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viernes, 4 de noviembre de 2016

Retratos de Alfonso Cano (III)

Por : Gabriel Ángel


Retratos de Alfonso Cano (III)
Fueron quince los días que tomó a Boris y sus compañeros trasladarse hasta la unidad del Camarada Alfonso Cano en el sur del Tolima. Habían partido de la bota caucana, del Comando Conjunto de Occidente, con la orientación de sumarse a la guardia personal del que se le antojaba un jefe misterioso. Corría el año 2006 y para entonces Boris tenía seis años en filas de las FARC. Los había pasado todos en la Jacobo Arenas, la columna que dirigía Carlos Patiño, uno de los más aguerridos comandantes guerrilleros del occidente del país.

Hasta ese momento su actividad principal había sido el orden público. Marchar y combatir, en una sucesión de acciones militares que sacudieron por años el occidente del país. Su ídolo, hasta el punto de considerarlo casi como su padre, había sido el camarada Carlos o Caliche, un hombre que nunca se alejaba de las patrullas del Ejército y que les había enseñado a vivir en medio del fuego. La gigantesca arremetida militar dispuesta por el Presidente Uribe había terminado por conducir la guerra de guerrillas en esa zona a una curiosa paradoja. La tropa se había tomado las montañas, la selva en la que habitaba y se protegía la fuerza guerrillera. Ésta se había salido de ella y operaba en terreno abierto, poblado, cerca de los pueblos y caseríos, contando para sus movimientos y accionar con el apoyo masivo de la población campesina, indígena y negra.

Ahora se le antojaba que su experiencia iba a ser muy distinta. Por su formación militar y de continuo combatir, sería un buen refuerzo, junto con sus dos compañeros, para la seguridad que requería el Camarada Alfonso. Pero él también sabía de otras cosas, conocimientos que había adquirido en su vida civil, antes de ser guerrillero. Era bachiller y tenía en su haber diferentes cursos, de electrónica, de sistemas, de diseño gráfico, hasta sastrería había aprendido alguna vez. En el parecer de Carlos, su comandante, aquellas habilidades le serían muy útiles con su nuevo jefe. Sobre él en realidad conocía muy poco. Que era integrante del Secretariado Nacional, un cuadro político de enorme talento, el encargado de los Comandos Conjuntos de Occidente y Adán Izquierdo, pero sobre todo que permanecía en la más absoluta clandestinidad. Nadie podía afirmar que lo había visto después que finalizó el despeje que facilitó los diálogos en el Caguán. Su paradero era un verdadero misterio. Personalmente, él no lo había visto nunca.

Aquella marcha fue dura, sobre todo en los días finales, cuando los desplazamientos sólo tuvieron lugar en las noches. Estaba claro que aquello obedecía a la previsión de que ninguno de los que llegaban pudiera precisar el terreno por el que transitaban. La última marcha se efectuó en la oscuridad total, nadie podía encender una linterna, avanzaron durante horas por entre las tinieblas, hasta que a eso de las tres de la madrugada llegaron a un campamento. Fueron recibidos por un mando que los saludó cordialmente y les enseñó el lugar donde dormirían.

Para su satisfacción, les tenían caletas preparadas, camas hechas con tablas y muy bien carpadas. Se acostaron rendidos. Pero una media hora después Boris sintió que lo estaban despertando. Era el mismo mando que los había recibido, quien le transmitió la orden de levantarse y bañarse. No podían acostarse a dormir sin haber tomado un baño. Aquello era increíble, se hallaban en lo alto de una cordillera, muy cerca al páramo, la temperatura era bajísima. Muy pronto le fue despejada la idea de que se trataba de una broma. Era una orden inapelable del Camarada Alfonso. Pronto fueron conducidos al bañadero, un sitio arreglado con tablas y con mangueras que conducían el agua hasta unas grandes canecas. Tendrían que lavar la ropa y bañarse empleando unas totumas. El agua estaba tan fría que parecía paralizar la circulación de su sangre. Ninguno salía del asombro. Provenían de una unidad de orden público, acostumbrados a acostarse a dormir sudados tras una larga marcha, en la que de algún modo el baño y el lavado de la ropa representaban un problema y por tanto su exigencia no era mucha. ¿Qué problema habría en bañarse en la mañana siguiente? Su bienvenida sirvió para ilustrarles el grado de disciplina que imperaba en su nueva unidad.

En palabras de Boris, él no puede responder realmente de dónde es. Su familia se mudaba de una a otra ciudad con frecuencia, como gitanos, sin hacer nunca asiento fijo en una de ellas. Pese a ello, en un colegio público y otro logró terminar la secundaria, apenas con quince años de edad. Para entonces vivían en Bogotá y sobrevivían como vendedores ambulantes. Su familia dominaba un arte, la hechura de muñecas de maíz, una delicada artesanía que les permitía transformar en lindas piezas las tusas de las mazorcas. Las autoridades distritales habían declarado una guerra abierta a las ventas ambulantes, dando lugar a un drama social, familiar y policial de hondas repercusiones, con el que sin embargo se mostraban indiferentes por completo.

El fenómeno desbordado del paramilitarismo en las zonas rurales, con sus masacres y desplazamientos forzados, obligaba a miles de familias a emigrar sin ningún recurso a la capital. Y esas pobres gentes no encontraban otro medio para sobrevivir que las ventas callejeras de cualquier cosa. Igual sucedía con numerosas familias de bajos ingresos cuyos miembros no hallaban empleo alguno para vivir. Los andenes de calles y avenidas del centro de la ciudad  y otros barrios se habían convertido en ferias populares en donde la informalidad era la regla. La orden terminante de las autoridades era despejar todos esos lugares con independencia de la suerte que aguardaba a los miles y miles de desdichados.

Era esa la realidad que rodeaba a Boris cuando apenas comenzaba a tener conciencia real del mundo en que habitaba. La convivencia diaria con tantos otros vendedores le permitía conocer sus historias. La forma como les habían arrebatado sus tierras y bienes en remotos lugares del país. El terror que se vivía por el accionar paramilitar. La complicidad descarada de éste con la Policía y el Ejército. La situación de orden público en sus territorios como consecuencia de la confrontación declarada entre las guerrillas y el gobierno. Las razones para su huída, la forma cómo lograban hacerse a las pequeñas mercancías que ofrecían en las calles. El hambre, la falta de techo y la desolación en que vivían sus familias. Dolorosos dramas que despertaban su solidaridad.

Por eso aprendieron a organizarse para su defensa. Los grupos de vendedores ambulantes que ocupaban las aceras disponían de muchachos jóvenes que hacían de guardias en las esquinas, pendientes de cualquier aproximación de las patrullas policiales. A su voz de alerta, todos procedían a recoger a toda prisa sus mercancías y retirarse del lugar. Era una victoria ver llegar las bandas de policías a una calle completamente despejada y observar su desconcierto. Pero no siempre funcionaba aquello, y también resultaban sorprendidos en el momento más inesperado. No había otro recurso que pelear para defender lo suyo. Los agresivos policías llegaban como hordas a arrojar todo al piso y pisotearlo, a golpear a los hombres, mujeres y niños, a robarles sus precarias mercancías. Nada ofendía más que verlos al final de sus operaciones repartiéndose entre ellos el botín, festejando y celebrando entre risas sus hurtos miserables e impunes.

Un día corrió un rumor entre los vendedores. En el lejano Caguán, dentro del proceso de paz que cursaba entre el gobierno de Pastrana y las FARC, se celebraría una audiencia que se transmitiría por la televisión y la radio públicas a todo el país, en la que los buhoneros y todo el sector informal de la economía podían dar testimonio de su situación y plantear su propias alternativas de solución al problema que vivían. Daba miedo, se decían tantas cosas de las FARC en la radio, la televisión y la prensa escrita, se las pintaba como una organización envilecida y dedicada al pillaje. Había temor de acudir ante ellas en su santuario del Caguán. Pero había voces que animaban, que invitaban a conocer la verdad, que preguntaban qué otra alternativa había. Boris abordó un bus de los que recogían el personal que se trasladaría a la audiencia, frente a la Universidad Nacional, entusiasmado por un grupo de jóvenes que se alistaban a viajar y convidaban abiertamente a los paseantes a acompañarlos.

Lo que vivió durante los dos o tres días que permaneció en Los Pozos, el lugar de la sede de los diálogos, le resultó absolutamente revelador. Había una enorme cantidad de muchachas y muchachos, casi tan jóvenes como él, uniformados de modo impecable y bien armados, que se comportaban de un  modo tan amable y sencillo con la gente, que conversaban con ella y le explicaban las razones de su lucha y el por qué de sus actuaciones. Además había unos jefes, unos hombres y unas mujeres un poco mayores, de apariencia y ademanes tan decentes, que reunían grupos de personas y les daban largas charlas acerca de la situación del país y las soluciones que se requerían para hacer de él una Nueva Colombia. Permitían que se les preguntara de todo, cualquier cosa que fuera, y siempre respondían de manera tan clara, tan cordial, tan cariñosa, que al final todo cuanto había oído sobre la guerrilla en su vida se derrumbó por completo. Boris recordaría para siempre a Iván Ríos, un comandante cuya sencillez lo impresionó profundamente.

Así como tampoco pudo olvidar lo que observó en el momento de abordar el bus para el regreso. Por lo menos la mitad de los jóvenes que habían subido al bus en Bogotá para ir hasta el Caguán, manifestaron su decisión de quedarse allí para sumarse a la lucha de los guerrilleros. Era tanta su emoción y alegría al hacerlo, que el propio Boris tuvo la tentación de sumarse a ellos. Le faltó poco para decidirse. Un tiempo después su padre le hizo el comentario de que se había encontrado con un viejo amigo por casualidad, y que en su conversación aquél le había contado que tenía un hijo desaparecido desde hacía muchos años. Creía que lo habían secuestrado y quizás asesinado. Pasados unos meses, su padre volvió a comentarle que por casualidad se había enterado del paradero del hijo de su amigo. No había sido secuestrado, sino que se había sumado a las filas de las FARC en el Cauca. Por alguna razón, él había logrado el modo de contactarlo. Y lo convidó a acompañarlo hasta donde se hallaba, para entrevistarse personalmente con él.

Resultó cierto. Se trataba ni más ni menos que de Jaime, un respetable mando de la columna Jacobo Arenas de las FARC. Conversaron con él durante horas, mucho más en confianza que como lo había hecho Boris en el Caguán con otros guerrilleros. Escucharon el testimonio directo de un combatiente de muchos años en las filas guerrilleras, de sus impresiones sobre la realidad del país,  sobre la vida en las FARC y la guerra, sobre sus sueños de un país libre de injusticias y crímenes. Aquello resultó irresistible para Boris, había encontrado su destino. Pidió el ingreso y se quedó en el departamento del Cauca, en sus montañas, bajo las órdenes de Carlos Patiño, Caliche. No le resultó tan fácil. Pese a su origen humilde era un muchacho citadino, que nunca había puesto un pie en el campo, que nada conocía de la vida en el mundo rural y además en medio de la guerra. En Bogotá, trabajaba de día en las calles y en las noches se inscribía a uno y otro curso en academias e institutos. Ahora estaba en la selva, en un medio completamente distinto al suyo, y en una unidad de orden público, donde se formaban los guerrilleros más duros de carácter.

Se trataba de una historia demasiado larga para contársela así de un golpe al Camarada Alfonso. Después de aquel baño doloroso y de haber regresado a dormir por un par de horas, se despertó en un campamento cuidadosamente organizado, en el que el silencio parecía ser la nota dominante. Pasado el desayuno, él y sus dos compañeros de viaje fueron conducidos hasta la oficina de su nuevo jefe. Los recibió de modo amable, aunque su mirada estaba cargada de interrogantes. Una vez sentados frente a él, les preguntó sin mayores vueltas quiénes eran ellos. El lugar era frío y húmedo, algo oscuro, y el Camarada se veía corpulento y serio, de ceño fruncido, hasta cierto punto intimidante con su barba larga encanecida y su mirada penetrante que parecía escarbar dentro de cada uno de ellos. Su dedo índice derecho se dirigía con frecuencia a sus gafas de montura grande, para alzárselas con un leve movimiento. Igual a como se sintieron tras el baño frío, al salir de aquella primera entrevista tuvieron la sensación de hallarse en una unidad muy distinta a la suya, en la que el régimen interno tenía que ser demasiado estricto.

A  Boris, que venía de la columna Jacobo Arenas, una fuerza considerable en número y poder, en la que la vida transcurría en un movimiento permanente de un lado a otro, aquella nueva situación se le antojaba angustiosa. Al salir de su unidad, el camarada Caliche les había dicho que su misión les tomaría más o menos un año. Ellos ya eran guerrilleros curtidos, sabían lo que en las FARC significaba eso. Pero es que además se trataba de una unidad muy pequeña, quizás quince o un poco más combatientes. Para ellos en adelante fue la escuadra. Y por lo que veían, muy poco se movían de un lugar a otro. Quizás una vez cada año o dos. Y no veían mujeres en ella, salvo un par que se hallaban comprometidas con sus parejas hacía lustros. Su suerte les parecía lamentable. Por lo que entendían, los integrantes de esa escuadra llevaban muchísimos años en ella, el más nuevo sumaba ya ocho y ninguno creía en la posibilidad de un eventual traslado.

Lo más impresionante era la soledad del Camarada Alfonso. Permanecía todo el tiempo en su oficina, a un lado de su dormitorio, leyendo, examinando documentos o escribiendo en el computador portátil. Ningún civil entraba a visitarlo nunca, y sólo recibía a mandos guerrilleros de los comandos o frentes que se hallaban bajo su directa responsabilidad, los cuales llegaban siempre solos. Dejaban sus escoltas a gran distancia, en algún campamento en el que los esperaban los guías de la unidad para conducirlos hasta donde su jefe. Terminada su misión volvían a ser escoltados hasta allá por los guías. Éstos tenían prohibido el contacto con integrantes de cualquier otra unidad guerrillera. Prácticamente la existencia de esa unidad y la presencia del Camarada en ella era un secreto total. Las relaciones del Camarada se limitaban a su pareja, Patricia, con quien convivía hacía muchos años, y a los guerrilleros que conformaban su tropa. Sus contactos con el mundo externo eran sostenidos por algunas muchachas de toda su confianza, que hacían las veces de correos tanto con otros comandantes importantes como con civiles en las ciudades lejanas.  Vivían como en una burbuja, aislados del resto de la sociedad, aunque esos contactos de afuera le suministraban constantemente libros, revistas, documentos, películas, documentales, videos de actualidad y audios que les permitían permanecer al día.

Desde un principio Boris y los otros aprendieron que en la unidad del Camarada Alfonso reinaba un ambiente muy distinto al que conocieron en la suya. En la columna Jacobo Arenas no había mucho tiempo para la formación ideológica y política, mientras que aquí el énfasis estaba puesto en ello. Principios como la solidaridad, la fraternidad, la rigurosa igualdad, el respeto, la economía de recursos, el criterio proletario en el gasto, la preocupación por la superación ideológica, política y cultural dominaban la vida colectiva. El Camarada era muy estricto en eso, inculcaba y exigía en el personal una mentalidad revolucionaria. Todos debían preocuparse por anchar sus miras, por entender lo más que pudieran la realidad del país y el mundo circundantes. Se sancionaba cualquier incorrección con trabajo material y sobre todo con el ejercicio de la autocrítica.

Pese a ello había bastante trabajo material para desempeñar en su vida cotidiana. La seguridad se consideraba prioritaria. Exploraciones permanentes por toda el área que los rodeaba, misiones de correos a otras unidades muy lejanas, sin entrar nunca en ellas sino recogiendo en sitios previamente acordados los envíos o dejando asimismo lo que se iba a entregar. El aprovisionamiento continuo de intendencia y economía, que igualmente otras unidades se encargaban de depositar en algún distante lugar de la montaña, de donde ellos las recogían para llevarlas hasta su campamento. Había que marchar mucho y con pesadas cargas encima. Movían armas, explosivos y parque entre distintos parajes empleando siempre igual método. Las tropas antiguas del Camarada eran duchas en eso, muy fuertes y rápidas, hasta el punto de emplear dos y tres horas menos que Boris en los desplazamientos.

El Camarada nunca lo criticó por eso, antes lo animaba a mejorar, estaba seguro que él terminaría haciéndolo tan bien o mejor que los otros.  Boris observaba que en la unidad se producía material audiovisual, videos, pequeños documentales. Los veía cuando el Camarada se los presentaba, pensando siempre en hacerlos circular por el resto de la organización. Pero también se percató de que salvo las incursiones personales del Camarada en ese campo, no existía un trabajo dedicado y permanente en ese sentido. La mayoría de materiales eran elaborados fuera del campamento, probablemente en la ciudad. Él sabía que tenía conocimientos para trabajar en eso, pero temía plantearlo, era claro de que tenía que ganar credibilidad y de que debía cuidar que no se malinterpretara su intención, en las FARC no era difícil que los superiores pensaran que el combatiente estaba buscando un modo de vida más cómodo.

Por fortuna el Camarada Alfonso era un hombre abierto a la innovación, un convencido de la necesidad de incorporar los más modernos avances tecnológicos en nuestra labor de educación y difusión propagandística. No fue tan difícil encontrar la ocasión de conversar con él sobre ese aspecto. Y obtener la oportunidad de mostrar lo que era capaz de hacer. En poco tiempo le fue dotado un computador portátil y le fueron consiguiendo los programas necesarios para el trabajo de edición y producción de videos. El Camarada confió en él y lo apoyó sin duda. Pero muy en su estilo. Salvo cuando tenía que dictar cursos de propaganda a otras unidades, para lo cual se desplazaba del campamento a otros lugares lejanos, los trabajos en materia audiovisual tenía que realizarlos después de cumplir con todas las tareas cotidianas. La guardia, las remolcadas, las exploraciones. A veces Boris miraba con nostalgia a los compañeros suyos que llegaban de remolcar exhaustos, tendidos en sus caletas oyendo música y descansando, mientras que él tenía que sacar sus equipos de edición y ponerse a trabajar porque tenía que aprovechar el tiempo.

Ese ritmo de trabajo nunca le fue modificado por el Camarada, quien siempre le insistía en la necesidad de dar más, en la capacidad del ser humano para crear y producir en las condiciones más difíciles, en la importancia del sacrificio personal. El día antes del bombardeo y la operación con la que el Ejército logró dar de baja al Camarada, éste le había confiado la tarea de editar un video sobre la emboscada en La Solapa, una acción militar de la columna Jacobo Arenas, en la que habían perecido en la montaña un número elevadísimo de soldados profesionales que entraron en una gigantesca trampa con explosivos. El Camarada quería que se difundiera la noticia con pruebas irrefutables, pues por la dimensión del golpe el Ejército iba a ocultar semejante fracaso de sus brigadas móviles. La noche anterior le dio a Boris las últimas instrucciones, y le advirtió que orientaría que le pusieran el primer turno de guardia, para que tuviera el resto de la mañana libre para trabajar. Boris dejó el computador conectado y los discos listos en su caleta para comenzar a trabajar en cuanto cumpliera su turno. Nunca pudo llegar. La operación se inició un poco después de las ocho de la mañana, y tras la primera explosión él voló unos cuantos metros hasta una cañada de donde apenas tuvo tiempo de retirarse. Todavía sonríe al recordar que ni siquiera por las urgencias del trabajo era excluido de la guardia.

Para Boris su estadía en esa unidad tuvo dos etapas claramente definidas. Una primera, que duró casi dos años desde su llegada y que terminó con la muerte del Camarada Manuel. Y una segunda en la que el Camarada Alfonso se convirtió en el jefe máximo de las FARC. Antes de la muerte de Manuel Marulanda existía presión militar sobre el sur del Tolima, pero la situación no era tan apurada. La presencia del Camarada en el área de Marquetalia era desconocida por el enemigo, quien apuntaba todos sus fierros hacia el cañón de Las Hermosas, en donde aseguraba que se hallaba Alfonso Cano y en cuya cacería se empeñaba. Pero en cuanto se convirtió en jefe de las FARC-EP, fue notable el incremento de la presencia militar del Ejército en el páramo y su incesante labor de penetración uno por uno a todos los cañones que descolgaban de lo más alto de la cordillera. Poco a poco el cerco se fue incrementando y apretando. Si en un comienzo los combates con otras unidades se llevaban a cabo lejos, a medida que el tiempo corría comenzaron a hacerse más cercanos. Así también los bombardeos y desembarcos continuos. Al final los disparos de cañón de 105 o 120 milímetros casi nunca cesaban, y desde los campamentos se oían silbar las bombas que caían en las inmediaciones o pasaban de largo.

Durante buena parte de esta segunda etapa el Camarada Alfonso se vio recompensado en sus preocupaciones por la compañía muy grata para él del Camarada Pablo Catatumbo. Se oía decir que se conocían desde cuarenta años atrás y eran muy buenos amigos. Su presencia en la unidad se correspondió más o menos con la muerte del Camarada Manuel. Boris recuerda que él escuchó por la radio la noticia de su muerte y corrió alarmado a comunicársela al Camarada Alfonso, quien se hallaba en compañía de Pablo. El Camarada quiso conocer todos los detalles de lo escuchado, y Boris le contó las palabras del ministro de defensa acerca de una grabación interceptada a las FARC, en la que se informaba el hecho y donde además se aseguraba que el nuevo comandante de las FARC era él. Ninguno de los dos camaradas dijo una sola palabra, sólo se miraron a los ojos con aire intranquilo.

En la noche, el Camarada Alfonso reunió a todo el personal de la unidad y les confirmó el hecho, producido un par de meses atrás y mantenido en secreto hasta entonces. También confirmó su nombramiento como Comandante de las FARC, expresando con mucha modestia que lo había asumido como un deber, una obligación imperiosa que el Secretariado en su conjunto había puesto sobre sus hombros y por la que él debía responder. En su parecer había otros con más méritos que él para ocupar ese cargo, que él asumía prácticamente como una orden. A su vez invitó a su tropa a colaborarle al máximo. Era obvio que el Estado lo ubicaría a él como su objetivo militar número uno, y eso significaba que toda esa unidad lo sería en adelante. Necesitaban cooperar al máximo para su supervivencia general. Con mucha disciplina y espíritu de sacrificio serían capaces de salir adelante. Todos se miraron a los ojos con preocupación. No cabía la menor duda. Se hallaban en el centro del país, rodeados de enemigos por todas partes, con la perspectiva de que el cerco sobre ellos terminara por cerrarse.

La compañía diaria del Camarada Pablo resultó muy positiva para Alfonso Cano. Se los veía reunidos desde muy temprano en la mañana, conversando de forma amena, analizando la situación de modo detallado, aun cuando el resto del personal no conociera de qué se ocupaban sus charlas. Fueron días difíciles, lo de la operación Jaque, los sucesivos golpes que fue recibiendo la organización en una y otra parte del país, coincidentes generalmente con la muerte de valiosos cuadros y las pérdidas de numerosas vidas por obra de los bombardeos. Sin embargo el ánimo del Camarada no decayó ni siquiera por una sola vez. Producía documentos y circulares con destino al resto de la organización, e incluso videos y saludos para distintos eventos políticos. Se mostraba seguro de que el enemigo no podría darlo de baja.

Si se buscara una palabra para definir como cuadro al Camarada Alfonso, Boris no vacilaría para elegir ejemplar. Incluso piensa en el Che Guevara, un revolucionario de dimensiones míticas, elevado por los cubanos casi a la leyenda por sus condiciones ideológicas y humanas. Cree que el Camarada Alfonso puede comparársele con sobrados méritos. Fue un comunista irreprochable en todo sentido. Convencido al extremo de la causa de la revolución y el socialismo, anticapitalista y antiimperialista a ultranza, un pensador profundo que diseccionaba la realidad para extraer siempre de ella los elementos positivos para el adelanto de la lucha, poseedor de una calidad humana a toda prueba. Y que entregó su vida como el Che por sus ideas y su pueblo.

No vio Boris en él los defectos o errores que conoció en otros mandos de las FARC. Su moderación en todo sentido estaba fuera de dudas. Enemigo de beber en demasía, había dejado el cigarrillo muchos años atrás de manera radical, nadie le conoció nunca una inclinación por otra mujer que no fuera su compañera, ajeno por completo a la comodidad personal o cualquier forma de privilegio, investigador y estudioso por excelencia, dueño de una honestidad personal a toda prueba, capaz de cumplir sin la menor queja las más duras faenas físicas en la montaña, valiente hasta la temeridad en las complicadas situaciones de la guerra, sencillo, humilde, conversador animoso y risueño en cuanto se lo proponía, solidario con las angustias y problemas de los demás, sobre todo con sus subordinados, excelente consejero y amigo. Eso sí, absolutamente hermético en cuestiones de información que considerara reservada. Jamás violó la norma de la compartimentación, ni siquiera con sus allegados de más confianza.

Por su parte Boris no acaba de desentrañar el enigma que representó para todos los que lo acompañaron en el último año de su vida, el modo como el Camarada Alfonso enfrentó la arremetida militar desenfrenada contra él y la unidad que lo acompañaba. Era el Comandante en Jefe de las FARC-EP y contaba con el aprecio y el respaldo de todo el conjunto de los guerrilleros y mandos de la organización. Podía haber ordenado que un sin número de unidades acudieran en su respaldo desde cualquier parte del país, o al menos desde los bloques más cercanos. Para los combatientes de las FARC nada representa mayor motivo de orgullo que enfrentarse al más aguerrido de los enemigos en defensa de sus jefes más importantes. Compañías móviles, columnas, frentes hubieran arribado entusiastas a protegerlo al riesgo que fuera. Pero él ni siquiera consideró esa posibilidad.

Sabía que en todas partes la guerra era intensa y que las unidades la estaban enfrentando con singular valor conforme a los planes de sus superiores. ¿No quiso perturbar de alguna forma el cumplimiento de esos planes? No hay quien lo responda. Lo cierto es que el Camarada no sólo no quiso pedir ayuda a nadie para salir del atolladero en que se hallaba, sino que terminó por concluir que entre menos unidades anduvieran con él tendría más posibilidades de evadir el cerco. Al final fueron sólo doce, incluyéndolos a él y su compañera, los que enfrentaron la parte más dura de la persecución que se libró en las faldas del nevado del Huila. Existen muchos indicios acerca de la forma como el enemigo consiguió ponerse casi encima suyo durante meses enteros. Indisciplinas cometidas por algunos de sus acompañantes, traiciones que sólo se conocieron después,  debilidades sentimentales del mismo jefe. Con sus perros, por ejemplo.

Pero por asombroso que pueda parecer, el Camarada y sus escasos acompañantes lograron evadir todas, absolutamente todas las maniobras del enemigo para darlos de baja. Incluso enfrentándose a tiros con los comandos de fuerzas especiales que penetraban sigilosamente en la jungla a darles cacería. Ninguno de los bombardeos cumplidos en el sur del Tolima logró acertar con exactitud su posición, no hubo desembarco de tropas que lograra encerrarlos, ninguno de los sabuesos que anduvieron tras ellos logró impedir que les perdieran el rastro. Los sustos y las sorpresas fueron muchos, los momentos de hambre y fatiga incontables, pero las palabras siempre llenas de ánimo y esperanza por parte del Camarada, su fe en que saldrían victoriosos, obraban como bálsamos capaces de inyectar la más poderosa decisión de salir indemnes. Boris cree que lo que el Camarada Alfonso pretendió, pese al peligro que representaba para él su proceder, fue dar un ejemplo a todos los combatientes de las FARC. Con coraje, con alta moral, con disciplina, podían superarse siempre las más difíciles situaciones. Nadie podría acusarlo jamás de haber sido débil, de no confiar en sus fuerzas, de pedir socorro a otros que quizás pasaban sus mismas desventuras.

Después de la partida del Camarada Pablo para el Valle, tras haber pasado casi tres años juntos en el sur del Tolima, salida que fue precipitada por la acentuación de las operaciones militares, el Camarada Alfonso volvió a quedar más sólo que nunca. Su contacto con las FARC era el radio de comunicaciones, y su contacto con el mundo los radios transistores que portaban los combatientes para escuchar las noticias. Su férrea disciplina le impedía comentar cualquiera de sus preocupaciones importantes en materia política o militar  con sus subordinados. Sólo en sus intercambios radiales con algún otro miembro del Secretariado tenía oportunidad de exponer libremente sus ideas, con las limitaciones de espacio y tiempo correspondientes. Pese a ello un buen día le expuso a sus acompañantes, que se habían iniciado aproximaciones con el gobierno de Juan Manuel Santos, a objeto de entablar conversaciones encaminadas a conseguir una salida política al conflicto. La iniciativa provenía del Presidente y los contactos estaban marchando. Sin embargo él veía claro que la intención del gobierno era arrojar su cadáver sobre la Mesa antes de iniciar los diálogos. Después compartiría esa misma reflexión con el Secretariado.

Lo paradójico de la epopeya que culminó finalmente con la muerte del Camarada Alfonso, fue el hecho de que se hubiera producido por fuera del área donde fue perseguido durante años de manera implacable, y en el momento en que se hallaba más fuertemente resguardado en los últimos años. Quizás el Camarada Alfonso quiso emular la salida de Manuel Marulanda y los suyos de la región de Marquetalia casi medio siglo atrás, porque también él fue a dar a la región de Riochiquito en el Cauca, dándole casi la vuelta al nevado del Huila. Lo hicieron trochando, rompiendo el monte por entre el rucio y los páramos, con aviones cazas, helicópteros artillados y avionetas de reconocimiento encima todo el tiempo. Al final lograron adentrarse en el Cauca, cruzar la carretera Panamericana y el río, montarse en la cordillera occidental dejando en el recuerdo la cordillera central de sus últimas desdichas.

Lograron contactarse con el Bloque Móvil y la Columna Jacobo Arenas, las dos más poderosas fuerzas de combate que tenían las FARC en el occidente del país. Mimetizados entre la población civil permanecían en una zona habitada, el camarada con los suyos al centro y los otros protegiéndolo a doscientos y cuatrocientos metros de distancia. Pero el 4 de noviembre cayeron por primera vez las bombas justo en su campamento. Y se desató sobre el área un verdadero infierno de explosiones, fuego y metralla. Casi simultáneamente con el estallido de las bombas comenzó el asalto por tierra contra el lugar. Fuerzas especiales del Ejército habían logrado ubicarse camufladas con el monte a poca distancia, sin ser detectadas por las exploraciones de la guerrilla.

Casi enseguida sobrevinieron los desembarcos. Lo último que supieron fue que en la retirada de la vivienda que ocupaban, el camarada vio a Efraín, su oficial de servicio y hombre de absoluta confianza, avanzar por un monte cercano y decidió abandonar a quienes lo acompañaban para seguir tras él. Continuaron cayendo bombas y nadie sabe lo que sucedió luego. En la noche se hizo pública tras toda una serie de especulaciones infundadas, la muerte del Camarada Alfonso, por cuenta de una ráfaga de fusil disparada contra su cuerpo. Hay una curiosa semejanza entre su muerte y la del camarada Jorge, el Mono. Por tierra hubiera sido imposible aproximarse hasta ellos. Contaban con fuertes cordones de seguridad. Pero hubo la precisión exacta sobre su ubicación, lo cual permitió las exitosas operaciones aéreas. Una verdad lamentable en la que necesariamente él tuvo que pensar antes de ser ajusticiado.

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