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viernes, 4 de noviembre de 2016

Retratos de Alfonso Cano (IV)

Escrito por  Gabriel Ángel


Retratos de Alfonso Cano (IV)
Pablo Catatumbo: la muerte de Alfonso Cano es un hecho absurdo que en sana lógica jamás debió producirse


En buena medida aquello se debía a que Bateman jamás perdió el afecto de Jacobo Arenas, quien pese a la defección de su hombre de confianza, siguió sintiendo por él una especial simpatía y admiración. Por entonces Catatumbo se encargaba de tareas en la ciudad y en el curso de una de ellas recibió una llamada de los del M-19, para acordar una cita frente al almacén Sears de la capital del país. Un automóvil pasaría a recogerlo. Algo molesto porque la espera se prolongaba más allá de lo conveniente, Catatumbo escuchó un silbido y una voz que lo llamaba por su nombre. Al volver la vista no pudo creer lo que veía. El propio Bateman, conduciendo un vehículo, lo invitaba por la ventanilla a acercarse a él.

Se trataba sin duda del hombre más buscado del país. Sus fotografías aparecían en todos los diarios y revistas, sus imágenes hacían parte del contenido de cada noticiero de la televisión. Y lo más sorprendente era que ni siquiera disimulaba su apariencia. Su cabello estilo afro, su bigote poblado, su sonrisa y su estilo abierto podían ser reconocidos por cualquier transeúnte. Pero a Bateman aquello parecía no importarle. Conduciendo sin ninguna clase de prevenciones, como cualquier padre de familia que fuese a recoger a su hija a la salida del colegio, convidó a Catatumbo a conversar en un Cream Helado que existía en la avenida Caracas con 28. Ahí, sentados a la mesa igual que dos viejos amigos, tuvo lugar su entrevista mientras los demás clientes del negocio pasaban por su lado conversando con indiferencia.

Milagrosamente nadie lo reconocía. Y Bateman reía divertido ante los comentarios que sobre su imprudencia le hacía Catatumbo. En su opinión, el mejor sitio para esconderse era a la vista de todos, donde nadie imaginaría jamás que podía encontrarse. El hecho de que nunca hubiera sido detenido por las autoridades, tendía a demostrar la veracidad de semejante consigna. Claro, Alfonso Cano, el Comandante en Jefe de las FARC, era un hombre con una personalidad muy distinta a la de Bateman. Sin embargo Pablo Catatumbo cree que debió pensar algo igual cuando se refugió en la vereda Chirriaderos, en el municipio de Suárez, Cauca, en medio de la población civil. Es que Cano nunca estuvo tan protegido en los últimos años de su vida. La columna Jacobo Arenas y el Bloque Móvil se hallaban ubicados a corta distancia de él, y solamente sus comandantes conocían de su estadía allí. Pero ciertamente se hallaba demasiado afuera, lejos de las montañas y las selvas que tan seguro cobijo le suministraron en los años anteriores.

Ni siquiera Catatumbo, el miembro del Secretariado más cercano a él, su mano derecha y hombre de entera confianza, se hallaba enterado de que Alfonso Cano se encontraba por aquellos lares. De haberlo sabido, dice, hubiera movido cielo y tierra para conducirlo a otro sitio, pero sólo tuvo conocimiento de ello cuando se divulgaron las trágicas noticias sobre su muerte. Alfonso Cano era un hombre supremamente disciplinado, que compartimentaba en grado extremo la información. Salvo sus propias tropas, que no sumaban una docena de combatientes, y los dos mandos mencionados, nadie más, se suponía, se hallaba al tanto de su posición.

Los campesinos que habitaban en los fundos aledaños sólo por casualidad hubieran entrado al predio en cuya humilde vivienda se alojaba Cano desde tres semanas atrás, pero de hacerlo apenas se hubiesen enterado de que por allí se encontraba una pequeña comisión de guerrilla, uno de cuyos mandos se encargaría de atenderlos cortésmente, sin la menor posibilidad de que el extraño pudiera acercarse siquiera a la vivienda. Catatumbo aún se indigna al recordar la muerte de Alfonso Cano, un hecho absurdo que en sana lógica jamás debió producirse. Es cierto, todo tiene su explicación, pero es que el jefe de las FARC acababa de realizar la más grande hazaña cumplida por jefe guerrillero alguno en Colombia, incluido Manuel Marulanda. Él, acompañado únicamente por 10 combatientes, había roto los cercos más rigurosos que el Ejército colombiano había montado contra alguien en toda la historia del conflicto colombiano.

Primero fueron doce mil quinientos hombres los que se emplearon para copar la Cordillera Central y cada uno de los cañones que caían hacia los departamentos de Valle, Cauca y Huila en el sur del Tolima. Después los propios mandos militares hablaron de treinta y cinco mil hombres, con todos los recursos tecnológicos y económicos a su favor, empleados en la implacable cacería del jefe de las FARC. Una vez dieron de baja en la serranía de la Macarena al Mono Jojoy, el colosal comandante del Bloque Oriental de las FARC, los generales indicaron que lo principal de la fuerza de tarea Omega empleada para golpear ese objetivo, se destinaba en adelante a reforzar el cerco contra Alfonso Cano en el área general de Marquetalia.

Las partidas de fuerzas especiales que penetraban secretamente en la jungla a fin de localizar su objetivo, en más de una ocasión se enfrentaron al fuego de la guardia de Cano, sin poder llegar hasta él. Los bombardeos, los desembarcos, los asaltos por aire y tierra cumplidos a fin de darle cacería, solamente durante los años 2010 y 2011, fueron tan numerosos, tan continuos y tan devastadores, que nadie puede justificar por qué no lograron su cometido. Alfonso Cano y su escuadra de guardia evadieron y burlaron por entre selvas y páramos las incontables y temibles operaciones militares dirigidas por mandos norteamericanos. Sin que ninguno de los expertos lograra entender cómo, el sigiloso jefe de las FARC-EP, inspirado en una epopeya semejante librada por Manuel Marulanda y los marquetalianos casi medio siglo atrás, en condiciones muy distintas, que no pueden equipararse a las soportadas por él, logró escabullírseles como el agua entre las manos, en una gesta de incomparables méritos épicos y revolucionarios.

Apenas dos meses después, a centenares de kilómetros del sur del Tolima, resguardado por las fuerzas más combativas de las FARC, el Camarada Alfonso resultó víctima de una única operación de precisión, cumplida tras un bombardeo aéreo, un desembarco y un asalto por tierra, en medio de unas condiciones infinitamente más favorables a las vividas durante el infierno que soportó para salir del cerco en el Tolima. Si el Ejército no hubiera podido golpearlo mortalmente como lo hizo ahí, Alfonso Cano, tras su gesta en el sur de aquel departamento, se hubiera convertido en un hito de la lucha guerrillera no sólo en Colombia, sino en el continente y el mundo. Nadie hubiera podido impedir el crecimiento de su prestigio. La leyenda de Marquetalia que dio origen a las FARC en 1964, se hubiera replicado gigantesca e irrefrenable tras semejante victoria.

El tiempo se ha encargado de develar secretos, como las indisciplinas de algunos de los miembros de su tropa, que efectuaron llamadas telefónicas desde su propio campamento, por encima de la absoluta prohibición al respecto. La deserción y posterior captura en Bogotá de un guerrillero que había servido como guía en el traslado de Cano, quien terminó trabajando con el Ejército y haciendo parte del contingente de hombres que cumplió el asalto final. La posterior liberación de la compañera del indio Efraín, oficial de servicio de Alfonso, condenada a decenas de años de prisión, cuya hija le fue secuestrada por la Policía, y empleada para presionar a su padre a fin de que llamara a escondidas y con frecuencia a la cárcel. Las mismas declaraciones de este último tras su captura en los hechos que condujeron a la muerte del jefe de las FARC. Detalles, indicios que se suman uno a otro y se asocian con muchos más, que develan la trama que permitió al enemigo conocer la ubicación exacta de su objetivo. Un crimen, que incluso por las condiciones políticas de diálogos confidenciales en desarrollo con el gobierno de Santos, no debió ocurrir jamás.

Hablamos de pensamientos amargos, dagas hundidas en el abdomen que giran a diestra y siniestra, punzones dentados clavados en el corazón. Por eso conviene referirse a otros tiempos. A los alegres de la loca juventud. Catatumbo conoce a Cano por obra de la Juventud Comunista. Su diferencia en años era de cinco, muchos cuando se es aún muchacho, determinantes desde entonces para mantener frente a él una posición subordinada que permanecerá así hasta el final de su vida. Alfonso, por entonces Guillermo, es un estudiante de la Universidad Nacional, cuadro en formación, alegre y dueño de sí, poseedor de un finísimo sentido del humor, amigo del buen vestir, enamorado de la música salsa, lector consumado, de trato encantador, admirado y querido por las chicas de su edad, amante del deporte y en especial del fútbol, seguidor furibundo de los Millonarios, el ballet azul de la capital del país.

Demasiado mayor para ser propiamente un amigo de Pablo. Pero que en cambio mantiene una amistad entrañable con dos muchachos de su edad. Uno mayor que él un año apenas, pero que parece dominar en el trío cuando se trata del campo de la preparación intelectual y política. Se llama Leonardo Posada. El otro es Cruz, un pereirano que milita en la JUCO y se caracteriza por su ruidosa personalidad de risa incontenible. Con ellos sí que la goza Alfonso. Por su relación con los Millonarios, conoce personalmente al negro Senén Mosquera, famoso portero del club en sus mejores tiempos, quien inaugura la primera discoteca especializada en salsa en Bogotá. Allí escuchan la mejor música del Caribe recién entrada por Buenaventura al país. Cano la baila bien, al estilo de Bogotá, con sus pantalones finos de bota campana y sus botines de moda. Les gusta el licor, beben y fiestean cada vez que pueden. Y además son fanáticos de un juego que en principio parece incomprensible a Catatumbo, el póker, al que dedican largas veladas y en las que el ganador tiene el compromiso de invertir la ganancia en las botellas de trago que se requieran en la mesa. Pero los dos amigos de Alfonso también poseen la pasión por una música que a él le parece insoportable, los tangos y los boleros. Tiene que adaptarse a ellos, pues sus amigos alegan el derecho a ser complacidos como lo complacen a él con la salsa.

Cuando más logra Catatumbo aproximarse a Alfonso es en sus tiempos en Moscú. Ya Cano es un antropólogo graduado e incluso ex funcionario del Ministerio de Educación. Permanecen en la Unión Soviética durante algo más de año y medio, cursando su escuela internacional de la Juventud Comunista o Komsomol. Pablo ya tiene los dieciocho años, mientras Alfonso anda por los veintitrés y es el jefe de la delegación colombiana. Son compatriotas y hacen parte del grupo de setenta latinoamericanos enviados por los partidos comunistas de sus propios países a prepararse ideológica y políticamente. También hay africanos y asiáticos, así como europeos del este. De la Europa occidental hay sólo unos cuantos, en esos países domina una concepción de superioridad, se consideran a sí mismos muy desarrollados y en consecuencia sus nacionales no van a ir a estudiar en la Unión Soviética, adonde a su juicio llega es más bien gente de los países atrasados.

Mientras que Catatumbo hace sus primeros pinitos en materias marxistas, de las que medio conoce el Manifiesto Comunista y el Qué hacer, Alfonso y el grupo de sus camaradas más cercanos son estudiantes avezados en materias filosóficas y económicas. Año y medio después, Catatumbo siente que puede hablar con propiedad sobre cuestiones ideológicas con ellos, aunque reconoce que son más agudos y profundos que él. El tiempo es corto, no hay espacio para contar o registrar tantas anécdotas vividas por los jóvenes comunistas en Moscú durante aquellos inolvidables meses. En la residencia estudiantil están ubicados por pisos, los latinoamericanos en el tercero, los europeos en el segundo y así según la afinidad geográfica y cultural. Aquello impone distancias, porque además de las costumbres, la diferencia de idiomas establece barreras casi infranqueables. El lugar de mayor contacto es el comedor, un amplio salón en donde se sientan a tomar sus comidas más de doscientos estudiantes. Los latinoamericanos conforman una amplia hermandad por su comunidad de lengua e historia. Se hacen grandes amigos, comparten, parrandean. Pero en el comedor se puede tratar con jóvenes de otros lares, aunque sea a las señas.

De aquellos días queda un acontecimiento que merece recordarse por cuanto a la par que roza con las mejores historias de amor de la literatura universal, describe de manera exacta la personalidad de Alfonso Cano por aquellos días, al tiempo que testimonia esa singular condición humana que lo hacía inolvidable. Jóvenes, bohemios, amantes de la poesía y las novelas, los muchachos empleaban buena parte de su tiempo en el comedor, alabando la belleza de las jóvenes estudiantes que ingresaban al lugar por sus alimentos. Incluso solían organizar entre ellos, concursos para elegir la más bella entre todas. Polemizaban alegremente al ponderar las maravillas de la búlgara, la finlandesa, la brasileña o la vietnamita, cambiando el fallo sobre su reina favorita cada vez que aparecía una más impactante. Hasta que un día llegó al Komsomol, como cosa extraña, una pareja de estudiantes franceses, hombre y mujer, de cualidades muy especiales. Él vestía de modo impecable, fumaba pipa, lucía bigote de artista, peinaba su cabello con gomina y tenía en general unas maneras y un estilo que todos juzgaron excepcional. Ella los deslumbró por otro aspecto, ninguno de los exigentes jurados puso en discusión que se trataba de la mujer más bella que hubiera pisado jamás el instituto. Su nombre castellanizado era Eliana, y por sus maravillosas dotes no tardaron en apodarla como El Faisán, un ejemplar femenino fuera de serie.

Pese a que Eliana era sencillamente una de esas muchachitas de veinte años capaces de hacer echar la baba a cualquiera que se quedara mirándola unos cuantos segundos, poseía a su vez una enorme seguridad en sí misma, hasta el punto de resultar impermeable a los más ingeniosos embates de conquista de sus admiradores. Todos los estudiantes del Komsomol soñaban con ella, se derretían ante su presencia y no acababan de lamentar la razón por la que ella los ignoraba amablemente. Hasta que un día sucedió algo increíble. El grupo de allegados a Alfonso Cano decidió organizar una colecta para celebrar la navidad al estilo alegre de los colombianos. La fiesta general organizada por el instituto terminaba a las doce en punto, así que ellos pactaron su fiesta privada para las doce y media de la noche, en el cuarto que compartían en el tercer piso. Desarmaron y corrieron las camas para abrir más espacio, prepararon una especie de congeladores entre los dos vidrios que conformaban las ventanas del cuarto, consiguieron las botellas de licor, los alimentos, el reproductor de sonido y la música más tropical que pudieron juntar. De común acuerdo establecieron un código de conducta para no tener tropiezos y juraron que sólo quienes aportaron su cuota podrían ingresar a la fiesta como invitados.

Todo se cumplió como lo acordaron, salvo que a eso de las tres de la mañana se presentaron y pidieron ser incluidos una islandesa y algún estudiante escandinavo, que por señas manifestaron su atracción por la música. Ninguno se opuso a admitirlos. Bailaban salsa sin las suficientes parejas, incluso solos o acompañados por algún otro estudiante, bebían, reían, gozaban. A eso de las seis de la mañana, uno de los colombianos salió al usar el baño colectivo situado en el pasillo a unos cuarenta metros de la puerta del cuarto. En cuanto tocó la puerta al volver y le abrieron, extendió los brazos y pidió a los demás que lo escucharan. Su rostro reflejaba una expresión de satisfacción y asombro. Les aseguró haber encontrado al Faisán en el corredor, lavando su ropa en la máquina lavadora de ese piso. A señas ella le había dado a entender que desde allí alcanzaba a escuchar la música y que le agradaba. Entonces a él se le había ocurrido invitarla y ella había aceptado. En ese momento se encontraba en cuarto cambiándose de ropa, pero en cualquier momento aparecería. La novedad fue como una bomba los dejó a todos sobrios. Emocionados ante la inmediata presencia de la majestuosa Eliana, corrieron a barrer el piso y recoger el desorden para no causarle mala impresión. En cuanto ella ingresó al cuarto, se convirtió en el centro de la atracción general y los comentarios laudatorios.

Uno a uno los muchachos la fueron sacando a bailar, tras acordar entre ellos los turnos en que lo harían, pues al comienzo la cuestión casi se torna una avalancha. Ella no sabía bailar temas colombianos ni salsa, pero procuraba moverse al ritmo de la música con una desenvoltura angelical. Todos, incluido Alfonso Cano, bailaron con ella hasta que se cumplió la primera ronda general. Cuando alguno intentó iniciar una segunda ronda, Eliana les dio a entender que no. Si había bailado cumplidamente con cada uno de ellos, ahora ella elegiría por su propia voluntad con quién bailar. Ante la expectativa general se paró de su silla, caminó delante de todos, se detuvo frente a Alfonso y casi a la brava lo tomó de la mano conduciéndolo al baile. En adelante no quiso bailar sino con él. Semana y media después, Alfonso les pidió a sus estupefactos compañeros de cuarto que le ayudaran a trasladar sus cosas personales hasta el piso de abajo. A partir de entonces se convirtió en el envidiado compañero permanente de amores de Eliana. Hasta donde recuerda Catatumbo, terminados sus estudios, Alfonso pidió y obtuvo el permiso para viajar con ella hasta París, ciudad de enamorados eternos en la que compartieron las noches a la orilla del Sena durante mes y medio.

Algún tiempo después, con ocasión de un encuentro juvenil celebrado en la República Democrática Alemana, Alfonso Cano volvió a viajar a Europa, consiguiendo de nuevo el permiso para trasladarse a París, en donde compartió otras breves semanas los sueños con la espléndida francesa de sus amores. A su regreso a Colombia, el joven comunista resultó cada vez más comprometido en el trabajo conspirativo con las FARC, hasta que le fue imposible salir más del país e incluso vivir tranquilamente en él. Es de pensar que durante aquellos años, quizás cada vez con mayores intervalos de tiempo, intercambió correspondencia amorosa con su bella francesita. Sus amores debieron ocurrir entre los años 71 y 73. Pero lo verdaderamente impresionante es que treinta años después, seguían llegando a la casa donde habitaba su familia, cartas de Eliana para su querido Guillermo. Catatumbo recuerda que en una ocasión, hallándose en el Valle del Cauca, un visitante que llegó de Bogotá a visitarlo, le comunicó en su conversación que se había encontrado con algún familiar cercano a Alfonso, y que éste le había pedido el favor de hacerle llegar la razón de que en su casa se hallaba un enorme paquete de correspondencia dirigida a él, acumulada con los años, que podía superar las cuarenta cartas, y cuyo único remitente firmaba desde París, Francia, con el nombre de Eliana y un número de correo postal.

Años después, hallándose en compañía de Alfonso en el sur del Tolima, Catatumbo sería testigo de una entrevista que sostuvo su jefe con un viejo amigo que provenía del Ecuador. Entre una y otra copa, su conversación se remontó a los tiempos de Moscú y sus estudios en la Komsomol. Entonces el visitante le hizo el relato de un viaje suyo a París, realizado unos pocos años atrás, en el que por casualidad había entrado en contacto personal con el recordado Faisán de sus años estudiantiles. En el curso de sus actividades académicas, había vuelto a encontrarse con aquél francés de pipa y ademanes peculiares, que había llegado con ella a Moscú, y como era de esperarse, en algún momento tocaron el tema de su vieja amiga. Su sorpresa fue mayúscula cuando éste le dijo que podía contactarlo con ella si lo deseaba. Así que un par de días más tarde acudió al apartamento en que habitaba Eliana, dominado por la más grande ansiedad.

Tuvieron que hablar de muchas cosas del pasado para que ella pudiera precisar de quién se trataba. El tiempo no perdona y el aspecto físico de un hombre se transforma demasiado desde sus veinticuatro años a casi los sesenta. Su sonrisa y el brillo de sus ojos le habían permitido a ella reconocerlo al fin. La verdad a Eliana también la había castigado el tiempo. Aunque aún conservaba rasgos de su antigua belleza, para quien retenía en la mente la imagen de sus mejores tiempos, encontrarla tres décadas y más años después significaba un notable contraste. Hablaron animadamente de sus épocas estudiantiles y como era de esperarse tocaron el tema de Alfonso. En ese momento ella decidió enseñarle los que consideraba sus tesoros más valiosos. Se trataba de dos álbumes. En el primero guardaba ordenadas con notorio celo, las fotografías de los tiempos de sus amores juveniles con Alfonso. Podían aparecer en medio de la nieve en el invierno de París, en alguna playa veranera del Mediterráneo, o en un restaurante de otro país de Europa, eran muchas. Ella las iba señalando emocionada con su dedo índice y le iba explicando el lugar y las circunstancias en habían sido tomadas. El otro álbum resultaba aun más conmovedor. Se trataba de una infinidad de recortes de la prensa internacional, en los cuales se hacía referencia al guerrillero de las FARC Alfonso Cano. Eliana los buscaba y conservaba con un cariño prodigioso, marcándolos con el nombre del medio y la fecha de su publicación. Al enterarse de tan increíble devoción, Alfonso no pudo contener una exclamación de sorpresa.

¿Qué explicación podía tener un fervor como ese? La más sencilla era que Eliana había perdido el juicio en algún momento. Pero el viejo amigo hizo la aclaración de que en su parecer nunca había estado hablando con una persona más cuerda. Aunque quizás sí se hubiera vuelto loca, pero de amor, de ese amor que resulta incomprensible para la mayoría de los mortales, pero que sólo muy pocas personas en el mundo son capaces de inspirar o de sentir. Alfonso Cano ofreció entonces un brindis por ella, sonriendo con cierto aire inocultable de nostalgia. Para Catatumbo aquella anécdota volvía simplemente a poner de presente el magnetismo que despedía su jefe en cada uno de sus contactos personales. Así se tratara de espacios y situaciones distintas, sus tiempos en Caracas y Tlaxcala durante los diálogos de paz con el gobierno de César Gaviria Trujillo, también le habían permitido conocer los efectos de la entrañable simpatía personal que originaba Alfonso.

En Venezuela, el indudablemente polémico Presidente Carlos Andrés Pérez resultó ser otro de los impresionados profundamente con Cano, hasta el punto de haberlo invitado y recibido personalmente en el Palacio de Miraflores durante dos larguísimas y amenas entrevistas. En Méjico, también se produjo un encuentro memorable entre Alfonso Cano y el premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez, en el que éste no pudo ocultar su encanto con el jefe guerrillero. Los delegados de las FARC se hallaban hospedados en Puebla y Alfonso fue invitado a compartir el desayuno con Gabo en su casa del Distrito Federal. Por lo que averiguó, el trayecto en automóvil tardaba una hora hasta su destino, así que abordó el taxi a las siete de la mañana con la intención de presentarse a su cita a las ocho. Desafortunadamente para él, nadie le habló del tráfico pesado que se presentaba en ese horario, así que sólo a las diez y media de la mañana, tras más de tres horas de desesperantes trancones en la autopista, pudo llamar a la puerta de la casa de su anfitrión. Con pena incluso de comentar que no había desayunado y que llevaba un hambre descomunal acentuada por la aburrida espera.

Mercedes Barcha, la legendaria esposa de Gabo, lo hizo pasar y lo condujo hasta el despacho del Nobel. Las prevenciones de Alfonso desaparecieron desde los primeros segundos de conversación con el inmortal escritor. Éste a su vez, tras cada trecho de su agradable intercambio, fue descubriendo en su invitado una impresionante suma de cualidades. Su entrevista se prolongó por más de cinco horas, hasta mucho después de la hora del almuerzo, en medio de copas frugales, risas, divertidas anécdotas y juiciosos comentarios de naturaleza política. García Márquez, hacia el momento de la despedida, buscó un ejemplar de Cien Años de Soledad, de entre una lujosísima edición privada que le explicó no tenía sino cuarenta ejemplares, que él reservaba para obsequiar solamente a los grandes personajes, y estampó en su primera hoja, de su puño y letra, una dedicatoria que expresaba el profundo respeto y la inmensa admiración que le despertaba su destinatario, un colombiano amante de su patria y preocupado sobre todas las cosas por su progreso. El ejemplar existe, y lo conserva uno de los familiares más entrañables de Alfonso.

Recuerdos gratos que alejan la mente de los momentos crueles. Pablo Catatumbo fue designado miembro del Secretariado Nacional de las FARC-EP tras la muerte del Comandante Raúl Reyes. Por entonces se hallaba en el departamento del Valle y terminó por trasladarse al sur del Tolima, a fin de trabajar conjuntamente con el camarada Alfonso Cano, designado a su vez como Comandante en Jefe de las FARC-EP tras la muerte natural de Manuel Marulanda Vélez.

Lo confiesa sin la menor vergüenza, él en realidad nunca pudo captar el significado de su ascenso en la jerarquía de las FARC, cosa que en cambio se notó de inmediato en sus más cercanos compañeros de lucha. En Jorge Briceño, el Mono Jojoy, su amigo más íntimo en la guerrilla, por ejemplo, que fue un mando loco, aventurero, genial pero imprevisible y algo rebelde, hasta cuando fue designado para salir del Caquetá y llegar a hacer parte de la dirección del EMBO, el primer bloque que crearon las FARC a finales de los años ochenta. En ese momento él no alcanzó a comprender las razones del cambio tan extraordinario que se dio en El Mono, que asumió su responsabilidad con increíble seriedad y la más alta disciplina. Y luego lo vería actuar aún con mayor rigor en cuanto fue designado miembro del Secretariado Nacional en la Octava Conferencia. Algo semejante observó en Alfonso Cano, al que siempre había conocido como integrante del Secretariado y por tanto al que reconocía como su superior natural, pero quien una vez se vio ubicado como jefe de las FARC dio un salto adelante en todo sentido, desplegando lo más elevado de su talento y empezando a brillar con tal luz que deslumbraba a todos, incluso a él, que lo conocía hacía casi cuarenta años. Ese par de hombres a quienes trató de cerca durante décadas se convirtieron rápidamente en verdaderos gigantes, algo que quizás él mismo, Catatumbo, no vio necesario hacer hasta cuando la muerte se tragó con su fuego a sus admirados camaradas y comandantes. Ahora se duele de no haberlo entendido antes.

Durante los últimos cinco años de vida de Alfonso, Catatumbo permaneció muy cerca a él, como su inmediato apoyo y confidente. Y sacando el primero de ese lustro y el último, cuenta en tres los años que permaneció en su compañía, conversando largamente todas las mañanas, estudiando, leyendo juntos infinidad de documentos, analizando entre los dos la realidad nacional e internacional, elaborando las respuestas a los demás miembros del Secretariado, preparando comunicados y diversidad de documentos ideológicos y políticos. Sus campamentos estaban separados por unos cincuenta metros de distancia, así que tras sus entrevistas mañaneras Pablo volvía a su despacho mientras Alfonso permanecía en el suyo. Si algún asunto importante surgía, se escribían e intercambiaban opiniones en memorias USB, que se encargaban de entregar sus respectivos correos. Entonces, por primera vez en toda su vida, Catatumbo se sintió elevado a la condición de amigo personal de Alfonso. Desde su adolescencia había sido su jefe, pero ahora lo trataba de igual a igual, le abría el corazón y la mente por completo, le entregaba su confianza tan celosa en el pasado. Claro, Alfonso era un amigo distinto a El Mono, a quien Catatumbo continuó tratando de modo confianzudo y chabacano hasta cuando se separaron en la zona de despeje del Caguán. Alfonso no se prestaba para juegos pesados, sabía imponer respeto y distancia con sólo arrugar ligeramente su ceño, levantar las cejas o lanzar una mirada interrogante. Todo un caballero, distinguido en el lenguaje y comedido en el trato. En su propio estilo sabía despertar un afecto ajeno a cualquier interés o complicidad.

Para el año 2010, el cerco tendido por el Estado colombiano en el sur del Tolima contra el jefe máximo de las FARC, se había hecho insoportable. Para entonces Catatumbo marchaba con un brazo enyesado. Meses atrás había rodado por un abismo y se había fracturado el húmero, contando con la suerte de no caer al río que pasaba crecido a pocos metros de la rama salvadora que detuvo su caída. La atención médica especializada resultaba imposible. Pese al yeso, el brazo de Pablo colgaba como el de un títere, complicando su movilidad en medio de la selva abrupta, en la que muchas veces debían desplazarse de noche. La preocupación de Cano por la salud de su amigo y compañero era cada vez más creciente. Y se desbordó finalmente tras el último bombardeo del que lograron salir salvos de nuevo. Cano insistió en la necesidad que tenían de separarse. Si por alguna desgracia llegaran a caer por cuenta de una acción enemiga, al menos uno de ellos debía permanecer vivo, sólo uno podía darse el lujo de perecer. Además Pablo debía buscar cuanto antes la atención adecuada.

A Pablo se le ocurrió un último argumento para permanecer a su lado. En las FARC hay muchos mochos, le dijo. La solución más viable era cercenar el brazo inutilizado un poco más abajo del hombro. No se trataba de un procedimiento muy complicado, cualquiera de los enfermeros podía realizarlo, tenían una larga experiencia en el tratamiento de heridos de guerra. Un órgano debidamente mutilado no tardaría mucho en sanar, y el problema estaría así solucionado. Todavía recuerda Catatumbo la mirada inquisidora y casi escandalizada de Alfonso, preguntándole si hablaba en serio, no podía creer que fuera cierto lo que acababa de escuchar. En cuanto se percató de que Pablo reafirmaba su opinión, la actitud de Alfonso se radicalizó. No había más que hablar, su separación debía cumplirse cuanto antes.

Catatumbo supo que aquella decisión resultaba inapelable y no tuvo otro remedio que ponerse a preparar su ruta de desplazamiento hacia el Valle. Tenía que ascender la cordillera, cruzar el páramo cercano al nevado y volver a descender por la falda opuesta. Una tarea titánica, pues la tropa ocupaba buena parte de las breñas por las que se vería obligado a aventurarse. Le remordía en el alma tener que dejar a su camarada, amigo y jefe. Era cierto que contaba con mucha experiencia, pero no tanta como la que tenía él, que se la había pasado durante muchos años en actividades de orden público. Alfonso tendría que apoyarse para todo en su oficial de servicio, el indio Efraín, y Pablo intuía que pese a la confianza absoluta que su comandante le depositaba, había actitudes en él que no dejaban de despertarle prevenciones. Por ejemplo, había negado de manera enfática y repetidas veces que tuviera en su poder un teléfono celular que empleaba para hacer llamadas a las escondidas. Varios combatientes juraban habérselo visto, e incluso hubo quienes aseguraron que se los había prestado para llamar a sus familias. Alfonso se había inclinado por creerle a su oficial, pero a él nunca lo había convencido. Algo olía mal ahí.

De algún modo podrían equipararse las hazañas de las dos comisiones que siguieron cada una por su cuenta, pues al final lograron romper el cerco y ubicarse en regiones alejadas. Pero Pablo es consciente de que lo de Alfonso tuvo más méritos por un hecho desgraciado. El Ejército siempre pareció tener conocimiento de su ubicación exacta, alguna cosa cargaban en su escuadra que permitía a la tropa enterarse con rapidez de sus cambios de posición. Él en cambio, pudo esquivar cada una de las patrullas y exploraciones enemigas porque el Ejército no tuvo medios para conocer por donde se desplazaba. A pocos días de separarse tuvo lugar la muerte de El Mono en el Meta, un hecho desolador que implicaba un enorme golpe para la revolución colombiana. A juicio de Pablo, la significación de Jorge Briceño en las FARC solamente es comparable con la de Manuel Marulanda o Jacobo Arenas. El extraordinario impulso que con su labor de conducción logró imprimir desde el bloque Oriental al conjunto de las FARC en los años noventa y durante los primeros del nuevo siglo, lo eleva por encima de cualquier otro cuadro que haya tenido el movimiento. Alfonso lo entendía con claridad, y por ende sintió como ninguno el vacío que dejaba esa fatal desaparición. Si algo lo había tranquilizado desde que asumió la jefatura de las FARC, era el hecho de contar con un equipo de dirección en el que participaban hombres como Jorge Briceño. Sin Marulanda primero, y ahora sin El Mono, su reto se complicaba en extremo.

La literatura universal nos legó el llanto de Aquiles, en La Ilíada, como demostración inequívoca del dolor que produce en un guerrero de talla excepcional la pérdida de su amigo más entrañable. A Pablo Catatumbo, el redactor del comunicado oficial con el que las FARC reconocimos ante el país y el mundo la caída de El Mono, sin duda que cada frase, cada palabra y signo de puntuación debió producirle un desgarramiento de características semejantes. Entonces debió recordar otro llanto desconsolado, el de Alfonso Cano en el páramo de Sumapaz, cuando subieron algunos viejos compañeros del Partido Comunista, a darle cuenta en detalle de lo que conocían sobre el asesinato de Leonardo Posada, su más entrañable amigo de juventud y militancia revolucionaria, abaleado en Barrancabermeja por esbirros del régimen, cuando éste tomó la decisión infame de exterminar la dirigencia y el mayor número posible de militantes de la Unión Patriótica. El relato de cada una de las incidencias del crimen, y luego de cada uno de sus pasos durante el velorio y el entierro del hombre que quizás más incidió en su formación política e ideológica, sumió a Alfonso en una amargura infinita que pese a su voluntad no fue capaz de disimular.

Lo que no imaginó Catatumbo cuando lloró sin consuelo la muerte de Jorge Briceño, era que en plazo relativamente breve, tendría que llorar con mayor tristeza aun la muerte de Alfonso Cano, ejecutado sin duda de manera miserable tras su captura por la tropa en las montañas del Cauca. Las FARC eran sin duda una organización político militar formidable. Aquellos gigantes cuyo impacto al caer hizo temblar durante muchos días el territorio nacional, se habían ocupado durante la mayor parte de sus vidas en formar los cuadros que los reemplazaran llegado el momento. Un ramillete de comandantes de nueva generación, educados paciente y rigurosamente por los jefes que partían a la inmortalidad, se encargarían de reemplazarlos y seguir empujando la fuerza revolucionaria hacia adelante. Tendrían que transcurrir un conjunto de años para que aquello se viera materializado, y por ello la ausencia de los héroes mayores sería explotada con creces por la propaganda enemiga. No importaba, las FARC se habían pasado medio siglo luchando a brazo partido para hacerse a un espacio en la política colombiana, asumir en consecuencia una tarea difícil no asustaba a ninguno en sus filas. Pero qué hermoso y significativo hubiera sido contar con El Mono y Alfonso el día de la victoria.

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