Además de conocer de cerca las realidades socio económicas de la gente.


En estas regiones aisladas, donde el Acuerdo de Paz es un deseo latente, la implementación tendrá como  hoja de ruta en el desarrollo con enfoque territorial, la conservación y la promoción de los derechos medio ambientales. Las comunidades abrirán las puertas a la academia, no solo para la investigación, sino además para retroalimentar el conocimiento en las nuevas generaciones campesinas que hasta ahora no han tenido posibilidades.


La serranía de la Macarena, donde los bombardeos arrasaron con cientos de hectáreas, se recupera al paso que se recuperan las heridas de la patria. De seguro podrá convertirse ahora en un bastión eco turístico, que en primera medida debe estar a cargo de las organizaciones regionales y no del turismo privado extranjero.


El post-acuerdo abriga muchas expectativas, como posibilidades, que dependen en gran medida del cumplimiento efectivo del gobierno. Personalidades e instituciones comprometidas con la conservación del medio ambiente, como es su caso deberán escuchar la voz de las organizaciones sociales y en conjunto trazar líneas de acción para la sostenibilidad. Más aún convertirse en una fuerza capaz de contener la entrada de la megamineria, el extractivismo desmesurado y los mega cultivos de agrocombustibles.


Cuando podamos encontrarnos, será muy interesante escuchar sus opiniones. Son profusos los retos, debe ser inmenso el empeño.

 

 

 

 

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