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domingo, 20 de noviembre de 2016

Colombia no puede dejar escapar esta oportunidad

Por Gabriel Ángel.

El nuevo Acuerdo Final de La Habana suscrito el 12 de noviembre anterior, conocido como el Acuerdo Definitivo o el Acuerdo de la Esperanza, ha servido para desatar una agitación enorme en Colombia, en parte por el hecho de haber logrado alcanzarse en un término relativamente breve, pero sobre todo por las especulaciones y falsedades echadas a rodar a toda prisa en los grandes medios, cuyo origen es fácil rastrear en la extrema derecha, y por desgracia, en las declaraciones precipitadas de altos funcionarios del gobierno actual.

En unas cuantas horas fueron encendidas las alarmas en todos los sectores, como si en vez de tratarse de un pacto afortunado y feliz que logra apaciguar las posiciones más radicales de una y otra parte, al tiempo que consensuar las fórmulas más realistas posibles para poner fin al conflicto armado que desangra el país, se tratara de un conjunto de recetas destinadas a despertar furiosa inconformidad tanto en los enemigos como en los amigos de la solución política.

Para la ultraderecha se ratificó la impunidad, se le hizo conejo a Colombia, el acuerdo no puede ser definitivo, se violó la democracia expresada en el triunfo del no, el Presidente y las FARC le mintieron al país y luego se contradijeron, entre otras perlas. Declaraciones oficiales afirmaron que se acababan las zonas de reserva campesina, el bloque de constitucionalidad, el enfoque de género, que las FARC renunciaban a muchas cosas, en fin, inexactitudes a granel. Sectores sociales de izquierda, rurales o de género gritaron traición, muchos tambalearon, otros dudaron,  de repente se produjo una incertidumbre general. Lo que en verdad constituía una histórica victoria para Colombia, fue presentado como una horrenda catástrofe para su pueblo.

La patraña puede desvanecerse con la mayor facilidad posible, simplemente leyendo y analizando desapasionadamente el Acuerdo Final del 12 de noviembre. Incluso se difunde un link por las redes en el que cualquier lector puede ir comparándolo con el Acuerdo del 24 de agosto, y apreciar las numerosas modificaciones resaltadas en colores distintos en las dos publicaciones. De ese modo, conociendo, difundiendo, explicando y socializando el verdadero Acuerdo y no sus manipulaciones perversas, podrá salírsele al paso a la conocida estrategia de generar indignación irracional contra la sabia fórmula de paz, ya empleada y confesada por reconocidos voceros de la ultraderecha frente al plebiscito del 2 de octubre. 

Pero además conviene pensar por un momento en otros aspectos. La diferencia por la que venció el no fue demasiado pobre, un escaso 0,43 por ciento. Y luego se fueron conociendo muchas cosas que pusieron de presente el carácter precario de ese resultado. Las FARC fueron las primeras, por boca de su comandante en jefe Timoleón Jiménez, en reconocer que si el triunfo del sí se hubiera producido en circunstancias semejantes, la polarización a la que se hubiera abocado el país hubiera sido más que escandalosa. 

Luego vendrían las declaraciones de Juan Carlos Vélez sobre el diseño de la campaña del no. Y la reveladora emergencia de las iglesias evangélicas como las auténticas movilizadoras del voto contra la denominada ideología de género, inexistente en los acuerdos, pero pérfidamente presentada como fundamental en ellos. Esa reacción de tipo religioso sumó por lo menos dos millones de votantes, desvertebrando por completo la aspiración del Centro Democrático de presentarse como el único personero del no. Y cada día se fue destapando que gran parte de la votación ganadora respondió también a un rechazo de la gestión gubernamental del Presidente Santos, como si sufragar por el sí en apoyo a los acuerdos significara que se era automáticamente santista, quizás el más sucio de los recursos empleados por la campaña uribista por el no.

Colombia percibió de inmediato que había sido objeto de un engaño. Y lo expresó de modo espontáneo con una auténtica movilización nacional en defensa de lo acordado en La Habana, poniendo de presente la necesidad de defenderlo en sus aspectos fundamentales. La juventud colombiana se movilizó en bloque para rechazar cualquier intento de regresar a la guerra, al tiempo que aparecieron los campamentos por la paz en distintas capitales del país, defendiendo la consigna de no levantarlos hasta tanto no se produjera el nuevo Acuerdo Definitivo. El campanazo de alerta de la nación entera, ante la sola posibilidad de la ruptura de las conversaciones, resonó de modo ensordecedor. Hubo vigilias por la paz en toda la geografía colombiana. 

Personalidades de la iglesia católica como Francisco de Roux, o de la historia del conflicto como el profesor Moncayo, o de la ciencia pura como el doctor Rodolfo Llinás, académicos de la Universidad Nacional, movimientos como PazALaCalle, plataformas como Común Acuerdo y Paz Completa, marchas del silencio, de las flores, de víctimas de la UP, artistas como Felipe Arturo Pérez, Doris Salcedo, César López, y otro número importante, se añadieron diariamente a los llamados de estudiantes, indígenas, comunidades negras y campesinas, incluso con participación de buena parte de la masa abstencionista, así como con el liderazgo de organizaciones de trayectoria en la construcción de paz en los territorios, en todo el país y en varias ciudades del mundo, en acciones ciudadanas y rurales en un clamor abrumador por la paz. Cabe destacarse de modo especial el llamado Pacto Juvenil por la Paz que también firmó la derecha. 

Eso no puede olvidarse por cuanto creó el ambiente que permitió al gobierno y las FARC expresar su propósito de tratar de enmendar del modo más justo posible lo ocurrido con el triunfo del no. El gobierno conversaría con sus voceros y recogería todas sus inquietudes y propuestas, al tiempo que las FARC en La Habana dialogarían también con organizaciones sociales, movimientos juveniles y estudiantiles, jefaturas políticas y personalidades, con el ánimo de aclarar el contenido del Acuerdo y escuchar atentamente sus planteamientos. La Mesa entonces volvería a reunirse para discutir el material acumulado, sopesarlo, reconocer su parte de verdad y de ser posible incorporarlo en un nuevo Acuerdo Final que fuera entonces expresión ya no sólo de quienes compartían el Acuerdo de La Habana, sino también de quienes le hacían reparos en uno u otro sentido. Exactamente eso fue eso lo que se hizo hasta el 12 de noviembre.

En jornadas agotadoras que se extendieron muchas veces hasta después de la medianoche, en las que por momentos parecía que resultaría imposible ponerse de acuerdo. Una de las más singulares tácticas de la extrema derecha, ha sido sostener que el gobierno de Santos los ignora por completo, como si las FARC no fueran testigos y destinatarios directos en la Mesa, de las arremetidas de los voceros gubernamentales en defensa de esas posiciones ultra radicales. Hay una verdad elemental en cualquier negociación, ninguna de las partes va a obtener todo cuanto aspira, tendrá que ceder en pro de un arreglo, so pena de hacerlo imposible. Los que comparan los discursos iniciales de las FARC con los discursos finales en la firma de los Acuerdos, se percatan  de cuánto cedimos. ¿Por qué no iban a ceder también nuestros adversarios? Eso es lo que significa un consenso, encontrar elementos comunes que resuelvan hasta donde sea posible los disensos.

Las FARC-EP no combatimos durante medio siglo al Estado colombiano para llegar a un acuerdo final en el que no  podamos hacer política y aceptemos pagar largas penas tras las rejas. Ninguna organización revolucionaria armada aceptaría algo semejante. Por eso la ingeniosa y balanceada fórmula de justicia pactada en el punto de Víctimas. Que también considera en su grave dimensión criminal las conductas violatorias de las leyes penales, los derechos fundamentales y el derecho internacional  humanitario por parte de agentes estatales y terceros vinculados al conflicto. Es claro que más que molestarse por la que llaman impunidad para nosotros, otra falsedad monumental pregonada por la ultraderecha, lo que más les preocupa es tener que responder ellos mismos por sus hechos ante una justicia imparcial que no puedan manosear.

Del mismo modo, no conversamos durante seis años hasta conseguir por fin un Acuerdo con el Estado colombiano, para echarlo al bote de la basura sólo porque a los señores del Centro Democrático o el conservatismo les parece que no colma sus aspiraciones. Si estos colombianos fueran realmente honestos, si meditaran sinceramente en cuánto de su pensamiento aparece signado en el Acuerdo de La Esperanza, tendrían que reconocer que lo acordado es el más justo y acertado balance entre todos los sectores del país. El comunismo con el que amenazan no aparece por ningún lado, el llamado modelo económico no entró en la discusión por obra de la oposición cerrada del gobierno. Un acuerdo sólo para las aspiraciones ultramontanas resulta carente del más mínimo de los realismos. Se escuchó a todos, y de cada uno se incorporó lo máximo posible.

Es por eso que la oportunidad que se ha puesto al alcance de Colombia carece de parangón en su historia. Hay vigente un cese el fuego bilateral y definitivo entre el Estado colombiano y las FARC, los guerrilleros tienen toda la disposición de seguir adelante en su reincorporación a la vida civil según lo pactado en los Acuerdos, hemos avanzado un trecho enorme en el camino a la reconciliación, por primera vez en por lo menos setenta años hay la posibilidad real de vivir en paz y bajo un régimen más democrático y justo. ¿Por qué no podemos materializarlo? ¿Qué padre o madre de familia en el país se opondría a que sus hijos crecieran en un país distinto? Es lo que debemos pensar todos en la hora, a fin de cerrar filas por el carácter definitivo del Acuerdo de la Esperanza. La movilización nacional que comenzó al día siguiente del plebiscito del 2 de octubre ha de multiplicarse y hacerse valer. Un inmenso caudal de los votantes por el no ya cambió su opinión. Así también una buena porción del abstencionismo. No es el momento para las vacilaciones ni incertidumbres. La paz es ahora y para siempre.

 La Habana, 17 de noviembre de 2016.

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