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viernes, 4 de noviembre de 2016

Retratos del Camarada Alfonso Cano (II)

Por: Gabriel ÁngelRetratos del Camarada Alfonso (II)

Mi encuentro con el camarada Alfonso tuvo lugar cuando yo tenía cuatro años de estar en filas. Y comenzó de un modo vergonzoso para mí. Había sido enviada a su unidad dentro de una compañía que se trasladó del Guaviare a la zona de La Uribe, al área del viejo campamento de La Caucha. Nadie me había dicho nada al respecto, así que me llevé una enorme sorpresa cuando me fue comunicado que debía alistar mis cosas porque mi destino era el campamento del Camarada Alfonso. No lo conocía, así que hallarme inesperadamente ante ese hombre de estatura alta, barba larga y gafas grandes, serio y con aspecto de intelectual, me desconcertó por completo. Más todavía cuando me preguntó si era buena mecanógrafa, porque el camarada Raúl Reyes me había remitido a su unidad para que hiciera las veces de su secretaria personal.

Yo a duras penas había cursado la mitad del segundo año de primaria. Así que tuve que explicárselo, no tenía la menor idea de cómo se manejaba una máquina de escribir. En realidad mi primera entrevista con él se limitó a contarle la historia de mi vida. Mi padre había sido un hombre de concepciones machistas, de esos que consideraban que a sus hijas mujeres no tenían por qué darles educación. En su parecer, a los catorce años iría a conseguir un marido con el cual organizaría en adelante mi vida y por tanto cualquier gasto en estudios sería inútil. Mamá falleció cuando yo era muy niña y fui criada por mis padrinos de bautizo, en un hogar en el que los hijos de ellos siempre me vieron como una extraña, en una especie de historia parecida a la del cuento de la cenicienta, aunque sin príncipe azul que redimiera mi vida.

A los seis años, cansada de humillaciones, rogué a papá que me llevara con él. Pero él tenía entonces otra mujer y varios hijos, una de las cuales se alió con mi madrastra para hacerme la vida imposible. Siempre hallaban el modo de que papá me castigara, y este no tenía contemplaciones a la hora de darme frecuentes palizas. Por eso huí de casa unos dos años después, hasta que mi madrina volvió a encontrarme con la intención de hacerme regresar a casa de papá. La cuestión se solucionó con mi traslado a Bogotá, donde empecé a trabajar en casas de familia, como criada, ejerciendo pese a mi corta edad todos los trabajos domésticos que me imponían. Cuando tenía catorce años pedí unas vacaciones y volví al área de Miravalles, en Lejanías, Meta, de donde había salido años atrás. Para entonces mi padre había muerto. Por mis hermanos conocí de la guerrilla, muchachas y muchachos de las FARC que frecuentaban la vivienda. Mi destino se antojaba gris, así que mi decisión final fue pedir el  ingreso a filas. Tras una serie de peripecias fui llevada con un grupo grande al área de los frentes Primero y Séptimo, en el Guaviare, en donde recibí mis primeros cursos políticos y militares y en donde me hice guerrillera para el resto de mi vida.

Aquello tuvo lugar en el año 1982. Varios años después llegó allá el Camarada Raúl Reyes, con un plan de reestructuración de la fuerza guerrillera. Del Primero y el Séptimo surgieron varios frentes, columnas y compañías. Fui incorporada a una de estas últimas, que de inmediato se alistó para desplazarse a otra área. Fueron tres meses completos de caminatas larguísimas, lo que se llama una marcha guerrillera de verdad, una experiencia inolvidable. Debo decir que aquel hombre serio escuchó toda mi historia con enorme interés, y que desde ese preciso momento tuve idea de su extraordinaria condición humana. No manifestó la menor inconformidad por el hecho de que no tuviera los conocimientos que esperaba. A los pocos días comencé a trabajar como su ranchera personal, turnándome con Disney en esa labor y empezando a conocer de cerca la personalidad de ese camarada con quien trabajé durante 24 años continuos.

Si hay algo que me hubiera impresionado particularmente de él fue su entrega a la causa. Poco a poco fui tomando conciencia de quién se trataba, era verdaderamente un hombre muy preparado, estudioso cuál más, con título universitario y de buena procedencia social. Era de ese tipo de personas que lo tienen todo en la vida, una familia acomodada, logros académicos, un futuro lleno de éxitos y recompensas. No era como una, que se había hecho guerrillera y revolucionaria por cuenta de su propia historia, de las cosas injustas que vivió desde niña en su medio. Él era de esas personas que aman al género humano, que se duelen con las injusticias, con las violencias que ejercen los poderosos contra los humildes. No tenía por qué haber asumido el rol de rebelde en las montañas, en donde todo el pasado queda atrás y la persona se somete a un modo de vida muy duro y difícil, que en nada se parece a su vida pasada. Pero no había duda de que tenía verdadera fe en lo que hacía, en la lucha de las FARC, en el futuro del pueblo colombiano.

Pero no era sólo eso. El Camarada era un hombre muy sensible, preocupado sinceramente por los demás, por sus tropas, por lo que le sucedía a cada uno y por el modo de solucionarlo de la mejor manera. No recuerdo haberle escuchado a alguien tantas veces que todos los seres humanos éramos iguales, que todos éramos titulares de los mismos derechos, que nadie tenía por qué considerarse o comportarse como más que los demás. Y lo demostraba en los hechos. Hasta los animales, y en general la naturaleza, le inspiraron siempre el más alto respeto y cariño.

A los pocos días de estar desempeñándome como su ranchera, comprendí cuánto le mortificaba que sus alimentos fueran preparados en un casino especial. Para él aquello constituía una afrenta. Tenía que aceptarlo pues era una orden superior, una directiva que se aplicaba a los miembros del Secretariado, por cuestiones de seguridad y de salud. Pero que me consta él aborrecía. Tanto así que cuando se produjo la dispersión del Secretariado y él comenzó a andar sólo con su unidad, nunca más volvió a funcionar un casino especial para él. Consumía los mismos alimentos que los demás y preparados en el casino general. Y se lo veía feliz haciéndolo. Nadie como él para detestar cualquier tipo de privilegio. Y esa era una de sus preocupaciones en las charlas al personal, en los planes de educación. Los guerrilleros debían formarse con ese criterio.

Tampoco era amigo de las ostentaciones de fuerza. Su unidad nunca pasó de ser una guerrilla, o sea de unos veintiséis integrantes. Tenía su propia argumentación para fundamentarlo. Y había que ver el modo cómo se preocupaba por la gente bajo su mando. En su unidad, con independencia de sus responsabilidades y tareas, él casi que desempañaba cada una de las funciones de sus subordinados. Estaba pendiente de las actuaciones del oficial de servicio, del ecónomo, del ranchero, del enfermero, del intendente, de los secretarios de las células políticas. Había que verlo llegar a la rancha todas las mañanas a revisar la preparación de los alimentos, a observar si estaban bien tapados y en su punto. Conocía y exigía las medidas de las raciones, de la sal, de los condimentos, del aceite, jamás permitía que se sirviera una comida que estuviera pasada de sal, de aceite, ahumada o quemada. Ordenaba que fuera preparada de nuevo.

Era tanto su celo que acostumbraba a pararse al pie de los vajilleros a la hora de servir las comidas, para cuidar que las raciones fueran distribuidas con criterio equitativo. No admitía trampas o ventajas a favor de alguno. Apenas se enteraba de que había un guerrillero o una guerrillera enfermos, se encaminaba a su caleta a objeto de verificar su estado. Pero no por desconfianza, sino por la preocupación por su salud. Indagaba al enfermo por todos sus síntomas y luego hacía acudir a su presencia al enfermero, al que recogía sus opiniones sobre el caso y preguntaba cuál tratamiento recomendaba. Daba sus propias impresiones, y finalmente las medicinas a aplicar eran las que surgían de aquel intercambio de argumentos.

El Camarada se preocupaba especialmente por la formación ideológica y política del personal. En su parecer lo más importante en la educación del combatiente eran las ideas revolucionarias que había que meterle en la cabeza. Para él, un guerrillero o guerrillera que no tuviera claro por qué causa empuñaba su arma, era una persona que así como estaba hoy disparando de aquí para allá, el día de mañana fácilmente podía estar disparando de allá para acá. Los secretarios de las células debían entregarle cada ocho días su plan de educación y horas culturales para la semana siguiente y él lo revisaba con cuidado y se encargaba de perfeccionarlo antes de su aplicación. Una vez llegó de traslado un indiecito que no sabía leer ni escribir. El Camarada le trazó un plan para que aprendiera dentro de los dos meses siguientes y él mismo fue su alfabetizador. Después lo nombró de ecónomo, pues ya sabía escribir, sumar y restar. Así era el Camarada Alfonso.

Dos cosas siempre calificó de sumamente importantes en la creación de la consciencia de clase, la lectura de obras con característico contenido ideológico, político o histórico, así como la presentación de películas de carácter formativo. Con los años, se fue conformando en la unidad un archivo  de cine y documentales supremamente amplio, que él se encargó de distribuir a todas las unidades que dependían directamente de su mando. El Camarada sostenía que las buenas películas contribuían a enseñar al combatiente muchas cosas, a ampliar su mente, sus perspectivas acerca del mundo y la experiencia histórica de la humanidad. Igual pasaba con los buenos documentales, había mucho material para ayudar en la preparación cultural, política y militar. Como cosa curiosa era un devoto de la música de los Beatles, que lo apasionaba verdaderamente y de quienes me hizo conseguirle distintos videos y películas para su colección personal.

Recuerdo haberme separado del Camarada en pocas ocasiones. La primera tuvo lugar cuando se presentó su salida para Caracas y luego Tlaxcala, en aquel proceso de conversaciones de paz que se llevó a cabo con el gobierno de César Gaviria Trujillo. Las tropas del camarada fuimos distribuidas en varias unidades de orden público, encargadas de enfrentar la arremetida de la llamada guerra integral con la que el ministro de defensa de entonces aseguraba que lograría acabar con la guerrilla en el término de dieciocho meses. A mí me vincularon a la unidad del camarada Raúl Reyes, en donde se trabajaba en propaganda audiovisual sobre nuestra lucha. Allí aprendí a manejar cámaras, a elaborar y editar videos y en general a desenvolverme en ese tipo de tareas. También terminé consiguiendo un compañero con el cual casarme. Me sentía bien y feliz.

Al regresar el Camarada Alfonso recogió todas sus tropas distribuidas en distintas unidades. En cuanto a mí, me hizo saber que conocía mi situación y agregó que podía quedarme en esa unidad por el tiempo que considerara. Que seguía perteneciendo a su unidad, pero que me dejaba allí hasta cuando yo considerara llegado el momento de volver con él, cuando sería bien recibida. El Camarada era así, un hombre supremamente bueno, de corazón excepcional, con el que se podía hablar de las cosas más personales, encontrando siempre su disposición favorable, una persona realmente preocupada por uno. De esa manera una no tenía más remedio que quererlo, profundamente, más que a un padre, a un hermano o a un hijo. Puedo decir ahora, transcurridos cinco años de su pérdida, superada por fin la época en que me era imposible hablar de él sin echarme a llorar con un nudo en la garganta, que su muerte representó un golpe terrible para todos. Por un momento pareció que se nos acababa el mundo.

El Camarada era un hombre silencioso. Escuchaba lo que uno le decía sin hacer el menor comentario al respecto, simplemente preguntando qué más tenía una para contarle. A veces una se creía que ni siquiera le había puesto cuidado a lo que le había contado, que su mente había estado ocupada en asuntos mucho más importantes. Pero siempre terminaba de sorprenderla a una, cuando pasados dos o tres días volvía a llamarla y le daba respuesta exacta al planteamiento o la inquietud expresada, por pequeña que fuera. Sus ojos y su mirada eran profundos, penetraba en el alma de su interlocutor como si fuera un escáner, hasta lograr auscultar la menor de sus inquietudes. Sabía por tanto detectar las mentiras, detectar en un parpadeo, en el más ligero gesto, que no se le estaba diciendo la verdad.  

Cuando lo descubría se irritaba de veras. Odiaba que le mintieran, eso sí que lograba sacarlo de sus casillas. Todos sabíamos por eso que lo mejor con él era andar siempre con la verdad en los labios. Otra cosa que le resultaba incomprensible y que odiaba tanto como la mentira era la traición. El guerrillero, el miliciano, el militante de partido, simplemente el amigo que se volvía contra la causa, que  se ponía a trabajar con el enemigo por la razón que fuera, siempre le inspiraron el más vivo de los desprecios. Había que ver el modo como se expresaba de ellos.

Cuando volví a su unidad, al poco tiempo me designó a cumplir tareas fuera, en la ciudad, en otros bloques y frentes, como su correo y persona de total confianza. A mí personalmente eso me llenaba de miedo. Y no sólo por mí misma, sino por él. Me aterraba pensar que por una debilidad o alguna irresponsabilidad de mi parte, el Camarada fuera a recibir las consecuencias. Quizás por eso siempre fui muy cuidadosa y disciplinada. Durante los siguientes quince años que desempeñé la tarea de ser su contacto personal con muchas personas en distintas partes del país, ni una sola vez llegué a ser problema para el Camarada o para las gentes de su confianza. Él valoraba mucho eso, y pese escuchar mis preocupaciones, nunca me quiso relevar de esa misión.

Durante los últimos tiempos fue cada vez más difícil cumplirla. El cerco militar que se fue tejiendo a su alrededor resultaba mes a mes más angustioso. Las operaciones militares, los desembarcos, los bombardeos sobre toda esa zona del sur del Tolima se convirtieron en el pan de cada día. Yo me hallaba con él la noche del 21 de agosto de 2010, cuando fuimos sorprendidos por los aviones y las bombas que cayeron con toda la furia sobre el campamento que acabábamos de abandonar, localizado a unos 30 minutos del sitio donde pernoctábamos. Un informe de último momento había hecho tomar al Camarada la decisión de salir de ese sitio de manera inmediata, en el llamado Cañón de la Hacienda, en la zona de Marquetalia. Tras el bombardeo se produjo el desembarco del Ejército. El Camarada todavía andaba con el Camarada Pablo Catatumbo, quien se hallaba lesionado de un brazo por causa de un accidente y sufría para moverse con agilidad.

Nos retiramos del sitio en plena oscuridad y entonces me percaté de la sangre fría del Camarada Alfonso. Era cierto que el Ejército había desembarcado quizás a menos de dos kilómetros de nosotros, pero eso era lo de menos. Sabíamos bien que los filos que rodeaban el cañón por el que avanzábamos estaban sembrados de tropas enemigas desde tiempo atrás, de manera que en cualquier momento se podía producir un choque armado. Fueron varios días de marcha hasta ubicarnos en un lugar seguro. Pero debo decir que ni una sola vez vi un gesto de afán o de preocupación en el rostro del Camarada Alfonso. Su calma, el control de sus nervios era total. Inspiraba y transmitía tranquilidad. En esos momentos una pensaba si no sería que el Camarada era ingenuo y no medía con exactitud el peligro que nos rodeaba, pero ahora sé que no era así. El Camarada simplemente era consciente de que debía inspirar seguridad en la gente y eso hacía. Cuando creíamos que iba a ordenar que la mitad del personal se atrincherara mientras la otra mitad dormía, para relevarse cada dos o tres horas, él disponía de una guardia normal, el relevante y dos centinelas. Recomendaba mucha disciplina y estar en constante alistamiento, pero no exageraba en las medidas, sabía que la gente tenía que descansar y reponer fuerzas para lo que pudiera suceder la mañana siguiente.

Tras esa dura experiencia se produjo la decisión de que él y el Camarada Pablo se separaran. Si algo había de suceder no era conveniente que les pasara a juntos. Aquella separación resultó muy dolorosa para ellos, así como para todos los demás. En cuanto a mí, el camarada dispuso que no volviera a su lado. Debía salir a un sitio seguro en el cual permanecer, en contacto radial con él por medio de Teófilo, y recibir allí las misiones que se me confiaran afuera. Tras regresar, debía emplear ese contacto para hacerle llegar mis respuestas. Así trabajamos hasta que se produjo su muerte. Durante ese interregno tuve por primera vez problemas con mi seguridad. Una desertora, que había pertenecido a la unidad del Camarada, dio la información al enemigo acerca de mí y la naturaleza de mis misiones. Fui localizada en Bogotá y sometida a implacables seguimientos por parte de los servicios de inteligencia. Gracias al apoyo de mucha gente conseguí evadir esa cacería y volver al campo, a un lugar seguro. Estaba en busca de contacto con la unidad del Camarada cuando se produjo la noticia de su muerte, sin duda alguna la más dolorosa y terrible que haya recibido en toda mi vida. Colombia no tiene idea del extraordinario hombre del que fue privada.

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